87. Oro líquido

Amador Aranda Gallardo

 

Tras semanas perdiendo anillos y pendientes de oro, pilló al ladrón in fraganti: una urraca la observaba desde la ventana con una sortija en el pico. Decidió seguirla: el ave voló hasta la terraza de un bar y esperó a que un camarero sirviera un desayuno. La urraca robó una minidosis de aceite antes de regresar a su nido. “Ya te tengo”, pensó la mujer. Trepó dispuesta a recuperar sus joyas. Decepcionada, observó el nido: la ladrona no atesoraba oro. Había algo más cotizado para la urraca: veintidós cápsulas doradas de aceite de oliva virgen extra que empollaba con el celo de un alquimista.

 

 

 

 

 

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad