La Mercancía

La Mercancía

[Edgard Pallauta Quinzacara]

“No concibo un futuro donde el hombre pueda ser reproducido como un mueble. Es aberrante; es estúpido, y cada vez que lo escucho me parece más estúpido que la vez anterior. Somos sentimientos, recuerdos, cicatrices. Eso… es un ser humano.”

Parte 1

El informe del día de los hechos consignaba un viejo Opel Manta estrellado contra un árbol seco que sirvió de perfecto combustible para que las llamas lo consumieran por completo. A diez metros del lugar, en una zanja de un par de metros, se encontró el cuerpo de una joven aún sin identificar, caucásica, de veintitrés años máximo, que fue trasladada al hospital en estado agonizante. La perito forense Teresa Córdoba escaneó el lugar con una luz fosforescente que generaba en una pantalla portátil el terreno digitalizado con los detalles del relieve: se apreciaban las líneas de arrastre de la chica, desde el auto hasta la zanja, pero al borde del desnivel había una pequeña depresión circular de unos veinte centímetros de diámetro.

—Es la parte de un rostro humano —reveló el fiscal Caravantes al comisario Diego Ferrara en ese mismo lugar—: masculino.

En la imagen digital se podía distinguir una mejilla, una oreja y cabello.

—Sea quien haya sido —dijo el fiscal—, tomó a la joven en este lugar, pero tropezó y golpeó la cara en el suelo; volvió a levantarse y la arrojó a la zanja.

El trabajo del comisario y Derek Ortiz, su detective de confianza, sería descubrir quién era ese sujeto. Se advirtió a los hospitales y consultorios de urgencia, se estaban empadronando los lugares habitados más cercanos, se revisarían las cámaras de seguridad y se consultarían los antecedentes del auto. En tanto, Teresa Córdoba se comprometió a refinar los detalles del escáner para obtener una identificación más precisa de aquel rostro impreso en el suelo.

En el hospital el estado de la chica era penoso. Tenía la cara hinchada por hematomas y cortes profundos, llena de vendajes, y de su cuerpo salían mangueras que se conectaban a varios aparatos; había una estructura sobre su cuerpo de la cual emanaba un conducto metálico que se conectaba con su cuello. Los cuidados estaban a cargo del doctor Malebrán, y fue él mismo quien les informó a Ferrara y Ortiz del sorpresivo hallazgo: herida corto penetrante a la altura del tórax, no atribuible al impacto. Se envió un escáner de la lesión al laboratorio para precisar el tipo de arma blanca.

—Estaban discutiendo y él la apuñala —especuló Ortiz hablándole a Ferrara en el pasillo junto a la habitación—. Luego pierde el control y se produce el accidente.

—Esa herida en particular podría ser un poco más antigua que las causadas por el impacto del auto —le advirtió el doctor—. Tal vez un par de horas antes.

—La apuñaló en la ciudad y luego fue a deshacerse del cuerpo —se aventuró a decir el comisario con esa nueva información.

—Y el sospechoso pensó que podría ocultar el crimen si la chica se quemaba allí adentro —agregó Ortiz—. Estrelló el auto y le prendió fuego.

—¿Agresión sexual? —mencionó de súbito el comisario, mirando al doctor.

—Negativo.

La pérdida de sangre impedía una operación y se presentaba además una dificultad respiratoria aguda. Pero era en este punto donde intervenía cierta clase de prodigio: aquel tubo que se conectaba al cuello de la joven se encargaba de construir en su interior una tablilla en tres dimensiones alrededor de la tráquea para evitar que se bloqueara. El siguiente paso era crear un espacio para permitirle a sus pulmones expandirse con normalidad, a través de un soporte hecho también a medida. Todas las partes se imprimían con policaprolactona, un material biodegradable que terminaría absorbido por el cuerpo dentro de un año de forma natural.

—Sorprendente —soltó Ortiz, bastante impresionado. Luego tuvo una idea—. ¿Cree que algún día puedan reproducir a un ser humano con ese material?

—La tecnología no tiene límites, detective —dijo el doctor.

—Qué estupidez —soltó de pronto el comisario Ferrara, con la mirada pensativa.

—¿Perdón?

—Dije que es una estupidez —repitió molesto.

El doctor lo miró por un instante, tratando de interpretar aquella agresividad. Cuando lo comprendió finalmente, esbozó una sonrisa amistosa.

—Bueno, sólo estamos especulando. Lo importante es que esta tecnología trabaja para salvarle la vida a la joven.

Ferrara se quedó con esa mirada extraña, pero acto seguido se despidió del doctor asintiendo con la cabeza y se alejó raudo por el pasillo. Ortiz se quedó un instante allí y abogó por su colega.

—Ha estado así todo el último año.

—Ya lo sé.

Parte 2

En los días subsiguientes todas las diligencias para dar con el sospechoso resultaron infructuosas. Sus huellas dactilares seguían pendientes de identificación. Finalmente, fue un detalle en uno de los accesorios de la víctima lo que logró concretar un avance en la investigación: la pulsera que la joven portaba consigo ese día tenía una pequeña imagen grabada, una santa con un manto negro, y las iniciales “N.S.D.A.”

—“Nuestra Señora De Altagracia” —confirmó Ortiz—. Santa protectora de la República Dominicana.

Se enviaría la información a la embajada dominicana y al departamento de extranjería y, además, se tomaría contacto con la colonia residente. Se reconstruyó una fotografía del rostro de la joven en base al escáner que también se le tomó en el sitio del suceso.

En el laboratorio forense, Teresa Córdoba había logrado determinar el tipo de arma blanca que lesionó a la víctima en el pecho: en la imagen digital de la herida se percibía claramente el contorno de una hoja metálica que coincidía con un cuchillo táctico de forma clásica, pero el grosor de la hoja y su alta capacidad de corte hacían pensar que se trataba de un modelo original y costoso.

En cuanto al rostro masculino hallado en el lugar de los hechos, con el diez por ciento existente, duplicado simétricamente en una imagen tridimensional, se trazó un contorno completo del cráneo en franja horizontal, y las proporciones se compararon con el registro de razas: “Mulato africano”, de veinte a treinta años de edad.

La información hizo que el comisario solicitara al fiscal Caravantes vigilancia policial para la chica como medida de protección.

—Es un presentimiento —le dijo Ferrara, en tono serio—. El agresor ya debe estar enterado de que fracasó en su intento de homicidio; sabe que aún no la han identificado y sabe que ella va a hablar tan pronto pueda hacerlo.

—Es un crimen pasional, Ferrara —le dijo el fiscal, poco convencido—. El tipo todavía debe estar corriendo lleno de susto como el cobarde que es. Así que olvídalo.

La insistencia del comisario resultó inútil, y sus temores no se disiparon, así que él mismo se hizo cargo de la custodia. Fue al tercer día que detectó la presencia de un extraño en la habitación. Un sujeto afroamericano, joven, alto, estaba de pie junto a la camilla de la chica, con el rostro cubierto con una bufanda y un gorro. El comisario, temiendo lo peor, entró de inmediato sacando su arma, pero el otro sujeto reaccionó primero y le arrojó un soporte para recipientes por la cabeza que lanzó a Ferrara hacia atrás, golpeando y derribando una bandeja con frascos y utensilios. El joven corrió por el pasillo hasta la salida y el comisario, a duras penas y con una herida en la cabeza, lo siguió hasta la calle. Logró identificar un toyota yaris rojo acelerando, y lo alcanzó con su auto a unas cuadras del hospital, aunque la persecución duró poco; el toyota tomó ventaja gracias a la imprudencia de su conductor, que atravesó un restaurant pasando por encima del mobiliario y dos meseros hasta la otra calle, asegurando su escape y dejando al comisario resignado a verlo desaparecer.

El fiscal Caravantes trató de excusarse con el comisario, pero Ferrara y Ortiz tenían la mente puesta en el siguiente paso. Minutos antes, la perito forense Teresa Córdoba les había comunicado lo que ya sospechaban: no hubo reconocimiento positivo de la chica en la base de datos del registro nacional de huellas dactilares.

—Es una inmigrante ilegal —le comunicó el comisario al fiscal.

—¿Qué tal si enviamos la información a la embajada para que cotejen ellos en su país? —dijo Ortiz, sintiendo que debían hallar una pronta solución a un problema que se les estaba yendo de las manos.

—Podría tardar meses —dijo el fiscal.

El comisario Ferrara permaneció en silencio por un buen rato. Sabía que la joven no pudo llegar al país por sus propios medios; o arribó con su familia, esa que nunca apareció preguntando por ella ante las autoridades, o llegó en solitario. En cualquier caso, lo hizo internada por aquellos que hacen de la trata de personas un negocio.

Parte 3

Se había dictado una ley de amnistía para extranjeros indocumentados hace un par de años; como la chica no se había acogido al perdón ni regularizado sus papeles, el comisario supuso que llevaba poco tiempo en el país o incluso podría haberse encontrado bajo el poder de la misma red que se encargó de ingresarla al país. Solicitó información de estos grupos, pero Caravantes, sabiendo que estaba en deuda por el episodio de la negativa a la medida de protección, tampoco estaba dispuesto a arriesgar el trabajo encubierto de policías que trabajaban incluso por años antes de desbaratar una de aquellas organizaciones ilícitas.

—No puedo darle la información que pide, pero —agregó a modo de compensación—, tampoco le voy a impedir que siga investigando, si es que lo hace con cautela.

Con aquel delincuente en alerta, debían actuar rápido y encontrarlo de una vez por todas. Aquel toyota yaris también tenía orden por robo, así que Ortiz se encargó de recabar cualquier antecedente que involucrara a afroamericanos en delitos similares. Los resultados fueron negativos, pero uno de los policías del cuartel conocía a un sujeto de quien se sospechaba participación activa en la compra y desarme de autos robados. Era probable que conociera al hombre que Ferrara y Ortiz estaban buscando.

El sujeto del taller sufrió los embates de los policías por algunos minutos antes de hablar.

—Walter Sánchez —reveló Ferrara en la oficina del fiscal—. Dominicano nacionalizado chileno con varias condenas por hurto y robo y varias absoluciones por falta de pruebas. Ronda por uno de los prostíbulos del sector de Padre Valverde. Si no hay investigaciones en curso por trata de personas o tráfico de migrantes en ese lugar podemos entrar con toda la caballería.

La tragedia se desató aquella noche en que la policía asaltó el prostíbulo de Padre Valverde después que se confirmó la presencia del sospechoso en el lugar. El comisario había sentido un frío estremecimiento cuando contempló aquel edificio de mala muerte. Acaso era el lugar donde había ido a parar aquella chica. Lo cierto es que Walter Sánchez ofreció resistencia armada al verse rodeado, y como lo hacen las ratas, logró escabullirse del lugar por atajos que sólo él conocía. Pero Ortiz, más joven y rápido, reaccionó mejor que Ferrara y no lo perdió de vista. Lo siguió por un par de cuadras hasta dar con un oscuro callejón sin salida. Los segundos en que lo perdió de vista fueron suficientes para que su verdugo le pusiera una bala por la espalda que lo hizo escupir sangre; se mantuvo de pie y alcanzó a voltear para ver el rostro de su asesino y luego cayó muerto al recibir otra bala en la cabeza. Aún nervioso, Walter Sánchez quiso asegurarse y rematarlo en el suelo, pero Ferrara ya estaba allí y le vació todo el cargador en el cuerpo.

Parte 4

El funeral del detective Ortiz se desarrolló con solemnidad en una fría tarde de invierno. El informe del laboratorio forense que confirmaba la concordancia en un noventa y ocho por ciento entre Walter Sánchez y el rostro hallado en el sitio del suceso se agregó al expediente de forma rutinaria. En cuanto al prostíbulo allanado, había cuatro extranjeras indocumentadas que reconocieron el rostro de la chica del hospital, aunque ninguna conocía su nombre, pues la habían sacado del lugar el mismo día que llegó.

El comisario Ferrara no parecía satisfecho. En el informe preliminar se sugería que la chica fue internada ilegalmente bajo el engaño de un trabajo bien remunerado, y una vez en el país, se le encerró y se le obligó a prostituirse. Ante su negativa y decisión de denunciar los hechos a la policía, poniendo en riesgo el negocio de la organización de Walter Sánchez, éste decidió sacarse el problema de encima, asesinando a la joven y haciéndola desaparecer dentro de un auto en llamas como si se tratara de un accidente.

Algo no encajaba en todo aquello. Walter Sánchez era un pobre diablo, un proxeneta drogadicto capaz de prostituir a sus propios hijos a cambio de una jalada de pasta base de la peor calidad; estaba claro que era el eslabón más miserable en esa cadena de tráfico de personas que sería investigada a fondo en los próximos meses. Y había otro detalle: según le habían informado a Ferrara y a Ortiz en el laboratorio forense, el arma blanca que se utilizó para intentar asesinar a la chica era de cierto valor, algo poco entendible tratándose de Walter Sánchez, al que sólo se le encontró aquel revólver viejo que usó para matar al detective, de tal forma que Ferrara se fue convenciendo de que ese sujeto sólo se encargó de deshacerse de un cuerpo que había sido apuñalado por otra persona, la dueña del cuchillo.

El comisario averiguó que el grupo de Sánchez tenía cierta organización que subía de nivel y que se conectaba con personas que operaban en la frontera norte del país; había gente que se encargaba del transporte y otra que concretaba los negocios. El fiscal Caravantes le advirtió a Ferrara que existía una investigación en curso; una larga investigación. Pero el comisario ya había tomado una decisión.

Parte 5

Más allá de la frontera, de vez en cuando un coyote solitario tenía la mala fortuna de cruzarse en el camino de una de esas bandas que internaban indocumentados a Chile por uno de los tantos pasos no habilitados. La organización del peruano Jorge Tavárez no se hacía problemas y los lanzaba a una fosa en medio del desierto. Su despacho se ocultaba detrás de una falsa posada ubicada al costado de la carretera internacional.

—¿Otro más? —dijo desde su escritorio a uno de los peones que llegó con la información.

—Dice que regresaba a Chile y aprovechó la ocasión para pasar a un par de ecuatorianos a cambio de un poco de plata —le informó su peón.

Los cuatro peones de Tavárez entraron a su despacho con el ingenuo coyote: su vestimenta informal estaba llena de tierra; lo habían golpeado y tenía sangre seca en la cabeza y el rostro. Caminaba con algo de dificultad pero se mantenía en pie. Era Ferrara.

—Es un negocio difícil, mi amigo —le explicó Tavárez­—. Una de mis funciones es mantener andando la empresa, y para eso tengo que ir sacando las piedras del camino. ¿Sabe a dónde voy con todo esto?

—¿Por qué no se va a la mierda? —dijo Ferrara con indiferencia, ganándose un golpe en el estómago de uno de los peones que lo hizo caer de rodillas y seguir tosiendo sangre.

Tavárez rió de buena gana. Tal vez aquel coyote ya auguraba su final.

—Tengo la solución perfecta para sujetos como usted, amigo —dijo con cinismo.

Acto seguido, abrió el cajón de su escritorio y sacó un cuchillo táctico de lujo, hoja gruesa de unos quince centímetros de largo, extremadamente filoso, al parecer, tal como lo describió la perito forense.

—Lindo cuchillo —comentó Ferrara con algo de dificultad—. Apuesto a que todavía tiene la sangre de la chica dominicana.

Tavárez tuvo un momento de desconcierto, pero al contemplar la mirada de Ferrara lo asaltó una súbita preocupación. Aquel sujeto no era un coyote. El peruano, olvidándose del cuchillo, actuó con presteza y lanzó su mano al cajón del escritorio para levantar su pistola.

Pero Ferrara tampoco estaba desarmado.

Nueve disparos consecutivos remecieron aquel apacible desierto. Los trabajadores de la falsa posada del frente sólo atinaron a huir del lugar en dirección al norte. Pasaron dos minutos y se abrió la puerta del despacho. A paso endeble, herido y sangrante, Jorge Tavárez caminó hasta su camioneta y con penosa calma logró sentarse frente al volante, sólo para descubrir, con horrorosa desesperación, que no tenía las llaves en su poder. Pero Ferrara ya le había dado alcance. Después de haberse dado el tiempo para tomar el cuchillo de Tavárez, llegó hasta el costado de la camioneta y, desde allí, asestó una puñalada certera en el pecho del empresario.

—Es justicia poética —dijo Ferrara, cuando Tavárez aún estaba consciente. Luego el peruano bajó la cabeza y dio una exhalación final.

Ferrara empujó la camioneta apoyado en el marco de la ventana y la condujo hasta dejarla caer de costado en una zanja de mediana profundidad. Al caminar por el lado la última bala de su pistola golpeó en el motor que comenzó a incendiarse rápidamente.

Una hora después el comisario cruzaba la frontera de regreso a Chile.

Pasaron unos días y la joven dominicana en el hospital fue sacada de cuidados intensivos. Su cuerpo respondió bien a la reconstrucción interna de costillas y tórax. Se imprimieron los huesos faltantes de la cara y sus dientes. A estas alturas ya respiraba con normalidad y todos se mostraban bastante confiados en una recuperación casi completa, incluyendo el comisario Ferrara, que estaría junto a la joven, al costado de su camilla, esperando que recobrara la conciencia para, finalmente, conocer su nombre y dejar de repetir en su mente el de aquella hija que ya no estaba.

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