95. El bálsamo del Errante

Pikar Picoa

 

Como un espectro que ha olvidado su propio nombre, el Buscador de Linfas llegó a las cumbres de Jaén cuando el crepúsculo teñía de violeta el mar infinito de olivos. Su oficio era silencioso: escuchar el latido de la tierra y embotellar su esencia para sanar almas ajenas, arrastrando el vacío de su propio pasado borrado.

Esa noche durmió al raso, al abrigo de un tronco milenario y retorcido. En la penumbra, el viento entre las hojas plateadas no traía ruidos, sino el susurro de raíces que habían bebido siglos de historia.

Al amanecer, el frío de la montaña le entumecía las manos. Tomó una oliva temprana, la estrujó entre sus dedos y un óleo verde, denso y luminoso como el sol naciente, humedeció su piel. Al lamerlo, el amargor sutil y el aroma a hierva fresca no despertaron los recuerdos que tanto había buscado en sus viajes. En su lugar, el calor del oro liquido le llenó el pecho de una certeza pacífica.

Comprendió entonces que no importaba el mapa borrado de su ayer. El olivar le regalaba el presente y la fuerza para caminar hacia el horizonte desconocido.

 

 

 

 

 

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