Piezas

Piezas

[Andrés Carvajal Castro]

Un hombre caminaba con una gruesa bata negra bajo una canícula de 40 grados a la sombra subiendo una empinada calle que lo llevaría directamente a su casa, y a una jauría de perros y de burlas y miradas asesinas.

Su andar era forzoso, recordaba a Jesucristo cargando la pesada cruz. Su espalda era encorvada. A pesar de su juventud, exhibía una angustia propia de un anciano atribulado.

Sus brazos estaban dentro de la bata, esta se tornaba más oscura debido a un extraño supurar acuífero que manaba de ella.

Unos curiosos burlones se acercaron. Con cuchillo en mano le pidieron mostrar lo que llevaba dentro de la bata, el joven accedió calladamente, y los ladrones corrieron despavoridos al ver que lo que cargaba era, al parecer, su propio corazón.

Un orificio en su pecho, delicados cordones vitales lo ataban a su órgano, el joven decidió continuar su travesía con su corazón en la mano a la vista de todos, clavándole rústicas agujas a él mientras caminaba, todos miraban horrorizados, veían en ese muchacho la viva estampa del demonio.

El joven solo los observaba con una mirada apagada, como si estuviera invitándolos a caer en un abismo, en donde Caribdis los tragaría a todos.

El muchacho cargaba un bolso también, al parecer su inclinado caminar se debía al peso de este mismo.

Las pedradas que le propinaron los demás lo hicieron caer, y para sorpresa y asco de muchos, el contenido de ese bolso se reveló, y eran órganos, que de repente se esparcieron por el suelo.

Las mujeres curiosas se desmayaron, algunos se dispusieron a llamar a la policía y otros a la familia del joven, el cual, aunque taciturno, era conocido en ese sector.

El joven tuvo que resistir el infernal calor mientras era interrogado.

Los policías le dejaron ir, el veredicto:

-Todos esos órganos son de él.

Indignados, los entrometidos decidieron retornar a la Inquisición y empalarlo, lapidarlo, quemarlo, cualquier castigo era digno para enjuiciar a ese hereje.

De repente un conocido apareció y les dijo:

-Su corazón está destruido, déjenlo repararlo, después sí júzguenlo.

El joven retornó a su casa, entró a su habitación, llena de frascos, en cada uno introdujo los órganos, descubrió que los órganos de los demás no satisfacían sus necesidades.

Al dormir siempre su cerebro le inquiría en pensamientos, sus manos le fallaban al punto de lograr la sinapsis exacta para hacerlo convulsionar, sus ojos le lastimaban, las lágrimas de muchos años se secaron, solo estalactitas le herían.

Había intentado probar con los órganos de los demás, de los que él consideraba afortunados, aquellos que no se entregan a sus pensamientos, tan solo a sus pulsaciones vitales.

Al darse cuenta que depender de órganos ajenos era depender de las falencias de otros, decidió revelar un olvidado experimento de su vetusto cuarto, no sin antes comenzar un extraño ritual para dar inicio a un plan olvidado entre el polvo.

Procedió a removerse, uno por uno, los órganos.

Los ojos primero, estos siempre le lastimarían, pero no quería deshacerse de ellos, los necesitaba, había desarrollado la maldición de ver más allá de lo que un ojo común podía observar.

Al quitárselos, los colocó al ras dentro de un frasco con formaldehido para poder observar lo que haría, se volvió a colocar sus ojos, y un dolor inaudito le invadió, el dolor de poseer unos ojos maltrechos.

Intentó tener los ojos de su amada antes, pero nunca decidió rebanárselos, tan solo quería otros ojos que no la hubieran observado nunca, pero estos eran muertos, decidió volver a lastimarse con su propia retina.

El corazón, el suyo apenas vivía, no consiguió otro, intentó rebanar su pecho y removérselo pero tuvo que seguir atado a él, cargándolo y lastimándolo para que este siguiera sufriendo, latiendo, haciéndolo sentir que aún vivía esa maldición.

Manos, las suyas eran inútiles, pero a la vez él las adoraba, a pesar de sus falencias, porque ellas le permitieron crear su obra maestra que se encontraba guardada en su habitación. En las manos de los demás corría un prontuario escalofriante, no se había decidido si eliminar sus manos o su cerebro, pero en ese mismo instante de desesperación había decidido cambiar su cerebro por el de otra persona, craso error.

Era momento de develar aquello que guardaba en ese cuarto vetusto, como último chance de supervivencia. Removió una pesada tela que cubría su obra maestra, una máquina que se entregaba al olvido y al óxido como todo en ese cuarto que era su vida misma, su “Impresora y scanner en 3D de órganos”

En el armatoste de metal oxidado depositó uno a uno los órganos que logró rescatar horas antes, y aquellos que guardaba en frascos con formaldehido desde hace tiempo.

El error del muchacho era robar órganos de sus enemigos, y ellos no poseían órganos en las condiciones más óptimas, de hecho eran deplorables. Hígados, pulmones, manos, cerebros destrozados.

El dolor en su cuerpo empeoraba, aún así decidió depositar aquellos que logró rescatar de su colección personal, decidió cerrar una compuerta de dicha máquina y encenderla. Luces comenzaron a sobresalir de la compuerta, esperanzadoras, el joven sabía que el sufrimiento habría de terminar cuando la mezcla llegara a su punto, y su invento funcionara, para no tomar una decisión más apresurada.

El zumbido se detiene, el muchacho abre la compuerta y sus adoloridos ojos a lo lejos en un frasco vislumbran aquel compendio de órganos que, literalmente aquella máquina escaneó de órganos defectuosos e imprimió en tercera dimensión. El muchacho los tomó y ninguno de esos órganos perdieron, era consistente, así que en el furor de la funcionalidad de su invento, decidió comenzar su prueba final y procedió a desprender su tegumentación.

La sevicia que removía la piel de su cuerpo se comparaba con la emoción y empañaba al dolor insufrible de cortarse a sí mismo. Procedió a romper la osamenta que le impedía el paso a sus nuevos órganos, y en la pulsación errática de la emoción de la operación mortal, de reemplazar sus órganos por la creación de una máquina increíblemente mórbida como su ser, símil de su genialidad retorcida, bombeaba sangre espasmódicamente, cediendo a la muerte misma, inundando el cuarto de su propia sangre.

Con una rapidez propia de un adicto al dolor, el joven remueve órgano a órgano de su cuerpo, todos rebotan sobre la piscina roja, y lo reemplaza por las masas gelatinosas que surgieron de dicho aparatejo retorcido, y procede a coser de nuevo su cuerpo, el dolor es insoportable.

El problema que le precede a su demencia es que el dolor no cesa, lo sigue matando, a pesar de tener un cuerpo mejorado tecnológicamente, es el hijo de la impresora y scanner en 3D. Es un nuevo Prometeo, un nuevo Frankenstein, un Superhombre. Pero su cerebro de Dios lo seguía matando, el joven se olvidó de robar un nuevo cerebro, en el orgullo de nunca renunciar a su encéfalo, que adoraba por ser el padre de sus ambiciones.

La meta del experimento estaba fundada en la venganza, alejar del cuerpo los dolores insoportables de su condición de genio, y comenzar una nueva vida, construyendo nuevos órganos a partir de los desperdicios de las personas que más odió por tener una vida plena, y que restregaban en su cara la plenitud de sus vidas y se burlaban de él cada vez que caminaba bajo el inclemente sol cargando órganos, que para no generar sospechas eran sus órganos, porque los de sus enemigos estaban pudriéndose en su interior maltrecho, ese que ya estaba acostumbrado a las suturas, a ser despellejado constantemente, a ser envenenado con el veneno de otros órganos putrefactos y mal cuidados.

La vida de este joven era una serie de errores, y el mayor error fue pretender hacer una nueva vida con las falencias de otros, en especial de personas que no apreciaban sus cuerpos.

Sus ojos seguían dentro de un frasco observando el macabro espectáculo de la disección; y estos se cerrarían en algún momento, no sin antes presenciar un último procedimiento, el final, él único que podría darle fin al sufrimiento del muchacho.

Tomó el bisturí y comenzó a cortar su cráneo, su corazón soltó las agujas y empezó a latir vehementemente, anegando gran parte de la habitación.

El joven decidió eliminar la necesidad de poseer un cerebro en su ser, sus ojos aún podían ver a la distancia el espectáculo deprimente de alguien renunciando a su intelecto y sus pulsaciones.

No gritó, se había removido la lengua tiempo atrás, decidió que nunca más esta lo traicionaría, cuando tenía que expresar algo, escribía, como hizo con los policías.

El corazón dejó de latir, dejó de sufrir, pero en ese momento, el joven agregó la pieza final que le faltaba a su rompecabezas, una sonrisa se dibujó en su rostro y yacía pacíficamente en su cama, con sus ojos aún observándolo momentos antes de que estos se cerraran eternamente, dejando atrás su sufrimiento, y a su obra maestra, la impresora y scanner de órganos 3D, entregándose juntos a la paz que produce el olvido.

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