Tecnoabuela

Tecnoabuela

[Ángela Díaz]

¿Qué puedo deciros de mi abuela? ¡Vale, ya sé! Mi abuela se llama Lola y por ella soy lo que soy, en este caso, ingeniero informático. La tecnología es mi vida, la investigación, la experimentación, el mínimo avance en este campo me emociona, diría que me enajena, desde que lo descubro me vuelvo monotemático. La única explicación que encuentro a los acontecimientos que seguidamente les voy a relatar es el profundo amor que siento por mi abuela Lola y el convencimiento de que en el fondo creo que lleva razón, que en esta locura fría e impersonal que es la tecnología, ganamos pero perdemos demasiadas cosas, tantas que el planteamiento es si todo esto será sostenible, y con el tiempo comprobaremos si esos avances están al alcance de todos o solo es una quimera para el común de los mortales.

Hace una semana quedé con la abuela Lola en el laboratorio para hacerle una demostración y un regalo, que pensé le resultaría algo sorprendente.

Me esperaba en la puerta del ascensor; al verla me dio un pequeño brinco el corazón, tan elegante y bella, el tiempo había sido muy benévolo con ella y conservaba gran parte de su belleza y de ese cuerpo escultural que trajo de cabeza a tantos caballeros en sus años mozos.

Aceleré el paso para acortar el tiempo de espera para besarla, ella me lanzó una de sus cálidas miradas, esa mirada con la que me acariciaba cuando era un infante y me hacia sentir un ser especial, capaz de cruzar el universo en mi bicicleta.

Miró a su alrededor y con cierto tono risueño me comentó que aquello parecía la antesala de una nave futurista, esos techos tan altos con luces frías y tonos neutros, hasta el vigilante nocturno parecía sacado del futuro. La abracé y con mis dedos sobre sus hombros le encaminé los pasos hasta el ascensor. Era ya tarde y la mayoría del personal del laboratorio había acabado su jornada laboral, no era extraño verme allí hasta horas intempestivas trabajando en el laboratorio, mi presencia era tan natural como la de los muebles que llenaban el futurista complejo. El ascensor subía a tal velocidad que sentías mariposas en el estómago; Lola hizo un gesto de vértigo al llevarse las manos al estómago.

Agarré fuertemente la mano de la abuela, como cuando de adolescente buscaba su aprobación en algún proyecto disparado que se me había ocurrido, y como siempre ella me escuchaba atentamente, como si mis palabras fueran las únicas de este mundo.

–¿Recuerdas el disgusto que te llevaste cuando tu vestido de novia se rompió por culpa de la inundación del sótano? –le dije con los ojos fijos en todas y cada una de sus reacciones.

–Sí, claro, algo irreparable hijo, pero qué le vamos hacer, en la vida perdemos cosas irreemplazables –me dijo con una fuerte carga de tristeza y resignación.

–¡Abuela, creo que puedo arreglar eso!

–¿Tú eres ingeniero? ¿O es que ahora en la universidad os enseñan a coser? Por favor, qué formación más completa, y después dirán que en España no se forma bien a los jóvenes.

–¡Abuela, deja la guasa que te conozco!

Con una sonora carcajada, se llevó los dedos a los labios haciendo el gesto de cerrar la cremallera y tirar la llave.

–Venga, perdona, ya me conoces, si no te hago la broma reviento, pero ahora seré muy buena y escucharé tan atentamente que oirás el aleteo de una mosca.

Caminamos apenas unos segundos en silencio, cumpliendo estrictamente la palabra dada.

Franqueamos la puerta, que se abrió servilmente a nuestro paso, y con cara de asombro me preguntó

–¿Qué son esas extrañas máquinas?

–Son impresoras en 3D, con ellas estamos experimentando, viendo cuáles son sus límites, las ponemos a prueba y queremos saber hasta dónde son capaces de llegar.

–¡Es impresionante! Tendré meses de conversación con mis amigas, presumiendo de nieto y de sus logros, voy a engordar un par de kilos, qué maravilla, enséñamelo todo, por favor.

–Todavía no has visto nada, lo que te voy a enseñar no te lo creerás hasta que no lo veas. Comienza la magia, observa.

La  senté cómodamente en mí sillón de trabajo y comencé con el proceso; la impresora obedeciendo mis órdenes comenzó a configurar el fino encaje. Lola, ignorante de lo que estaba contemplando, permanecía silenciosa, expectante, ni siquiera fue consciente de la presencia del vigilante que cumplía con el cometido de su obligatoria ronda, sin parpadear observaba el milagro que se producía ante sus ojos.

–No puede ser, si se parece… –dejó entrecortada la frase.

Se levantó para comprobar con sus manos lo que no creían sus ojos.

–¡Esto no puede ser! –exclamó sobreexcitada–- ¡Es idéntico al encaje de mi traje de novia! ¿Cómo puede ser? Este tejido ya no se fabrica salvo para grandes firmas y por riguroso encargo, un metro de este encaje vale una verdadera fortuna.

Se volvió hacia mí y tuve que soltar la percha con el vestido para sujetarla, los ojos se le llenaron de lágrimas ante aquel antiguo vestido que lució el día más feliz de su vida y que el tiempo y el infortunio le había arrebatado muy a su pesar. Lloraba de alegría sin atreverse a tocar aquel viejo vestido por miedo a que se quebrara en sus manos y en silencio las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, lágrimas de alegría, de reencuentro con el pasado, con un pasado que la hizo muy feliz y que yo gracias a la tecnología estaba en situación de devolverle. Algo que ella creía perdido sin remedio para siempre volvía real, nítido, tangible.

–¡Tómalo abuela! –le dije con cariño, sin que me pesara haber puesto un sollozo en su garganta y quebrar su voz, no era la pena la que entrecortaba sus palabras sino la alegría del reencuentro.

–Estoy sin palabras –dijo con la voz en un hilo–, es algo increíble. ¿Cómo has podido copiarlos? Es exactamente igual, hasta el más pequeño detalle.

–No ha sido fácil, he tenido que recurrir a amigas diseñadoras, pero a todo el que le he pedido ayuda se ha sentido orgulloso de ayudarme para poder regalarte estos momentos inolvidables y la tecnología ha hecho el resto. Estas impresoras en 3D pueden hacer cosas que ni soñando hace unos años podríamos realizar.

La abuela Lola seguía absorta, no podía dejar de observar aquella máquina que realizaba magia tecnológica.

Despertamos la curiosidad del vigilante que pasaba en ese momento en su segunda ronda.

–¿Va todo bien, señor? –dijo el vigilante

–No te preocupes Roberto, todo va bien, es que la abuela se ha emocionado, la evolución de la tecnología la tiene perpleja.

–¿Ése vestido tan elegante lo ha hecho la impresora? –preguntó con gesto de asombro.

–Sí señor, ella solita con las directrices adecuadas, por supuesto. La máquina sola lo único que sabe hacer es coger polvo, o eso espero.

La abuela Lola permanecía silenciosa con aire pensativo, como si algo además de la ilusión por recuperar su maravilloso vestido, le estuviera rondando la cabeza.

–¿Ocurre algo? ¿Tiene algún defecto? –le pregunté preocupado por haber cometido algún error.

–No, cariño, es perfecto, no podía ser de otra manera. Sé que has puesto tu alma en devolvernos  este maravilloso recuerdo a tu abuelo y a mí y por supuesto la posibilidad de que alguna de mis nietas les guste lo suficiente para lucirlo el día de su boda, sería algo estupendo y un orgullo para mí.

–¿Entonces qué es lo que ocurre? Algo te ocurre, no me vas a decir que no –insistí, convencido de estar en lo cierto.

–No es nada, cosas de vieja chocha, es maravilloso recuperar algo que creías perdido para siempre, pero es tan frío, se pierde todo el calor, en esa prenda se invirtieron muchas horas, no sabría decirte cuántas, pero muchas, lo confeccionamos entre cinco personas, su confección estaba llena de risas, enfados, pruebas, pinchazos con alfileres, esa emoción que te embargaba cada vez que te lo probabas, las reformas, los ajustes, en fin mil emociones vividas, compartidas, cosa que nos une como seres humanos que nos hace falta. El apoyo de esa amiga que te ayuda, te aconseja, comparte esos momentos, aquí es maravilloso poderlo recuperar, pero se pierde tanto en el camino que te entristece cómo es capaz de reproducir sin emoción, sin sentimiento, se vuelve algo mecánico, frío, me atrevería a decir casi impersonal, es como sacar una lata de refrescos de una máquina expendedora y después una pregunta que también me ronda la cabeza, ¿esto estará al alcance de todos? ¿O será una vez más cosa de ricos hecha por unos cuantos, solo al alcance de esos cuantos? Como te digo, cosas de vieja, añoranzas de un tiempo donde los amigos eran amigos y la lealtad era una virtud. De todas formas, el vestido me lo quedo y muchas gracias, es solo una pequeña refección, no quiero quitarle ni un ápice de valor e importancia a este maravilloso momento.

–Señora, tiene usted un nieto maravilloso y que la adora, el vestido es una auténtica joya –le espetó Roberto–. Buenas noches, cuando quieran marcharse no tienen más que avisarme, sigo con mi tarea que tengo que fichar a la hora en distintos sitios.

–Bueno creo que el esfuerzo ha merecido la pena, te veo satisfecha.

–Cómo no voy a estarlo, pero todo tiene sus luces y sus sombras por desgracia y yo ya estoy muy quisquillosa, los años que no perdonan ni en el carácter, qué disgusto.

Se acercó a mí para darme uno de esos besos que te envuelven de cosas dulces y te hacen sentir de nuevo y por unos instantes como un niño.

Y por fin salió la verdadera Lola, la guerrera y poniendo con sumo cuidado el vestido en el interior de una caja y cambiando totalmente el semblante, elogió el laboratorio.

–Esto parece un quirófano para las máquinas, me siento muy orgullosa de tu trabajo y me has dejado sorprendida, sabía que llegarías lejos, desde pequeño te dabas cuenta de todo, encontrabas soluciones que nos dejaban perplejos. En fin, soy muy feliz y estoy muy orgullosa de ti. Creo que nos debíamos ir, es muy tarde y ya no tengo edad de jaranas nocturnas.

–Venga abuela, no disimules que eres capaz de cansar a una veinteañera –le reclamé entre risas.

–Favor que usted me hace caballero, y ya que me cree tan resistente, invítame a tomar algo y ya le pondremos la guinda al día.

Cogidos del brazo abandonamos las instalaciones, la abuela luce elegante, majestuosa, del brazo de su nieto, como un pavo real; en el coche nos reímos de cosas insustanciales, anécdotas, ya historias en el tiempo, tomamos algo ligero en un pequeño restaurante que a la abuela le encanta, el dueño nos agasaja con sus platos y sus atenciones y la abuela y yo reímos como si no hubiera un mañana, solo el hoy, el momento que vivimos y la felicidad que nos ha aportado los avances tecnológicos. Pero la pregunta de la abuela me ronda la cabeza, quizás el futuro se presenta sin calor humano, frío metal, órdenes cibernéticas, un reflejo en una pantalla, unas letras que aparecen de la nada, una voz eco metálica y detrás de todo eso, la nada, una máquina que piensa por nosotros, quizás da demasiado miedo reflexionar y la pregunta final que queda en el aire. ¿Vale todo en nombre de la ciencia o sería necesario poner unos límites? No lo sé.

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