112. ¡Adiós, abuelo!

Enrique Manuel Milanés León

 

Partes, pleno de sabiduría. Supiste que Aristóteles se aplicaba el sagrado aceite antes de impresionar a los discípulos y que en los Juegos de Olimpia prendían la antorcha con la venerada rama. Evocabas la paloma que, al volver a Noé, llevaba en el pico la esperanza.

¿Qué fuentes te filtraron las ánforas magníficas del palacio de Cnosos y la apuesta con la cual Atenea le ganó a Poseidón, con un árbol, el alma de una ciudad? ¿Cómo te pondrías al tanto de que los egipcios pintaban aceitunas en las tumbas y a Tutankamón, niño rey, le adornaron con rozos su mortaja?

Con tu aliento, imagino estatuas de madera y alumbro la sombra que cobijó la llegada de Rómulo y Remo para hacerse eternos como su propia urbe. Lloro y celebro, querido viejo: de algún modo auscultaste las charlas de Jesús en Getsemaní y entendiste su angustia, antesala de la cruz cargada de la mejor madera.

Corazón familiar: de hijos a nietos, diste sustento, armonía y belleza. ¡Cómo amamos rodearte!

Avisaron tu halo blanco y frágiles extremidades: finalmente caías. Reencarnarás desde el fuego o cosas bellas.  ¡Puedes irte orgulloso de los hombres que sembraste, abuelo Olivo!

 

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