La última exposición de Rudolf

La última exposición de Rudolf

[Julio C. del Bosque García]

Rudolf Manson miraba fijamente la pared del comedor. De pie, con los brazos cruzados y un gesto severo en el rostro, sentía una opresión en el pecho que ya le era familiar. Sobre el vacío blanco que era la pared aún se veían las marcas que dejó el Picasso al descolgarlo el mes pasado. Lo había comprado hacía lustros, tras su primera exposición en el Pompidou. Al venderlo había asumido que no pasaba por un buen momento económico, pero no era eso lo que le dolía. No, lo que le dolía de verdad era deshacerse de un símbolo. El Picasso le recordaba que había sido el mejor. El Pompidou, el MOMA, la Tate, todos se habían rendido a sus esculturas. Le habían otorgado no sólo adulación, sino también prestigio, fama y dinero. El cetro y la corona eran suyos. De aquellos años sólo quedaban las cuentas en Suiza. Suficiente para vivir el resto de sus días, muy justas para mantener su casa en la zona noble de Barcelona.

La melancolía de su gesto tenía un matiz de esperanza esa mañana. Se esforzaba en controlar la emoción, pero la pared estaba menos vacía. No podía evitar acelerarse al pensar en la llamada. El MACBA. Una exposición sobre su carrera. Una campaña centrada en su imagen. En Barcelona, que se había convertido en un escaparate mundial. No era el MOMA, pero los astros se empezaban a alinear ante sus ojos. Casi podía volver a sentir el calor de los focos.

Como si se hubiera despertado de golpe, giró súbitamente y se dirigió a la puerta. Cogió una americana blanca, la única chaqueta que colgaba en el perchero de la entrada. Desenterró las llaves del coche del caos que era su recibidor, cogió un portafolios negro lleno de fotos y documentos, y salió al jardín. Le gustaba sentir el sol en la cara al ver aparecer, mientras las puertas del garaje se elevaban, su Porsche Carrera blanco descapotable. Era un pequeño placer que saboreaba a cámara lenta. Justo después, desde hacía algunos meses, discutía consigo mismo tras el volante. A medio camino entre la esquizofrenia y la bipolaridad, pensaba que había llevado un ritmo de vida excesivo. No. Era el ritmo que merecía, se equivocaba la sociedad analfabeta, que giraba los focos al fútbol o la tele. Los placeres de la pobreza eclipsaban a la cultura y daban dinero a paletos que no sabían hacer la O con un canuto. La ofensa era enorme. Pero claro, él tampoco entendía la cultura popular y no sabía qué hacer para acercarse. Algo de culpa tenía. O igual la tenía toda. Maldita cabeza, igual debía visitar un psicólogo. Volvió en sí. Decidió que para ir al centro no cogería el coche. Hoy estaba especialmente disperso y ya había tenido algún accidente con anterioridad. Llamaría a un taxi.

Taxi que le dejó en plaza Catalunya. Caminó hasta el MACBA y fue directo a la sala de reuniones. El director del museo charlaba con un tipo trajeado. Encima de la mesa había una especie de microondas enorme que contenía una reproducción del David de Miguel Ángel en yeso. Al lado del microondas, una reproducción de la Pedrera en plástico y de la catedral de Reims, en dos materiales diferentes. Debían estar acabando la reunión anterior, pero para su sorpresa, le invitaron a entrar.

–¡Rudolf, viejo amigo! Por favor, pasa. Tenemos una propuesta que te va a encantar.

–Y yo una respuesta que os va a decepcionar.

–¡Ja! Siempre te has tomado muy a pecho tu fama de divo arisco. Suerte que te conocí cuando aún te podíamos llamar Rodolfo. Déjame que te presente al mayor responsable de Alchemist, una importante empresa que fabrica y comercializa impresoras 3D.

–O sea que ese microondas gigante es una impresora, y los figurines...

–Sus impresos. Muy perspicaz señor Manson. Puede llamarme Paul.

–Si es que necesito llamarte, claro está...

–Por favor, soy consciente que usted no me necesita a mí ni a mi compañía. Aun así, me gustaría que escuchase nuestra propuesta. Se trata de una exposición conjunta.

–Sospecho que eso es imposible. Mi arte y sus mecanismos no deben compartir espacio.

–Déjeme que le explique, señor Manson. Hoy en día el uso de la impresión 3D está muy limitado, aunque tecnológicamente hemos hecho un trabajo impresionante. Se ha conseguido gran impacto en el mundo de la medicina. Replicamos prótesis y órganos. Hay comunidades que comparten diseños de impresión para objetos comunes, a pequeña escala. Pero en Alchemist queremos ir más allá: llevar la producción de las fábricas a los hogares, respetando los derechos de autor. Y el primer paso...

–... seguro que no tiene nada que ver ni con el arte ni con mi exposición. Y ese primer paso nos está haciendo perder el tiempo al responsable de este museo y a mí.

–No voy a entrar en detalles de nuestro proyecto. Seguro que acaba por apreciarlo, créame. Queremos que todo el mundo vea cómo funciona la impresión 3D, acercarles la técnica y sus resultados. Colocaríamos al lado de sus obras impresoras que replicarían las esculturas a tamaño inferior, para que el público juegue con las impresiones.

–Caaaarrrles, dile al robot sin alma que no me ofenda. Mi arte no se puede reproducir.

–Rudolf, no te precipites. Reflexiona sobre el tema. Tómate tu tiempo.

–Estás loco –los ojos de Rudolf empezaban a abrirse demasiado. Su mente abandonaba la sala de reuniones. Visualizaba su pared llena con la ausencia de su Picasso.

–No estoy loco Rudolf. Estos señores van a hacer una donación muy fuerte al museo. Se convertirán en mecenas de honor con un compromiso a cinco años.

–Señor Manson. Permítame insistirle en que soy un gran admirador de su obra. Estamos interesados no sólo en financiar al museo, nos gustaría que aceptase nuestro mecenazgo.

–Rudolf, piénsalo.

–¿Y si no acepto?

–Nos veríamos en la tesitura de posponer sine die la retrospectiva de tu obra.

Rudolf cerró los ojos e inspiró profundamente el silencio de la sala. Veía su Porsche avanzando hacia un acantilado. Veía las paredes del pasillo vacías. Y veía un cartel que decía "En Venta" en la valla de su casa de Pedralbes. Se estaba acalorando. Estos estúpidos no iban a entrar en razón. Su cara empezaba a enrojecerse. Lo notaba. Intentó contenerse. Lo intentó de veras.

–¡Y una mierda! ¡Estos mequetrefes no hacen arte! ¡Envían ceros y unos a un microondas! Mira Carles –dijo mientras tiraba el portafolios sobre la mesa y se esparcían las fotos y documentos que contenía–. He llamado uno a uno a todos los propietarios de esta selección –dijo señalando a bulto a las fotos–. Tendrás obras por las que llorarían los directores del MOMA o la Tate. Ahora no puedes hacerme esto. ¡No puedes!

–Rudolf, por favor, piénsalo. La propuesta te ha cogido de sorpresa, pero si reflexionas verás que tu obra llegará a un público más amplio. Piensa en la repercusión mediática.

La figura del director del MACBA se desdoblaba a los ojos de Rudolf. Su cara era el resultado de la superposición de dos imágenes que se separaban y se juntaban, como si estuvieran unidas por un muelle oscilante. Empezó a recoger aceleradamente los documentos del portafolios. Arrugaba cada foto al cogerla. La respiración se entrecortaba. Tenía que salir de allí.

–Imbécil... vendrán unos don nadie, se fijarán en unos trastos técnicos, ignorarán mi obra y escupirán en el prestigio de tu museo.

Se giró, abrió la puerta y salió andando tan rápido como pudo. Tenía mucho calor. Recorrió tambaleándose el pasillo, de un blanco tan futurista como difuminado. Se quitó la americana mientras bajaba al hall principal. Al fondo, justo al lado de la puerta, pudo distinguir dos bultos difuminados que danzaban alrededor de un tótem luminoso. Según se acercaba fue percibiendo más claramente que se trataba de dos jóvenes embutidos en sus monos grises de Alchemist, con rayas azules a los costados en formas futuristas. Acababan de montar una pantalla gigante. Desaceleró el paso. Avanzó hacia la pantalla hipnotizado, sin más motivo que la atracción de su brillantez. De pie, con la espalda encorvada y los hombros caídos por el peso de sus brazos, se quedó boquiabierto mirando el foco de luz, mientras jadeaba con intensidad. Se desabrochó dos botones de la elegante camisa de lino verdoso, de cuello mao. Tragó saliva. Un guitarrista en la tele. Bien, un artista. Podría relajarse escuchando un buen solo. Pero... el guitarrista… en realidad... ¿explicaba cómo descargar unos planos? ¿Qué estaba haciendo ese barbudo sacado de Woodstock?

–En nuestros cursos de iniciación no necesitarán una gran inversión. Con la matrícula tendrán acceso al modelo Alchemist para imprimir en cualquier copistería una Fender básica ¡con un coste inferior a 30 euros! En niveles superiores, recomendamos que adquieran un instrum...

Mardlzita jimprezz... No podía hablar. Estaba muy tenso. Se le trababa la lengua. Cerró los ojos. Tuvo la sensación de ir dentro de su Porsche descapotable, que ya estaba cayendo por un precipicio hacia el mar. Se estaba mareando. Cualquier energúmeno sin oficio ni cultura iba a poder construir cualquier cosa. Necesitaba aire. Salió a la plaza trastabillándose. Se acercó a dos hombres maduros que miraban inquietos su cámara de fotos. Estaba rota. Se acercó a ellos.

–Se ha roto el soporte.

–Tengo el modelo 3D en el móvil. Déjame que busque en google la copistería más cercana y en 10 minutos podemos volver a nuestra sesión.

Se sintió extremadamente débil. Miró al cielo. Las nubes también podían imprimirse, seguro. Cerró los ojos. Vio un niño en una feria, en un puesto de algodones de azúcar. Se acercó. El niño no compraba golosinas a un feriante, imprimía nubes rosas y las lanzaba al cielo para formar su propio atardecer. Centró su atención en el niño. Seguía haciendo figuras con azúcar, pero esta vez compactas, azucarillos geométricamente imposibles: símbolos de infinito, anillas de azúcar encadenadas,... se sintió un grano que recorría una estructura geométrica hasta depositarse en un aro. Abrió los ojos. En algún lugar, alguien imprimía un azucarillo con forma de Fender Esquire, la clásica guitarra eléctrica que llevaba Bruce Springsteen colgada en la portada del Born to Run. Una no, se estaban imprimiendo cientos de dulces guitarras eléctricas. Era él uno de los azucarillos y los fotógrafos de la plaza lo cogían para disolverlo en una taza de café. Seguidamente vio al director del museo en una copistería pública, imprimiendo con pose indiferente una copia con relieve 3D de su Picasso. Y justo detrás, un hombre encorbatado hacía cola para imprimir un cartel donde se leía "Se Vende". En un breve contacto con un mundo ajeno, tuvo la noción de dos fotógrafos preguntándole algo. Y de repente no vio nada.

–Parece que despierta.

–Nada del riñón. No conviene que recaiga, mucha suerte ha tenido.

Los dos fotógrafos hablando de un riñón, seguro que lo habían imprimido. Abrió los ojos. No estaba en la plaza, estaba en una cama. En la habitación de un hospital. Había sufrido un ictus cerebeloso. La rápida intervención médica minimizó las consecuencias.

A los dos días de despertar ya hablaba con normalidad y era capaz de moverse. Eso sí, tenía problemas de coordinación y perdía el equilibrio con facilidad. Nada muy grave, pero tendría que ir a rehabilitación. Aún en el hospital, recibió una carta de Alchemist. "...Nada más lejos de nuestra intención ofenderle. Nuestra voluntad es apoyar su arte promocionando y apoyando econ...". Asqueado, tiró la carta a la papelera. Justo después, llegó su único hijo. Había encontrado a través de internet una buena solución para su rehabilitación: un equipo de especialistas había diseñado una terapia de coordinación y equilibrio basada en el trabajo de arcilla y yeso. Parecía hecha a medida para él.

El primer día llegó tarde a la clase. Abrió la puerta como quien entra a un almacén vacío. Se quedó de pie, absorto, observando el aula. Estaba compuesta por seis mesas grupales con capacidad para cuatro personas y el escritorio del terapeuta, donde había un televisor antiguo y una escultura de yeso con un acabado perfecto. En el resto de mesas había imitaciones muy burdas de esa primera escultura. Y personas. También había personas, que parecían haber interrumpido lo que estaban haciendo para observarle a él. Claro, no todos los días tienen delante a una estrella. No se atrevían a pedirle un autógrafo o una foto. De hecho, parecían molestos por algo. Al cabo de un minuto preguntó al terapeuta cuál era su mesa de trabajo, y sólo mientras le indicaba que él no podía compartir zona de trabajo con cualquiera, reparó en el terapeuta.

–Gregorio Buenavista. Dando clases de escultura. Qué incongruencia.

–Yo también me alegro de verle. ¿Ve aquella mesa con un espacio libre? Por favor, ocupe el lugar central, se sentirá arropado. Sus compañeros le ayudarán a ponerse al día. Seguro que tenía cosas más importantes que hacer hoy que cuidar de su salud.

–Qué monos. Está claro que todo lo han aprendido de su maestro. Mueven las manos como un chamán invocando a su dios. Está claro que la escultura es lo de menos.

–Buenos días, Mr. Manson. Bienvenido a la terapia de coordinación y equilibrio. Mover las manos es lo que importa y la escultura es lo de menos.

–Pfff... En fin... Nunca se tomó en serio lo que hacía, Gregorio. Por eso está aquí haciendo aeróbic en lugar de exponer en el MOMA. Dígame con qué trozo de yeso bailo y haré algo más productivo que seguir su coreografía. Me alegro de haber contribuido a su expulsión, encaja mucho mejor en el aeróbic que en el mundo del arte.

–Siga la clase y cállese.

Se sentó. Miró la figura a replicar. Sus formas eran complejas, sin duda Gregorio había mejorado su técnica. Hasta el punto que no se sentía capaz de copiarla. Así que la cogió de base y a partir de esa idea hizo una escultura diferente. Cuando acabó, se levantó y se fue, esbozando una sonrisa. No había conseguido replicar la figura, pero notaba que los brazos le respondían mejor, y su resultado transmitía más que el original. Se levantó y se dirigió hacia la puerta.

–Me tendrá aquí las próximas dos semanas.

El terapeuta respondía algo que Rudolf no escuchaba mientras se iba. Durante la primera semana se repitió la misma secuencia de actos. Rudolf llegaba tarde, intercambiaba hachazos verbales con Gregorio, miraba la escultura del día y realizaba una versión libre.

Al final de la primera semana, los progresos físicos de Rudolf eran evidentes, hasta el punto de pensar que no necesitaba más clases. Reflexionando, se propuso llegar el lunes antes a clase. Así podría charlar con Gregorio para felicitarle por su mejora y darle ideas. Se planteó hacerle de mentor.

Llegó al centro una hora antes de la sesión. Su entrada no fue del todo como esperaba. Había imaginado un lugar en paz y armonía donde el silencio reinaba, a la espera que pacientes y familiares inundasen el edificio con sus problemas y sus nimiedades. Nada más lejos de la realidad. El edificio era un hervidero de gente llevando materiales arriba y abajo. Un ruido horrible se intensificaba mientras se acercaba al despacho de Gregorio. De repente, el ruido cesó para alivio del universo entero. Abrió la puerta del despacho. Su ex-alumno estaba retirando una nueva figura de formas imposibles de una impresora 3D. Se quedó sorprendido, boquiabierto y pensativo.

–Pase, Sr. Manson. Parece consternado. Debo reconocérselo, tenían ustedes razón. No tengo mucha habilidad para la escultura. Pero he superado mi relativa torpeza manual. He estudiado los conceptos de impresión 3D para...

–Para hacer esculturas igual de inexpresivas pero mejor acabadas. Está claro que no se entera de una mierda. Su problema nunca fueron los acabados. Su problema sigue siendo que su obra no le llega a nadie. Mire el resultado de estos dos días. He cogido cada uno de sus trabajos y en media hora y a mano los he mejorado. Incluso convaleciente.

–Por eso hace años que no expone en ningún sitio. ¿Sabe? Este fin de semana voy a presentar estas obras que usted desprecia a un concurso de impresiones 3D. Van a hacer una exposición en el MACBA.

–Usted no tiene ninguna gracia como escultor, nadie va a hacer una exposición del chico de las fotocopias 3D.

–Pues parece que sí. Sus días están ac... –y decía algo mientras Rudolf daba un portazo y se paraba en seco al otro lado de la puerta.

Rudolf quedó pensativo. Comenzó a andar tranquilamente. Iba a haber una exposición. Bien. Iba a haber impresoras 3D. Vale. Eso, a estas alturas, era incontestable. Lo que estaba en juego en esos momentos era si las esculturas a exhibir iban a ser las suyas o las de unos mindundis sin talento. Desde esa reflexión, no había duda posible. Pero no bajo cualquier premisa. La máquina no podía replicarle. Él debía usar la máquina a su antojo. Eso le sonaba. Los años ochenta. Los sintetizadores. Depeche Mode. Pet Shop Boys. No copiaron. Usaron la máquina e hicieron música. SU música.

Cerró los ojos. Vio una Venus de Milo. De metacrilato. Podría translucir formas. En el pecho, por ejemplo. Una reja metálica. Sí, en forma de corazón. ¿Qué más? Sí, del órgano salían piezas. Diferentes tonos ocres. Podían ser ejes. Y engranajes. Una metáfora de esqueleto. Una composición que se le antojaba imposible de moldear o montar. Pero que ahora sabía cómo conseguir. El Picasso estaba en la pared del comedor. Llegó a casa. Llamó al MACBA. Preguntó por el director.

–Carles, llama a los alquimistas. Quiero una lista de materiales en los que pueda imprimir. Haré una revisión de mi obra. Expondréis mis esculturas en parejas: la original junto a una nueva versión expresivamente futurista. ¿Mañana? Perfecto.

 

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