4-El tiempo de cristal

4-El tiempo de cristal

[Eva García Fornet]

Dos manzanas. Un paquete de leche. Patatas (medio kilo). Un sobre de carne deshidratada. Un ramo de margaritas.

Es una lista de la compra racional, consecuente, en consonancia con mis necesidades vitamínicas de hoy. Lo justo. Ni más, ni menos. Aunque hay algo que me preocupa. Algo que ha estado arruinando mis noches de sueño estos días. Y es que mi salario semanal me obliga a prescindir de uno de los elementos de esta lista. Todavía no he decidido cuál. Tendré que poner en una balanza deseo y realidad, lo que echo de menos y lo que verdaderamente necesito. Actuar de manera racional y no egoísta. Mi camarada Jonas estaría burlándose de mí en estos momentos. Ayer mientras tomábamos café en el descanso me ofreció dulces de canela suecos siguiendo la receta del siglo pasado. No sé cómo se las apaña para conseguir azúcar y cardamomo tan fácilmente. Prefiero no preguntar. Preguntar conlleva que el otro se pregunte más cosas sobre ti en una suerte de torneo de tenis, el otro te pasa la pelota y pregunta para saber lo que escondes o muestras inconscientemente con tus interrogaciones. Aunque sé que Jonas no es de esos tipos que juzgan. Jonas es un bocazas, simpático pero derrochador, una de esas personas con una sonrisa permanente en la cara. También es un tipo elegante, siempre lleva algún detalle personal en el uniforme gris del estado. Puede ser un pañuelo de seda o una rosa. Es fantástica la capacidad de Jonas para conseguir cosas difíciles. Sólo existe una floristería en esta parte de la ciudad burbuja. Las flores son escasas y caras, sin embargo él siempre tiene una flor natural en su ojal. Reconocerás a Jonas por su manera de vestirse y su sonrisa. Y sus poemas. Nadie escribe ya. Ese oficio de contar historias o describir momentos dejó de existir. No hay tiempo que perder en divagaciones. La vida en la burbuja exige concentración total y absoluta en cosas prácticas. Aunque Jonas dice que la poesía le ayuda a sonreír. Con su impresora 3D imprime ramos de flores, elegantes margaritas y gladiolos que regala a las secretarias del Ministerio de Consumo.

Manzanas

Dos. Desde que ocurrió la gran llamarada solar las manzanas escasean. Las únicas que se pueden conseguir vienen de los invernaderos del Estado, concretamente de los pocos árboles frutales que pudieron ser salvados e introducidos en la vida de la burbuja. Su sabor es insípido, como corresponde a una variedad genéticamente modificada. Lástima que su precio se doble casi cada mes. En abril cada manzana costaba cien tecnofichas, hoy cuesta doscientas. Aunque no voy a quejarme, en realidad puedo disfrutar al menos de una manzana a la semana con mi sueldo de funcionario estatal. Si echo de menos el color y la forma de las manzanas simplemente las imprimo con mi impresora 3D y las coloco en el cesto de la cocina. La impresora imita perfectamente las tonalidades verdes y rojas de las manzanas, casi parecen de verdad y uno tiene que controlar el deseo de darles un bocado. Cada hogar tiene a su disposición una impresora que imprime tridimensionalmente a escala pequeña las cosas que se echan de menos del exterior.

En el pasado todo era distinto ya que podíamos coger las manzanas de los árboles. Recuerdo el calor pegajoso y pesado de los veranos en la casa de campo de mis abuelos. La tierra reseca de los surcos abiertos bajo el sol picante del mediodía. El sabor ligeramente ácido y salado de los tomates. El picor de la fruta en la punta de la lengua. Los juegos en la piscina con Laura, la vecina de mis abuelos. Laura dulce, alegre, solar como las naranjas. No sé si escapó de la gran llamarada solar. Nunca volví a verla. El sistema colapsó treinta años después. Se confiscaron la tierra, las empresas, los bancos y toda la población pasó a trabajar para el gobierno global. Unos años después del colapso económico nos refugiamos debajo de la gran burbuja protectora que nos protege de las llamaradas solares.

Debido a mi perfil social el Ministerio de Recolocación decidió que encajaría en un trabajo burocrático. Así que mi oficio sería el de controlador de precios global. Recibí la formación adecuada para ello en la Universidad Práctica, la única universidad bajo la burbuja. En el subsuelo dicen que existe otra universidad secreta donde todavía se pueden estudiar reliquias como lenguas de la pre-llamarada, literatura o historia de las civilizaciones antiguas. Algún día quizás me anime a estudiar alguna asignatura inútil como arte, quizás en vacaciones y sin que nadie lo sepa puesto que esa actitud acarrearía sospechas. Por ahora todo mi trabajo me absorbe. Me dedico a decidir el precio real de las cosas. No es una tarea fácil. Desde la caída del sistema crediticio se estableció por ley que las cosas debían costar lo que de verdad valían. Es una tarea muy especial y complicada la de calcular el valor real de un jarrón de cristal antiguo, una bicicleta o un libro. Entran en juego un montón de variables que no siempre podemos controlar. Suerte que la gente del departamento del Ministerio de Cálculo Real es muy profesional. El último problema fue decidir lo que debería costar una entrada de cine. Al final lo conseguimos en base a analizar científicamente el costo real de producir cada película y sumar el grado de expectación. Ese costo lo dividimos entre la población de la burbuja. A día de hoy ese método ha demostrado ser muy válido aunque es difícil calcular el grado de expectación o de deseo que la gente tiene sobre las cosas. Si hay beneficios en las ventas van a parar a las Organizaciones del Futuro donde se investiga sobre cómo construir un inmenso manto que proteja al planeta de las llamaradas y así poder repoblar el exterior. Con los beneficios también se construyó el Parque de los Almendros cuyas copas puedo ver desde la ventana del Ministerio de Cálculo. Es un parque con cascadas y orquídeas durante todas las estaciones del año. El invernadero alberga algunas variedades de plantas y árboles que pudieron ser salvadas de la gran catástrofe. Mi árbol favorito es un sicomoro. Sus ramas parece que lo abrazan a uno bajo el techo de cristal. Me gustaría quedarme dormido bajo él un día. Seguro que se sueñan sueños de rumor de hojas y de pájaros. Sueños de antes de la gran llamarada.

Paquete de leche

No puedo prescindir de la leche, del sabor a infancia que llena las papilas gustativas y relaja la mente. Es un recuerdo infantil de aquellos veranos cuando iba con mi abuelo a comprar leche fresca a la granja de los vecinos. Una vez en la granja llenábamos la cántara de leche y volvíamos a casa inventando canciones estúpidas. Hoy en día sólo se puede comprar leche estatal pasteurizada y vitaminada. Tenemos que obtener las vitaminas de los alimentos esenciales genéticamente modificados puesto que no podemos ver la luz del sol real. Imprimimos las píldoras que necesitamos con la impresora de salud 3D que analiza nuestra sangre cada día y en base al resultado imprime vitaminas con la cantidad adecuada para restaurar nuestras carencias.

Las ciudades están cubiertas por la gran burbuja protectora. Toneladas de cristal irrompible a prueba de los rayos destructivos del sol se levantan sobre nuestras cabezas. La última gran llamarada fue en el 2070. Fuimos evacuados a la gran burbuja aunque mucha gente decidió quedarse a vivir bajo tierra después de la gran eyección solar. Decían que era más seguro pero también lo hicieron como rebeldía al sistema de control que se implantó. Personalmente nunca me ha gustado esa atmósfera húmeda y de luz de gas que existe en el mundo de abajo aunque tengo que reconocer que me atrae la vida que sus habitantes llevan, lejos de la eminente practicidad y racionalidad de los habitantes del suelo. Vivo bajo la burbuja donde somos eminentemente prácticos. Los bohemios siempre se han refugiado en la ciudad subterránea, al abrigo de los miles de túneles secretos, construyendo pueblos de piedra en las enormes cuevas de roca donde hay lagos naturales y crecen árboles, viviendo bajo una luz eléctrica constante. Han restaurado los búnkeres de las guerras pasadas y los transformaron en salas de música, jardines botánicos o talleres de pintura. Aquí en el suelo sólo tenemos centros de investigación y de desarrollo. Somos racionales y producimos. Aunque estemos más cerca del cielo que ellos, tenemos los pies en la tierra.

Patatas

Medio kilo. Suficiente para hoy. Sobraron algunas de la semana pasada. Las comeré en ensalada. Como hacíamos los veranos en casa de los abuelos. Patatas recién recolectadas y puestas en montones bajo el manzano. Llenas de tierra. Lavadas y cocinadas por mi abuela que se movía siempre con manos ágiles y nerviosas por la cocina. Ella mandaba en la casa y llenaba todo de olores a especias, a café, a pan recién hecho que te despertaba los domingos por la mañana. Nada que ver con el olor leve a metal mezclado con aromas artificiales que hay en la ciudad bajo la burbuja y que respiro diariamente. Al menos lograron crear la ilusión de viento. El aire antes era filtrado y siempre había la misma temperatura. Eso demostró ser una solución excelente para el cultivo de vegetales en los invernaderos del Estado. El problema es que algunas personas empezaron a enloquecer y comenzó una epidemia de suicidios. Tras cinco años de investigaciones se dieron cuenta de que la gente y los animales echaban de menos las estaciones del año. Los ingenieros crearon la ilusión climática temporal y fabricaron un tiempo meteorológicamente perfecto. Nieva siempre en Nochebuena. En primavera hay lluvias y temperaturas suaves. En verano puedes disfrutar siempre de un sol espléndido mientras te bañas en cualquiera de las innumerables piscinas estatales de diversión ciudadana. El tiempo es decidido en asambleas de meteorólogos y psicólogos. Así se han reducido los suicidios y los animales tienen mejor salud. Nadie te estropeará un día de piscina, cosa que sí sucedía cuando era niño. Estabas bañándote en la playa y de repente una tormenta echaba a perder todas las planificaciones. Había un componente de sorpresa al planear las excursiones pero también de decepción. La meteorología nunca te decepcionará ahora puesto que se ha convertido en una ciencia exacta y cada ciudadano puede rellenar un formulario de solicitud para pedir una mejora de tiempo por cualquier situación excepcional como una boda o unas vacaciones. Lo próximo será reducir la sensación de enclaustramiento recreando la sensación de horizonte en la burbuja de cristal. Los científicos ya están trabajando en ello.

Un sobre de carne deshidratada

Casi nunca como carne, pero es algo normal para todos desde la gran catástrofe global. Las farmacias proporcionan la cantidad adecuada de proteínas en polvo que cada uno necesita acorde a su peso. Esta carne deshidratada recuerda un poco al sabor de la verdadera carne. Según las instrucciones hay que ponerla en agua cinco minutos antes de freírla en aceite de compensación proteínico. Las especias ya están incluidas. Nada nos falta. Por gracia del Estado. Amén. Creemos en la ciencia y en la tecnología. Las que nos salvaron de la catástrofe. Somos independientes de Dios. Dios no nos salvó cuando la gran llamarada nos fue enviada. Fuimos nosotros los que nos salvamos. Mi padre todavía mantenía algunas creencias antiguas, rezaba a veces y leía la biblia. A mi madre le fue fácil deshacerse de esos pensamientos. Desde que la gran economía crediticia cayó y la epidemia de suicidios se llevó por delante a su hermana, ella dejó de creer en todo. Recuerdo una pobreza insultante hasta que se decidió centralizar las decisiones económicas y racionarlo todo. Luego el sol se despertó y empezó a lanzar llamaradas enormes que destruyeron parte del planeta. Los científicos construyeron a toda prisa la gran burbuja y todos los supervivientes nos mudamos bajo su manto protector.

Margaritas

Seguramente no podré comprarlas y tendré que imprimirlas con la impresora 3D. No me convence el color amarillo plastificado que la impresora consigue pero es algo que necesito en mi mesa del trabajo. Me recuerda a lo que ya no existe. Me recuerda a lo de afuera. A cuando se podía pasear en el mundo exterior. A correr por las veredas del verano, al vestido favorito de Claudia, azul con dibujos de margaritas. Claudia, mi mujer, muerta en la gran llamarada solar. Ella no quería refugiarse en el mundo de la burbuja. Me llamó cinco minutos antes de la gran catástrofe para decirme que me quería pero que no podía traicionar sus ideales, que nunca se acostumbraría a vivir enclaustrada. Prefería morir antes que vivir en una jaula de cristal. Nunca tuvimos hijos. Lo cual agradezco. En el mundo debajo del techo de cristal existe la política de control de natalidad. No tenemos suficiente comida ni recursos para todos.

Ahora mismo miro el retrato en 3D que imprimí de Claudia teniendo como muestra una fotografía antigua. Le miro los labios rosados, el tono castaño rojizo de sus cabellos, sus ojos de color almendra. Por las noches antes de irme a dormir le beso los labios y si me concentro puedo sentir que el plástico se transforma en piel suave, en calor humano, incluso puedo oler el aroma floral que era cualidad inherente de Claudia. Echo de menos tanto la vida de antes, la echo tanto de menos a ella. Pero el mundo exterior es inhabitable. Todavía no hay oxígeno suficiente como para que la gente pueda vivir ahí afuera y el sol nos destruiría si pusiéramos un pie en el exterior. Algún día supongo que podremos salir, visitar los antiguos lugares que queden, como los cimientos de la casa de nuestra infancia, las tumbas de nuestros abuelos, las veredas del verano como una cicatriz antigua en la tierra. Ir a ver las ruinas de mi casa, si es que queda algo. Me dijeron que todavía queda en pie la biblioteca del pueblo de mi infancia. Dicen que hay días de viento en los que se ven libros salir volando del techo resquebrajado, cientos de hojas de papel confundiéndose con los remolinos de arena y subiendo hasta el cielo ardiente, entrando en combustión como fuegos artificiales.

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