Desde la otra orilla del Nilo

Desde la otra orilla del Nilo

[Vicente Barba Colmenero]

Febrero. 6.30 h, amanece en Asuán.

Subí la escalera saltando los escalones de dos en dos, esquivando las jalabiyas sin preocuparme si propiciaba un empujón a alguien con la mochila que llevaba a la espalda. Llegaba tarde, muy tarde. Esta vez el barco que me había traído desde la otra orilla del Nilo salió con retraso. En este país todo es tranquilo, tranquilo, o suaya suaya, como dicen ellos. Cuando llegué a la última escalera me di cuenta de que era el primero en subir del embarcadero; sin mirar atrás, eché a andar a paso ligero.

Aunque los almacenes arqueológicos del Museo Nubio estaban relativamente lejos desde ese lugar, la mayor parte de los días me gustaba ir a pie por la Kornish, contemplando el despertar lento de la orilla del Nilo. Pero hoy llegaba tarde. Tenía el corazón acelerado, había pasado mala noche, inquieto y nervioso quizás por la responsabilidad a la que me iba a enfrentar, tanto tiempo esperando este día y encima llegaba tarde. Aceleré el paso, miré el reloj, las 6.40, necesito un taxi, pensé. Alcé la mano y de inmediato paró un Peugeot 504 blanco de mediados de los 70.

Abrí la puerta y me colé en los asientos traseros. Era uno de esos taxis con los sillones de escay marrón oscuro, con agujeros por los que se escapaba la espuma, un coche que podríamos considerar familiar, con plazas hasta en el maletero. El salpicadero tenía moqueta de pelo largo y luces de colorines por el parabrisas.

Sabah al-jir –le dije haciendo uso del poco árabe que sabía al conductor, un muchacho de veinte y pocos años.

Sabah an-Nur –que viene a decir buen día para ti también, aunque su significado literal es “luz de la mañana para ti también”, me respondió.

–Voy al museo Nubio, por favor, te doy 10 libras –le dije en inglés. El muchacho hizo un gesto afirmativo con la cabeza y aceleró. Esta vez no tenía ganas de regatear el precio del trayecto, me resulta agotador tener que hacerlo siempre. Sabía que con 10 libras no habría discusión alguna, era un viaje corto de unos 10 minutos en coche y pensándolo bien 10 libras egipcias equivalen a 1 euro y poco. De haberme visto Helena, me hubiera gritado:

–¡Tú eres tonto, tienes que regatear¡ Te puedes ahorrar 2 ó 3 libras porque les gusta que se regatee, es su forma de entender el valor de la vida. Para ellos el valor del dinero es tan relativo que algunas veces esos billetes usados con la cara de Tutankamón se convierten en simples papeles de un juego de mesa.

Miré el reloj, las 6,54 y aún no habíamos llegado al Museo Nubio. Me esperaban desde hacía casi media hora.

–¡Qué desastre¡–, dije en voz alta. El taxista aceleró, parecía haberme entendido o quizás había visto a través del retrovisor mi cara de preocupación. Bordeamos a toda velocidad la Catedral Copta y después el coche comenzó a subir una cuesta. Por fin lo vi a lo lejos. Era un museo relativamente joven, inaugurado en 2007, de granito gris y con un discurso museográfico moderno.

7,05. El Peugeot blanco paró en la puerta del museo y le di las 10 libras al taxista mientras me colocaba la mochila a la espalda. Crucé el recinto del museo y al aproximarme al control saqué mi acreditación y se la mostré al guardia de la puerta. Ya me conocía, pese a lo cual me hizo una señal para que abriera la mochila y le mostrara por tercera vez esa semana el aparato que portaba: un escáner 3D.

–Ok –contestó. Se agachó, sacó un blog de notas en el que anotó algo y me hizo un gesto autorizándome a pasar.

Tuve que rodear el edificio principal de la colección permanente y la sala de exposiciones temporales, tras la que se abría un largo pasillo que parecía no tener fin. Aceleré el paso y al final de la galería pude ver esperándome a Khalil. Su figura era inconfundible: medía 1,90, era Nubio y tenía la tez tan negra que a media luz era imposible distinguir sus facciones. Siempre estaba sonriendo, una sonrisa enorme. Vestía con jalabiya blanca larga hasta el suelo. Impecable, sin una arruga. Solía llevar un largo foulard también blanco que en ocasiones se ponía en la cabeza a modo de turbante. Llevaba siempre un bastón, una vara muy fina que no apoyaba en el suelo, con empuñadura de plata y forma de cabeza de animal, que le otorgaba un aire de elegancia y distinción.

–Khalil, lo siento, llego tarde –le dije en inglés acercándome con cara de preocupación.

Me tendió la mano para saludarme agachando levemente la cabeza en señal de reverencia.

Sabah al-jir Doctor Pablo, no se preocupe. Tranquilo, hoy es un día importante –dijo en un perfecto español–. Hoy debe disfrutar de cada segundo con calma, suaya, suaya, como nos gusta decir aquí –me echó el brazo por el hombro y me condujo hacia una de las puertas laterales del pasillo, que estaba entreabierta.

Khalil era un hombre apuesto, tendría unos 40 años y se notaba que la vida lo había tratado relativamente bien. Estudió en la universidad de El Cairo y ahora era el encargado del almacén arqueológico del Museo Nubio. Lo conocía desde hacía 3 años, desde que empezó mi aventura en Asuán. Fue mi primer contacto con el Museo. Era el mejor conocedor de todos los entresijos y recovecos administrativos, y gracias a su paciencia hoy estaba aquí.

–Doctor Pablo, está todo preparado para que se sienta cómodo. Sabe que desde que se rompa el precinto hasta que se vuelva a colocar no puede abandonar la sala y nadie puede entrar a ayudarle. ¿Ha traído precintos?

–Sí, tengo todo lo que necesito. Gracias Khalil por todo lo que has hecho estos últimos años. Sin tus gestiones hubiera sido imposible –le contesté. Tres largos años habían pasado de trámites y gestiones burocráticas. Incluso el embajador español había tenido que cenar en una ocasión con el ministro de Antigüedades Egipcias.

El Proyecto Sarenput gozaba de gran prestigio. Desde hacía 15 años más de 20 expertos españoles de varias universidades investigaban los distintos yacimientos de Asuán. Su director, Gaspard, era una eminencia en Egiptología y su prestigio se había incrementado en los últimos años gracias al descubrimiento de la tumba intacta del gobernador Sarenput I, que fue el príncipe de la antigua Asuán durante el reinado de Sesostris I.

Hacía tres años que Gaspard me había llamado para formar parte del proyecto. Era la primera vez que colaboraba en una excavación en Egipto, pero no dudé ni un segundo cuando me lo propuso, porque excavar esos yacimientos había sido uno de mis sueños infantiles.

–Dada tu formación me interesas mucho como investigador en el Proyecto Sarenput. Que seas arqueólogo y estés doctorado en Antropología juega mucho a tu favor, igual que el hecho de que trabajes en una empresa de virtualización en 3D del patrimonio     –me dijo Gaspard por teléfono un 15 de junio.

–Pero yo no tengo ni idea de Egiptología –le confesé–. Lo más lejos que he excavado ha sido en Valencia.

–Tú no te preocupes, que egiptólogos ya estamos muchos. Tu objetivo en el proyecto será el escaneo 3D de las momias. Me interesa que a través de un software de reconstrucción facial seas capaz de enseñarnos cómo eran los rostros de aquellas personas que vivían en el antiguo Egipto hace miles de años. ¿Te apuntas?

7,20 h. Khalil me condujo hacia una habitación del almacén del Servicio de Antigüedades. Una puerta blanca de metal con un cartel sobre el dintel escrito en árabe. Sacó una llave de seguridad de su jalabiya y entramos. Aquella sala parecía una morgue, toda alicatada de blanco, con una mesa de metal en el centro. Había cajas alargadas y estrechas de madera apiladas en un lateral; las identifiqué rápidamente ya que tenían dibujado el logo del Proyecto Sarenput y estaban cerradas con los precintos oficiales de la excavación.

–Todas estas cajas contienen las momias excavadas en la cámara de Sarenput –dijo Khalil.

–Solo tengo autorización para la apertura de la que tiene el número talata talatín –le dije en árabe. Aquel número, el 33, había estado resonando en mi cabeza toda la noche como si de la canción pegadiza del verano se tratara.

–Sí, Doctor Pablo, es la momia de Sarenput I, el príncipe del Reino de Kush. Esta es la talata talatín –dijo agachándose sobre una de las cajas.

Entre los dos la cogimos; pesaba poco y la depositamos en la mesa metálica con sumo cuidado. Me descolgué la mochila y saqué de su interior todos los materiales, incluida la bolsa negra de tela aterciopelada que contenía el escáner.

–Mira qué maravilla, Khalil –saqué aquel pequeño aparato de la bolsa y se lo mostré–. Esto es tecnología de última generación, escanea en tiempo real cualquier cosa. Se compone de una cámara infrarroja y un proyector de luz –le expliqué señalando hacia los distintos dispositivos del aparato–. Cuando se proyecta la trama de infrarrojos sobre un objeto adquiere su forma, la cámara captura esa deformación y calcula su volumen. Puede escanear a una distancia de medio metro y alcanza una resolución de 30 micras.

–Nunca hubiera llegado a pensar que un aparato tan pequeño fuera capaz de hacer eso que dice. Doctor Pablo, es usted un gran profesional, pero sobre todo es usted una buena persona. ¡Que Dios lo ilumine en su camino¡ –me dijo sonriendo. Salió de la sala y cerró con llave.

Me quedé solo en aquella sala blanca, sin ventanas, cargada de polvo. Corté el precinto y con un pequeño cincel desencajé cuidadosamente la tapa de madera; la retiré apoyándola en el suelo y fui quitando los costados de la caja, que conformaban una estructura rígida, un gran puzzle de tablas encajadas perfectamente. Después de un rato conseguí tener la momia completa de Sarenput I delante de mí, acostada en aquella mesa metálica.

–Hola amigo, otra vez nos volvemos a encontrar –dije apoyando las manos sobre la mesa y acercándome a la momia. Estaba envuelta en capas y capas de lino desde hacía miles de años.

Había revisado cientos de fotografías durante los meses precedentes y dispuesto un plan perfecto para este momento. Primero cortaría las vendas a la altura de los hombros, para despejar la zona próxima del cuello. Luego, con sumo cuidado, tendría que cortar las vendas de la zona occipital de la cabeza y de esa manera podría despejar casi por completo el cráneo. La idea era que una vez finalizado el escaneo del cráneo, se pudiera reponer el vendaje de la momia a su estado original con la menor manipulación posible. Pese a ello, era necesario cortar y romper vendas que serían imposibles restablecer.

Comencé la operación sin titubear, lo había ensayado cientos de veces mentalmente. Saqué el bisturí, las tijeras y comencé. Las primeras vendas fueron retirándose perfectamente, como lo había calculado, ninguna se deshilachó. Conforme retiraba las distintas capas de vendas el lino adquiría una tonalidad más oscura, como si estuviera teñido. Me encajé en varias ocasiones la mascarilla bien a la nariz ya que conforme quitaba vendas el olor se intensificaba. Las momias, aunque hayan pasado miles de años, aún desprenden olor. Un olor que me recordaba a una intensa oscuridad, a un hondo pozo vacío y seco. Las últimas capas estaban más adheridas al cráneo, totalmente pegadas a los restos de piel. Esta parte de la operación era la más complicada. Retiré las vendas de la cara sin cortar los restos que quedaban de piel y músculo.

Tras retirar las últimas vendas, ante mí apareció un rostro amable, con la boca entreabierta y los ojos cerrados. La nariz estaba fragmentada y las sienes estaban profundamente marcadas. Una pequeña cabeza acartonada que veía la luz después de 4200 años. Parecía sonreírme.

–¡No puede ser¡ –dije en voz alta y conteniendo la respiración–. ¿Cómo es posible?        –volví a decir en alto. Automáticamente me dirigí hacia los trozos de caja y busqué la etiqueta que contenía los datos del inventario. No cabía duda, era la 33, la momia de Sarenput I. No había error posible, desde su aparición hacía tres años nadie había manipulado esta caja.

Me acerqué de nuevo al rostro y empecé a analizarlo. Haciendo un repaso rápido de mis conocimientos en antropología forense comprobé que el hueso mandibular era redondeado, apenas tenía marcada la creta temporal, el reborde supraorbitario era muy agudo, una frente alta y redondeada y un cráneo pequeño… No había dudas, aquella cara era de una mujer.

–¡Pero no podía ser¡ –me decía una y otra vez. El ataúd está perfectamente estudiado, los jeroglíficos de su cámara mortuoria nos cuentan su vida, con quién se casó, quiénes fueron sus descendientes, cómo llegó al trono… Se habían escrito miles de páginas sobre su vida, motivo de varias tesis doctorales. Gaspard, el mejor conocedor de Sarenput, tenía escritos cientos de artículos, tres libros y conocía todo su árbol genealógico familiar.

Me invadió una mezcla de desilusión y satisfacción. Estaba ante la momia de Sarenput y era una mujer, una gobernadora, una princesa o una impostora. Cogí el escáner y comencé a trabajar. Nadie me creería, sin esa prueba sería imposible que alguien me tomara en serio.

Conforme escaneaba aquel rostro de cuero, ennegrecido por la acción del natrón durante el proceso de momificación, más oscuro lo veía todo. Una angustia recorrió todo mi cuerpo, me faltaba la respiración, me quité la mascarilla. ¿Estaba dispuesto a tirar por tierra tantos estudios? Estaba claro que este descubrimiento cambiaría el curso de la historia… ¿Sería el final del proyecto Sarenput?

13,45 h. Acabé el trabajo, repuse todo el vendaje de aquella mujer joven de unos 30 años. Con sumo cuidado repuse todos los tablones de la caja y la precinté. Al rato, mientras guardaba todas mis herramientas en la mochila, se abrió la puerta. Khalil apareció sonriente con su vara en la mano.

–¿Tamam Doctor Pablo? –me saludó tendiéndome la mano.

Tamam, mia mia –le contesté en su idioma diciéndole que todo había ido muy bien. Necesitaba un poco de aire, aquel lugar estaba tan cargado que se hacía difícil respirar. Ya en la calle pude alzar la cabeza, contemplar el cielo azul, sin nubes, y respirar con normalidad.

Mi mayor éxito era el haber reconocido en aquel rostro de 4200 años de antigüedad a una mujer, pero también mi mayor fracaso. Podría decir que estaba tan desfigurada o mal conservada que fue imposible su escaneo, o incluso que las condiciones de luz no eran buenas y el resultado había sido nulo. Me llevaría el secreto a la tumba, la momia quedaría guardada y precintada para siempre. Pero si contaba la verdad, las investigaciones sobre Sarenput darían un vuelco, se debería reformular todo lo escrito, se revisarían las teorías y la historia del antiguo Egipto cambiaría totalmente. ¿La comunidad científica internacional nos tomaría en serio? Noté que el peso de mi mochila se hacía cada vez más aplastante.

Cuando llegué al embarcadero eran las 17,35 h., noche cerrada. Había estado errando de aquí para allá sin rumbo fijo durante horas. Mi cabeza no había parado de dar vueltas a aquel rostro de mujer. Bajé las escaleras poco a poco hacia el barco colectivo. La verdad es que no tenía ninguna intención de subirme, al menos inmediatamente. Bajaba un par de escalones y paraba, seguía bajando y respiraba hondo. Me senté en un escalón y esperé al siguiente barco.

18,15 h. Arrancó el barco y rápidamente estábamos en medio del Nilo. La brisa se había convertido en un frío que calaba hasta los huesos y tuve que sacar una sudadera de mi mochila y ponérmela. Los barcos taxi que cruzan continuamente el Nilo son pequeños, de metal, abiertos y con asientos que bordean la cubierta. Las mujeres se sientan en una zona reservada para ellas sin mezclarse con los hombres.

Desde el otro extremo del barco, una chica me miró. Iba tapada prácticamente entera de negro, como acostumbran a ir las mujeres para no llamar mucho la atención, con el nicab y las manos con guantes también negros. Pero sus ojos me miraron y creo que me sonrió. Sin mediar palabra supo que algo me angustiaba, y al mirarla a los ojos comprendí que la realidad es muy distinta desde el otro lado del velo: desde aquella ventanita se percibe un mundo completamente diferente, hecho a la medida de cada cual.

Al desembarcar se me resquebrajó le mente y comprendí que algo había cambiado, mi percepción de las cosas no era la misma. Desde la otra orilla, el mundo se percibe de manera diferente. Aquel viaje que había repetido tantas veces por el Nilo, esta vez me había llevado por una nueva senda. Aceleré el paso hacia la casa, tenía ganas de llegar.

18.45 h. Abrí la puerta metálica de la casa. El ruido de chapa crujiendo alertó a todos mis compañeros. Contuve la respiración y me adentré hacia el patio. Gaspard se acercó rápidamente y detrás el resto del equipo.

–¡Hombre, por fin¡ Ya nos tenías preocupados a todos –dijo con semblante serio. En su cara se adivinaba una mezcla de expectación y preocupación.

Me quité la mochila y la deposité con sumo cuidado en el suelo de arena del patio. Me desprendí de aquel peso como quien corta el tallo de un diente de león para soplar pidiendo un deseo.

–Tu cara dice que necesitas una cerveza –me dijo Gaspard echándome la mano por el hombro y acompañándome al porche. No abrí la boca; tomé asiento en un sofá estampado con tonos azules y morados. Gaspard me dio un botellín de cerveza bien frío. Todos se sentaron expectantes en torno a la mesa.

–Bueno Pablo, nos tienes en ascuas, cuéntanos –me dijo Gaspard con cierto nerviosismo.

Desde la otra orilla del Nilo, respiré profundo, sonreí, visualicé los ojos de aquella muchacha del barco y tomé un trago de cerveza.

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