El coleccionista

El coleccionista

[Pedro Molino]

Él imaginaba que escribía poemas de amor en el aire, versos que flotarían en el cielo del paisaje y que tan sólo ella podría ver. Otros días, ideaba que podría entregarle poemas compuestos de palabras objeto, formados por letras entrelazadas que tuvieran densidad y volumen: palabras que ella tomaría, una a una, con sus delicados dedos para alinearlas sobre cualquier mesa, recomponiendo sus versos. Ahora, cincuenta años más tarde, si ella quiere, por fin, él podrá hacer real aquellas fantasías de adolescente soñador y, también, iniciar su nuevo proyecto artístico con su cuerpo, una obra original que, al menos, lo situaría como creador conceptual reconocible en el confuso mercado del arte y la fama. Sabe que no será fácil, pero él cree que la convencerá con la evidencia de su remoto y perseverante amor o de su sincera propuesta. Desea adorarla, ennoblecida para siempre, como una pieza histórica de su patrimonio en la vitrina de acero y cristal de su corazón envejecido y solitario.

Ni entonces, ni ahora —aunque nacieron en el mismo pueblo— se conocían lo suficiente para ser amigos y, menos, para que surgiese la chispa del amor. Tenían la misma edad y ambos estudiaban bachillerato en la ciudad cercana, capital agreste de una provincia agraria. Jamás habían coincidido en grupo alguno de adolescentes, ni en los clubes parroquiales ni a la salida de la iglesia o en la plaza mayor. Introvertidos impenitentes ambos, incapaces de intercambiar siquiera una palabra cuando se cruzaban con alguien en la misma acera, apartadas las miradas con un indisimulable rubor, no era sencillo propiciar el más mínimo encuentro.

Pero él la recuerda aún con su proporcionada figura juvenil, pelo oscuro, ojos azules y mejillas sonrosadas por una timidez crónica. Sensible hasta en sus movimientos, delicada como las ondas de su cabello cuando oscilaban al caminar mientras él la seguía a distancia. De voz sutil y modulada por una dulce y tibia sonrisa, apenas entrevista u oída las escasas veces que la escuchara comprar fruta o verdura en el mercado central, desde otro puesto cercano. Invisible, la mayor parte de los días que no salía a pasear; sin embargo, iluminaba la calle del parque cuando aparecía de repente bajo el arco de hiedra y lilas, con el aura que siempre la envolvía o que él imaginaba, mientras la rondaba como un sereno o como un espía de la época. Aún siente el eco del corazón palpitando, acelerado y galopante, cuando la encontraba de improviso. Aún se ve a sí mismo como el protagonista de una vieja y cursi película de amor en blanco y negro.

Fue pocos meses antes de estos días de silenciosa persecución, en aquel principio de curso del 69, cuando la vio por primera vez subir al autobús de línea y comprendió como en una revelación que era ineludiblemente su alma gemela. Y, desde entonces, la amó con la secreta y arrebatada ilusión de un quinceañero, tímido también, incorregible ensoñador, flaco y frágil, febril y torpe adolescente enamoradizo...

Viajaban como pasajeros en el mismo autocar de ruta de su pueblo, dos veces al día, ida y vuelta, en un desvencijado vehículo que les dejaba en la capital de provincia para encaminarse a sus respectivos institutos de enseñanza media, situados a ambos lados de una misma avenida, segregados por su género y por la ilógica moral de la dictadura.

Era precisamente aquel aire sucio de la dictadura el que le hizo sentirse raro en un ambiente gris de hipocresías y de envidias, de mentiras y de autoridades falsas, de violencia contenida y de represión sexual, de ignorancia consentida por el paternalismo de los caciques locales. No pudo evitar verse a sí mismo en el espejo de los otros como un sospechoso por diferente, como pecador original de todos los mandamientos eclesiásticos, como posible carne de correccional o de cárcel, igual que sus tíos prisioneros inocentes tras la guerra. Solo los libros o el amor total podrían salvarlo de un destino asocial, oscuro e incierto.

Por eso, día tras día, él tramaba posibles encuentros con la diosa de su amor, y ensayaba conversaciones de aproximación y de amistad germinal, sin que el azar le deparase la venturosa ocasión de que se colocase alguna vez en el asiento contiguo del autobús para poder hablar con ella. Aspiraba a sentirla a unos centímetros de su cuerpo, a milímetros incluso, codo con codo, rodilla con rodilla, al borde de un inesperado e inocente roce. Anhelaba respirar el mismo aire —segundo a segundo— durante la media hora que duraba el viaje, y —por fin— tejer una posible amistad compartida, tan deseada como improbable por su común timidez. Y, cuando —¡oh alegría primera!— aquella tarde, de regreso a Villa Olvido, ella se sentó junto a él, no fue capaz de articular nada por su boca, atropellados sus pensamientos en un mareo de frases circulares, tantas veces ensayadas como imposibles de convertirse en habla, palabras ahogadas por la angustiosa ansiedad de su timidez, enmudecidas por su inseguridad o su cobardía, derrotadas en un pesaroso y amargo sabor de silencio.

Entonces, él imaginaba que, si miraran ambos por el cristal de la ventanilla del autobús —¡oh magia futurible de los creadores de sueños!— ella podría leer los poemas escritos y proyectados desde su mente, como si dibujase —con letras rojas de algodón de azúcar, flotantes— palabras en el aire, caligrafía de versos propios entre olivares y nubes, poemas que —¡cómo no rendirse a la evidencia!— serían irresistibles para ella.

Día tras día, viaje tras viaje, ideó el modo de aproximarla, poniendo la cartera de cuero, donde llevaba sus libros y cuadernos escolares, sobre el asiento adjunto del autobús como si no estuviese disponible. Ocupado para los demás viajeros menos para ella. Al sentarse él, antes que su musa llegara, contaba el tiempo con el reloj de los latidos de su corazón desbocado por la emoción de la espera, hasta que, casi lleno el destartalado vehículo, su amada, ignorante de sus deseos secretos, subía la escalerilla, avanzaba por el pasillo, y se dirigía hasta el único espacio despejado de cabezas y de cuerpos, respaldo vacío, donde su ingenua trampa del asiento se levantaba en el último segundo para dejárselo a ella y propiciar su esperado encuentro.

En los nueve meses que duró aquel curso, sólo en tres ocasiones de aquellas rutinarias pero azarosas travesías funcionó su inocente estratagema: “¿Está libre este asiento?”, preguntaba ella casi sin voz. “Sí, lo tenía reservado desde hace mucho tiempo para ti”, pensaba él pero nunca decía, asintiendo con un simple gesto de cabeza y una torpe sonrisa, mientras recogía aceleradamente su cartera escolar y se sonrojaba más que ella.

Cuántas conversaciones imaginó y no tuvo. Cuántas respuestas escuchó como posibles sin oírlas nunca. Qué de historias inventadas y no escritas podría haberle relatado entonces, qué heroicas aventuras vivió por y para ella. Pero, en qué heroicidad podría basar su amor si no era capaz de mostrarle su total admiración de poeta declarándole su pasión a los cuatro vientos, poniéndose de pie y elevando su voz por encima de todos para recitarle públicamente versos libres vibrantes de emoción, entre pasajeros sorprendidos por su arrojo o muertos de risa por su espantoso ridículo. Fue entonces cuando imaginó una forma más íntima y callada de recitarle sus sentimientos, escribiendo sus versos en una página celeste que sólo ellos dos podrían ver, o entregándole una a una las palabras esculpidas como en cera sólida que sacaría de sus insondables bolsillos de mago sin licencia.

Invencible al desaliento, muchas noches de abril, tras cesar la lluvia primaveral, cuando nadie transitaba por la calle solitaria de su dulce amada, le dejaba poemas anónimos —escritos en su pequeña Olivetti sobre cuidadas cuartillas de papel blanco, enrolladas cual cilindros y colocadas en vertical como sutiles columnas que sostenían su esperanza enamoradiza—, en el escalón de entrada de cualquier puerta, pues aún no sabía cuál era con exactitud la casa donde habitaba.

¿Encontraría alguna vez uno de aquellos poemas? ¿Lo leería, arrobada de ternura por las metáforas y los elogios literarios? O los encontraría un vecino, iletrado, despectivo o sarcástico, que sin miramientos los arrojaría al asfalto, mojada y corrida la tinta, mientras los arrastraba un nuevo aguacero de tristeza y olvido.

Qué amor podría haber sembrado y recogido con el tiempo si se hubiesen conocido entonces, se pregunta hoy, cincuenta años más tarde, cuando se encamina al bloque de pisos de la ciudad donde, esta vez sí, sabe con certeza, vive ella. Ahora, a su tardía edad, tras tantos fracasos amorosos, tras tantas batallas vitales perdidas como ganadas, ya no le quedan inseguridades ni miedos.

Se ha arreglado con meticulosa y cuidada sencillez, se ha puesto una camisa blanca como el papel y una corbata granate que tiene caligrafías manuscritas en color beige, y ha tomado de su surtida biblioteca el único libro de poemas que él mismo escribió durante toda su vida, seleccionando versos, como quien poda cada año un hermoso olivo para que dé el mejor de sus frutos. Los ha sobreimpreso sobre papel vegetal traslúcido y los ha intercalado con imágenes de cielos que él mismo fotografió y coleccionó durante toda su vida. Encuadernado con pastas de cartoné forrado con tela de lino, lo ha envuelto cuidadosamente y lo ha rubricado con un beso transparente y traslúcido al mismo tiempo.

Ha vuelto a tomar un autobús, ahora urbano, y ha ensayado por única vez el corolario de recuerdos y razones con las que espera convencerla. Sabe que físicamente ni él ni ella se parecerán en nada, que no se reconocerán a primera vista, pasajeros desconocidos de una misma ruta y un mismo destino en un lejano pasado. Pero él sabe que será imposible no deslumbrarse por su aura distinguida y personal, y tiene la certeza de que ella mantendrá la esencia de las mujeres auténticas a sí mismas, la belleza ideal de los amores no resueltos ni consumados, aquellos amores imposibles e infinitos y, por ello, plenamente ideales y perfectos.

Ha encontrado el portal abierto y se ha encaminado hacia el ascensor que, por una avería intermitente de la luz, pone oscuridad y miedo en sus pensamientos mientras asciende hacia su planta. Algo le dice que debería volverse atrás y está tentado a pulsar el botón de la planta baja. Pero respira profundo y se controla, y abre la puerta del ascensor sin que nadie lo vea ni se cruce con él.

Antes de tocar el timbre, sopesa su decisión mientras cierra los ojos por un momento y los abre a la esperanza. Sabe que para él será cuestión de vida o principio de muerte. Ahora tiene razones inapelables, la fuerza de la convicción y la valentía suficiente para pedirle, después de cincuenta años amándola en secreto, que la escuche. Le preguntará si lo recuerda entre las nieblas del tiempo juvenil, y tal vez se reirán juntos de la inutilidad de la timidez y de sus propias fantasías adolescentes. Y, cuando por fin ella lo escuche como se escucha a un amigo, le dirá que sólo le pide unos minutos de su tiempo para —tal como ha visto en un periódico local—, dejarse fotografiar y escanear con una nueva tecnología que han inventado. Le dirá que sólo pretende hacerle una reproducción 3D, una pequeña estatuilla de resina que él mismo colorearía con delicadeza, —con toda su ternura, respeto y agradecimiento— para que él, romántico y metódico, pueda tenerla como la primera mujer que amó, como la figura imprescindible para inaugurar la colección humanizada de todos sus amores platónicos.

Pulsa el timbre que, alto y rotundo, resuena dos veces a un lado y otro del rellano. Tras un incierto silencio se escuchan los pasos de alguien que se acerca por un largo pasillo. Se descorre un cerrojo, se abre la puerta y… sí, mucho mayor pero igual de luminosa y dulce, por fin, es ella.

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