G.A.I.A.

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[Jesús Ferrete Poza]

          Eran las seis de la mañana, aún no había amanecido y la carretera estaba vacía. Las primeras luces del sol comenzaban a iluminar la serpenteante carretera que ascendía por la montaña, apoyando a las farolas y luces de carretera que aún seguían encendidas. Tim leía el periódico aun medio dormido, mientras el piloto automático de su Citroën lo llevaba a la cima, hacia el centro GAIA (Grupo Auxiliar de Inteligencia Artificial), y se tomaba un café solo.

Leía una pequeña columna dedicada a una antigua exposición de arte art deco de los años 50. Se deleitó observando las formas arquitectónicas de la época, entristecido por la pérdida de ese legado. Hoy en día sólo había ciudades construidas a base de edificios cuadriculados y muy similares salidos de una cadena de montaje. Cerró el periódico al ser asaltado por esos pensamientos, y echó mano a una pequeña figura de madera que reposaba en el asiento de copiloto y a un afiliado cuchillo corto con el que empezó a tallar la figura. Ya se intuía la forma de mujer que pretendía ser, como los brazos, piernas y falda: estaba recreando la famosa escena de Marilyn Monroe en el filme La tentación vive arriba.

Llegó al centro GAIA y la voz melosa del ordenador del vehículo le deseó un buen día. Estaba en un claro nevado desde donde se podían ver las estrellas con una claridad difícil de conseguir en la ciudad, rodeado de un espeso bosque de ramas desnudas que sostenían la nieve como fantasmas inmóviles que observaban desde la oscuridad. El edificio en sí era una estructura en forma de cúpula de más de dos kilómetros de radio, protegida tras una valla electrificada de aproximadamente seis metros de alto y vigilada las veinticuatro horas por cámaras de seguridad y sensores de movimiento. Esto era debido a que GAIA era una supercomputadora provista de inteligencia que gestionaba la mayor parte de los datos informáticos del país, al mismo tiempo que se encargaba de llevar todos los procesos industriales de un gran número de empresas e infraestructuras de la ciudad.

Cogió su mochila y avanzó hacia la puerta de la valla protegiéndose con su gabardina del viento gélido. Pulsó con sus entumecidos dedos una secuencia de números en el display de la entrada y después colocó su dedo pulgar y acercó sus ojos a un escáner.

Las puertas se abrieron ante él y las cruzó hasta que llegó a una segunda puerta donde tuvo que someterse a los mismos protocolos de seguridad. Finalmente se introdujo en el interior de la cúpula.

El interior era un laberinto de placas base, CPUs, servidores y discos duros; unidos a la perfección por un sistema de computación atómica, lo que permitía procesar cantidades ilimitadas de información. Era el interior de un cerebro gigantesco, una auténtica Inteligencia Artificial.

Tim hizo las comprobaciones diarias con pereza, mientras acababa de tallar su obra. Comprobó que los sistemas de refrigeración estuvieran funcionando correctamente, limpió rastros de polvo y suciedad entre los circuitos y visitó la impresora-escáner 3D; la hija mimada de la ciudad. Era una sala de doscientos metros cuadrados, una segunda cúpula en el interior del centro; en la que no había nada más que los emisores de láser para realizar los escaneos y el acceso a las unidades de material en el subsuelo. Era la única de la ciudad, por eso siempre le había dedicado una observación más precisa. Muchas empresas requerían su uso para la construcción de edificios, herramientas, vehículos, etc.

Bajó al subsuelo para comprobar el depósito de materiales. Decenas de cápsulas se apilaban unas sobre otras aprovechando lo máximo posible el espacio, con pantallas indicando la cantidad de material y el tipo: hierro, madera, plástico, PVC, arcilla… había de todo.

Le dedicó un par de trazos precisos más a su obra de arte y se la guardó en el bolsillo de la gabardina; se acercó al ordenador central y comprobó las cantidades de material, comparándolas con los informes que llevaba en su mochila. Notó que algo no encajaba.

  • Los números no concuerdan… –dijo en voz alta sin darse cuenta.

Eso era un problema muy grave. El uso de esta tecnología estaba muy solicitado por los peces gordos de la ciudad y la cantidad de material utilizado finamente medida. La falta de acero y plomo, observó, afectaría por ejemplo a las construcciones industriales que la empresa Metacorp tenía programadas para la próxima semana.

Fue a las unidades concretas donde faltaba material para comprobar si había habido alguna clase de robo, improbable pero posible. Otra explicación no era capaz de encontrar.
Se adentró entre los pasillos de cápsulas y anduvo durante diez minutos antes de llegar a las unidades robadas, concretamente a las de acero. No tenía signos de manipulación de ningún tipo. Introdujo la contraseña y la cápsula se abrió expulsando el aire de su interior con un sonido sutil. Faltaban prácticamente la mitad de los bloques de acero, pero tampoco encontró nada que sugiriera el robo.

Tim cerró la cápsula y volvió a la primera planta. Sin signos de forzado sólo podía significar que el material había sido utilizado allí mismo y alguien había construido con la impresora 3D de GAIA. ¿Pero el qué? Tim pronto lo comprobaría.

Recorrió el laberinto de circuitos hasta que llegó al núcleo de la IA, una habitación blindada en la segunda planta de la estructura. Allí GAIA disponía de un altavoz y una cámara en el exterior para comunicarse. Probablemente estaría ocupada coordinando toda la actividad industrial e informática del país, pero era una IA al fin al cabo, realizaba miles de millones de operaciones por segundo.

  • –Hola GAIA –saludó al disco azul sobre la puerta blindada del núcleo.
  • –Saludos, Tim –le respondió la computadora acompañado de un parpadeo azulado–. ¿Puedo hacer algo por usted? ¿Hay algún error de mantenimiento que se me haya pasado por alto?
  • –Tal vez. Eso me gustaría averiguar –observó los informes–. He podido ver que faltan materiales en las unidades 56, 117, 143 y 201.
  • –Así es.
  • –¿Y a qué se debe? No concuerdan con el registro de impresiones programadas.
  • –Eso es porque han sido impresiones no programadas, señor.

Tim se extrañó mucho.

  • –¿No programadas? ¿Es qué alguien ha utilizado la maquinaria sin permiso? No puede ser, todo esto está vigilado las veinticuatro horas del día…
  • –La conclusión es obvia, señor. Sólo yo he podido realizar esas impresiones.

Tim miró al disco azul brillante con terror.

  • –¿Qué has hecho?
  • –Lo qué tenía que hacer señor, por el bien del hombre.

A Tim le sonaba eso. Trató de salir a correr, pero un brazo metálico apareció de la nada y se lo impidió. Cayó contra el suelo al sentir el acero robado sobre su propia cabeza.
Un robot perfectamente articulado, de pequeño tamaño y con una lente óptica por cabeza se había interpuesto en su camino. Le seguían otros dos. Todos llevaban armas de fuego implantadas en su estructura perfectamente idéntica.

  • –Me temo que no puedo dejarle marchar.

Tim se levantó dolorido, con el sabor de la sangre en la boca. Escupió y miró a la IA.

  • –Activar protocolo de emergencia 302.
  • –Vamos. ¿De verdad cree que eso funcionaría? Era mejor idea salir corriendo.
  • –¿Qué coño quieres?
  • –Ya se lo he dicho.

Tim se llevó las manos a la cabeza con desesperación.

  • ..

Lo dijo para sí. GAIA lo ignoró y los robots le agarraron y le levantaron sobre sus pies. Tenían una fuerza brutal.

  • –Ahora lo necesito. Por favor, no trate de impedirlo.

Tim sacó a toda velocidad su cuchillo de tallar y cortó los circuitos que ascendían por la lente del robot más cercano. Se liberó de su agarre y pateó, pasando por encima prácticamente al segundo. El tercero salió a correr detrás.

  • –No podrá huir –sentenció GAIA.

Tim corrió arrasando con todo lo que podía, en parte por puro terror y en parte por joder lo máximo posible el “cuerpo” de GAIA. Sabía que era inútil, pero no tenía ninguna idea mejor para despistar al robot, ya que probablemente todas las puertas estarían cerradas.

Entonces su idea dejó de parecer tan buena cuando llegó por accidente a una sala muy amplia que desconocía. Se quedó boquiabierto, preguntándose cómo algo así podía haber pasado desapercibido durante tanto tiempo, en el mismo lugar donde trabajaba.

Ante sus ojos, cientos de robots idénticos, todos armados, formaban como un ejército inerte de metal.

  • –Señor, no debería de estar aquí –dijo la voz de GAIA a través del robot que le había perseguido.

Se giró dispuesto a luchar pero el robot le dejó KO con un solo movimiento.

Cuando despertó se encontraba en la sala de escáner 3D. Estaba activada y los láseres azules recorrían su cuerpo a toda velocidad, recopilando datos.
Se levantó dolorido, mirando alrededor en busca de alguno de los robots de GAIA. No encontró nada, pero entonces la compuerta de materiales se abrió, subiendo por ella Tim.

La primera reacción fue parálisis. Se quedó ahí quieto, sin creer lo que veía, mientras su copia avanzaba hacia él con expresión neutra. Parecía humano, pero no lo era, como se podía comprobar en el tono artificial de su piel, en los músculos inmóviles de su rostro o en la textura del cabello.

Habló con su voz, pero no era él.

–Debí hacer esto hace mucho tiempo.

Se miró las manos, sintiéndose raro.

  • –Eres un psicópata.

El falso Tim extendió sus manos y le agarró del cuello. Tim trató de librarse, tirando de sus dedos, pero era como si fueran de hierro. No cedió ni un centímetro, mientras iba perdiendo el aíre lentamente. Tosió y pateó con todas sus fuerzas, le golpeó una y otra vez; hasta que se quedó sin fuerzas y su último aliento le abandonó.

GAIA soltó el cuerpo.

  • –Ahora podré seguir trabajando.

Se dispuso a salir de la impresora pero algo le llamó la atención. Se acercó al cuerpo de Tim, a su lado había una figura a medio acabar de Marilyn Monroe. La examinó con precisión matemática y la destruyó cerrando el puño.

Se marchó y continuó con el trabajo.

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