El coche de bomberos mejorado

El coche de bomberos mejorado

[MC Hito]

La caja con las galletas de chocolate estaba en el armario de la cocina, en la segunda puerta, cerca del fregadero –Jorge lo sabía bien, su papá siempre la cogía de allí–. A menudo se había quedado mirando embelesado aquel armario que estaba tan arriba, imaginándose tan alto como su papá y cogiendo la caja de galletas para atiborrarse con su delicioso contenido. Pero la realidad era que Jorge estaba incluso lejos de llegar al mármol de la cocina, así que, lógicamente, tenía que conformarse con dejar volar su imaginación. Hasta que apareció aquella escalera.

Una de las bisagras del armario se había estropeado y el padre de Jorge se había subido en la escalera para intentar arreglarla. Justo cuando había conseguido terminar la costosa reparación, llamaron por teléfono. El niño se cruzó con él cuando iba camino de la cocina para hacer su habitual visita, en la que, con infantil ilusión, se imaginaba tan alto como su papá y amo y señor de la caja de galletas de chocolate. El desconcierto inicial al ver aquel artilugio ante el objeto de su deseo, dejó paso rápidamente a una feliz idea en su cabeza: ¡podía utilizarla para conseguir su objetivo! Subió los dos primeros peldaños de la empinada escalera con cierta dificultad, no solo por el hecho de tener unas piernas cortas sino también por su empeño en no separarse nunca del camión de bomberos que le había regalado su abuelo Juan –en su pequeño mundo, solo había dos cosas que realmente quería tener a mano: las galletas de chocolate y el camión de bomberos del abuelo–. Era un estupendo vehículo rojo chillón con una franja blanca en los costados y una larguísima escalerilla, también blanca, recogida sobre su techo. Con su pequeño brazo apenas podía abarcar todo su contorno, pero él se obstinaba en llevarlo a todos lados desde que, el día de su cumpleaños, el abuelo había aparecido con el voluminoso paquete envuelto con un colorido papel de regalo. De esta guisa, y con la tozudez propia de los niños cuando están empeñados en conseguir algo, se había dirigido hacia su objetivo.

Aquellos primeros pasos inseguros no le hicieron desistir de su empeño: era una oportunidad única y tenía que aprovecharla. La escalera tenía siete peldaños: el tercero le pareció algo más fácil, pero pasó más de un apuro en el cuarto; el quinto consiguió sortearlo con éxito, pero en el sexto sobrevino la hecatombe. Tan cerca de su objetivo, de la puerta del armario, de la deseada caja de galletas de chocolate, ya no pudo seguir concentrándose en los peldaños. Alargó precipitadamente su pequeña mano hacia aquel pomo redondo que tan bien conocía y se desató el caos: la escalera se ladeó aparatosamente, Jorge evitó caerse de espaldas de puro milagro pero se golpeó fuertemente en la rodilla mientras resbalaba hasta el tercer escalón; tampoco salió ileso su adorado camión, que saltó por los aires y cayó al suelo en medio de un gran estrépito. Jorge no pudo evitar ponerse a llorar (era lo mínimo después de semejante batacazo). Pero no fue el llanto por el golpe en la rodilla lo que hizo correr desesperadamente al papá de Jorge hacia la cocina sino la llorera descontrolada del niño que se desencadenó cuando descubrió en el suelo su siniestrado camión de bomberos.

–¿Qué ha pasado? –dijo el hombre asustado cogiéndolo en brazos–. ¿Te has hecho daño?

-¡Au! –se quejó Jorge cuando su padre le tocó la rodilla derecha.

El papá de Jorge lo revisó de los pies a la cabeza hasta quedarse convencido de que solo tenía una contusión en la rodilla.

-¡Vaya ocurrencia! –no sabía con quién estaba más enfadado, si con el niño por su temeridad, o consigo mismo por no haber recogido la escalera–.Te va a salir un buen morado.

-¡Pupa, pupa!

-Sí, sí. De acuerdo. Vamos a ponerte un poco de hielo en la rodilla –contestó mientras empezaba a caminar con él hacia el cuarto de baño.

-¡No, no! –chilló el niño revolviéndose–. ¡Allí! ¡Pupa el mión! –añadió señalando el maltrecho coche de bomberos.

El capó del vehículo había saltado por los aires y se había rajado. También se había roto el eje delantero de las ruedas, dejando el auto inclinado hacia delante, y se había deformado la escalerilla. Realmente, tenía una pinta lamentable.

–¡Caramba! Ha quedado hecho polvo. Habrá que tirarlo.

Jorge volvió a llorar desconsoladamente.

–¡Cúdalo, papi! –suplicó el niño.

El hombre le secó las lágrimas.

–Veré qué puedo hacer –contestó acercándose con su hijo en brazos hasta el estropeado vehículo y recogiéndolo del suelo.

–¡Tu máquina, papi! ¡Tú máquina, papi! –dijo Jorge, recordando la máquina de su papá, la que podía imprimir figuritas.

Su padre asintió.

En el cuarto de baño, la rodilla de Jorge quedó cubierta rápidamente por una capa de color marrón.

–Ya verás que pronto se cura.

–¡El mión, papi!¡El mión! –insistíó el niño.

–Ya va, ya va. Pero primero había que curar tu pierna.

–Ya ta, papi. Ya ta –respondió Jorge incorporándose–. ¡Au! –añadió sin querer al poner el pie en el suelo.

–Lo ves. No puedes ir rápido ahora.

Jorge hizo un puchero.

–Vale. Te llevaré en brazos hasta el despacho.

En el despacho, el buen hombre dejó al niño sentado en uno de los sillones que allí había. Era un lugar funcional pero acogedor, con una pantalla colgada en la pared donde iban pasando fotos de Jorge con su familia. También podían ver en ella algún vídeo divertido, como en el que aparecía Jorge a caballito del abuelo Juan.

El papá de Jorge localizó su móvil e hizo una foto del coche de bomberos. Envió la foto a la red y localizó el nombre del fabricante. No era de la zona, en realidad era de la otra punta del mundo. Por suerte, tenían un buen servicio de atención al cliente. Iba a necesitar los planos en 3D del capó, del eje delantero y de la escalerilla. No tardó mucho en recibir respuesta: necesitaban el modelo de su impresora 3D y su número de identificación en la red para transferir el permiso de copia y cobrar el servicio.

Jorge no perdía detalle de todas las gestiones que realizaba su papá.

–¿Ya ta? –preguntó más de una vez.

–Paciencia, hijo. Todo necesita su tiempo–. Había contestado el hombre con una sonrisa.

Los planos aún tardaron un poco en llegar. Jorge se movía inquieto en el sillón. Su papá consultó una última cosa con el fabricante antes de dar por terminada la gestión.

–Ya los tenemos aquí.

–¡Yupi! –exclamó el niño.

Seleccionó el plano del capó y se conectó remotamente a la impresora 3D.

–El fabricante nos da permiso para que arreglemos el camión de bomberos y que quede aún más chulo de lo que era: puedes ponerle otro color al capó, si quieres.

–¿Sí? –preguntó Jorge. Pero añadió rápidamente. No ¿Puedo mi nombre? ¿Y el del yayo?

Su papá sonrió.

–Claro.

La impresora 3D era una de las mejores compras que había realizado en los últimos tiempos, y no solo por cuestiones de trabajo, como día a día comprobaba. La suya había sido diseñada para utilizar materiales industriales, pero la de su hermana, en cambio, que se dedicaba a la repostería, lo había sido para trabajar con materiales alimenticios. La última vez que estuvieron en su casa había imprimido un ramo de flores comestibles increíble. Daba pena comérselo de lo bonito que había quedado.

Para cuando llegó la mamá de Jorge, el camión ya estaba como nuevo; mejor que nuevo.

–¡Mamá, mamá! –había chillado Jorge contento al verla– ¡El mión ta cudao!

–¡Caramba!¿Y eso?¿Que estaba herido? –había contestado ella divertida.

–Mucho –había añadido el niño muy serio–. Pero papá lo ha adeglado con la máquina.

–Y habéis puesto tu nombre y el del yayo en el camión de bomberos –dijo ella observando el flamante y renovado vehículo.

–¡Síii! –exclamó loco de contento–. ¡Está muy bonito!¿A que sí?

–Desde luego –rió la mamá–. Pues habrá que enseñárselo al yayo.

Jorge asintió.

El niño solo tuvo que esperar dos días para ver a su abuelo. Justo había quedado toda la familia para comer en casa de la tía Carmen, la que hacía aquellos pasteles tan ricos y tenía una máquina como la de su padre, solo que la de la tía Carmen hacía cosas que se podían comer, no como las de su papá. Era el único defecto que le veía Jorge a la máquina de su papá.

Entró como un ciclón en casa de su tía. Fue directo hacia su abuelo con una inmensa sonrisa de felicidad, mostrándole ilusionado el coche de bomberos mejorado.

–Papá lo ha cudado –le dijo orgulloso.

–Ya veo. ¡Oh! Y le ha puesto nuestros nombres.

–Sí –asintió el niño satisfecho–. Podque es de los dos y no lo ponía.

El abuelo Juan lo cogió en brazos y le dio un fuerte beso con aquella barba que picaba un poco. Jorge le rodeó el cuello con los brazos.

Pero el coche de bomberos no fue la única sorpresa del día. La tía Carmen había preparado un pastel muy especial con su máquina: era una cocina, con una escalera torcida y un niño con cara de susto cogido a ella llevando un camión de bomberos bajo el brazo. La base sobre la que reposaba la cocina era una enorme galleta de chocolate de las que Jorge adoraba. Había algo escrito con chocolate blanco sobre ella.

–¿Qué pone, tía? –preguntó Jorge.

–Que la próxima vez pidas las galletas –contestó ella riendo.

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