De Eusebio Bacanal, La Vieja Ana, y otros recuerdos

De Eusebio Bacanal, La Vieja Ana, y otros recuerdos

[Piper Valca]

Eusebio Bacanal, arrellenado sobre la estrambótica silla eléctrica propiedad de un Estado que nunca conoció, evocó entre sendos lagrimones petrolíferos la serie de eventos que desembocaron en su condenación capital.

Concebido bajo la acrática teta de La Vieja Ana Rosa de los Santos Samper, Eusebio Bacanal gozaba de los más inimaginables placeres mundanos. Cebado sobre su propia inmundicia era víctima de implacables halagos, mimos, zalamerías y complacencias de parte de La Vieja Ana, quien temerosa de una partida que nunca ocurrió, se partía el lomo vendiendo tintos en un semáforo a la madrugada, haciendo de mucama para una familia negrera hasta el mediodía y batiendo records como bailarina exótica en un tugurio a las afueras de la ciudad.

Por eso y por todo, Eusebio Bacanal a sus cuarenta años había cultivado un corazón holgazán, una calvicie prematura, y un carácter apático hacia todo cuanto lo rodeaba. Despotricaba de su propia existencia, injuriaba de la decrepitud estancada de su madre, y profesaba una apóstata fe basada en el exceso.

Una día de tantos, entre el hastío, la gandulería y la acedia, Eusebio Bacanal fue consumido por el vacío que sólo el libertinaje y el encono pueden provocar en un ser atormentado por la buena vida. Enroscado en la sabana de su destete decidió sin más aventurarse por las entrañas de la menesterosa casona de su crianza. Descendió escaleras, cruzó un inframundo de puertas, pasadizos y más puertas que le condujeron a nuevas puertas y más pasadizos. Saludó a viejos recuerdos que continuaban con las labores de una vida eterna sin darse por enterado de su situación espectral, para finalmente distraerse ante un centenario hombrecito que se entreveraba con un cachivache desconocido para Eusebio Bacanal.

―Es una imprimidora ―comentó el hombrecito, que decía llamarse Hidalgo Samper y giraba tornillos con un cuchillo oloroso a cebolla―. Sirve para imprimir cosas.

Eusebio Bacanal no necesitó oír más. Una extraña urgencia febril le invadió por completo y antes de darse cuenta, La Vieja Ana ejecutaba acrobáticas maniobras para evadir la aglomeración de máquinas imprimidoras enclavadas en cada esquina. Las hallaba bajo el mesón de la cocina, sobre la nevera, en el armario de la ropa y en cuanto espacio disponible su consentido hijo hallaba. En alguna ocasión debió arrastrarse por sobre la pared para lograr llegar a la despensa de los alimentos.

A pesar de todo, la ancianita gozaba del repentino arrebato de energía de su chiquilín y debió ocuparse como guarda de seguridad del mismo tugurio en que laboraba como bailarina a las afueras de la ciudad, con tal de cumplir con los elevados pagos a las compañías de mensajería, que se atiborraban como moscas a su puerta con cajas y más cajas repletas de esas misteriosas imprimidoras. Artilugios prodigiosos provenientes de un futuro lejano.

En tanto, el autoproclamado Gutenberg del nuevo siglo se dedicó a imprimir cuanta ingeniosa idea inundaba su mente. Lo primero en obtener fue una copia del Álgebra de Baldor sobre papel celofán, cuyos ejercicios resolvió en casi media hora decepcionado por la escasa dificultad de los mismos. A continuación y exacerbado por un insomnio esquizofrénico, violó todos los tratados posibles relacionados con el derecho de autor al forjar la monumental obra de Raymond Queneau “Cent mille miliards de poèmes”, proceso que agravó su necesidad de más y más. Reimprimió sobre papel higiénico tres versiones de la Biblia sin atreverse a una cuarta copia por miedo a cometer sacrilegio. Cuando La Vieja Ana, agobiada por la dispendiosa tarea de maquinar una ordenada disposición a las pilas de cartuchos y tóneres, ojeó el libro de Revelaciones en el papel que usaba para limpiar sus cagadas, cayó presa de una diarrea crónica que le mantuvo adherida al baño durante tres semanas y la arrastró al borde de la desnutrición. El día de su ejecución, Eusebio Bacanal recordaría la putrefacta nube de fermentación que durante esos días hedió por toda la casa.

Ajeno al estado patológico y convaleciente de su progenitora, finalmente Eusebio Bacanal comprendió muy a su pesar que no hay felicidad completa. Lo había reproducido todo cuanto se la había antojado hasta el punto de desertizar las principales papelerías de la ciudad, que navegaban en la opulencia gracias a la abnegada entrega de la Vieja Ana, quien para esa época le hacía el quite a la pelona con espléndida maestría. Al final de algún otoño, con una nueva apatía arraigada a su atrancado corazón, Eusebio repentinamente dejó a un lado la infructífera empresa y se dejó llevar por la letárgica cotidianidad en la cual se sentía a gusto.

Enroscado en la sábana del destete, se le veía levitar en salones lóbregos que alguna vez hicieron parte de la olvidada juventud de La Vieja Ana, cuando en los albores del nuevo siglo era seducida por Eusebio padre. Autocrítico, comunista, inventor y cultivador de aventuras infinitas jamás emprendidas, la había preñado tantas veces que los hijos, todos machos, se llevaban tan solo días de diferencia y La Vieja Ana necesitó enumerarlos consecutivamente para recordar siquiera cuántos había engendrado.

Allí, en habitaciones empolvadas y marchitas, Eusebio Bacanal veía a sus hermanos aparecer y desaparecer entre cocotazos, pullas y pellizcos, tan campantes como debieron ser en vida, ya que la guerra, la tos ferina, la neumonía, las mozas de su padre, y cinco terremotos, se habían encargado de borrarlos de la lista de los vivos.

―Ese invento suyo de la imprimidora no sirve para nada ―comentó una vez se halló frente a Hidalgo Samper.

―Querido Eusebio Bacanal ―susurró desde la penumbra el achacoso Hidalgo Samper, atiborrado de chécheres―. La imprimidora hace lo que debe hacer, imprimir. ¿O esperabas que te diera amor, protección y compañía? Es un remache de tuercas y fragmentos, no una obradora de milagros. Entiéndelo bien, y ponte a dieta que te pareces a tu tatarabuelo Eusebio de las Rosas.

Aquellas palabras, a diferencia de lo esperado, encendieron la chispa que detonó en la gravosa adquisición de una imprimidora 3D (era inconcebible siquiera llamar impresora a un artefacto con la magnificente función de imprimir y no impresorar), cuyo importe requirió que La Vieja Ana sacrificara sus escasas y únicas dos horas de sueño para la elaboración de quinientos mil trescientos cincuenta y cinco arepas de chócolo, todas vendidas en la entrada del Batallón de la ciudad bajo la premisa de contener el suero del supersoldado y que conllevaría a la mayor masacre jamás reportada por el Estado, cuando toda una escuadra de reclutas envalentonados al consumir las arepas de chócolo, se dieron a la carga de una cuadrilla de guerrilleros. Al momento del levantamiento de cuerpos no se halló ni una navaja entre los soldados caídos.

Indiferente como siempre a los acontecimientos, Eusebio Bacanal enclaustró su adiposa vitalidad en una andrajosa habitación durante días, meses y años ante la incertidumbre de La Vieja Ana, quien en cuatro patas intentó atisbar por debajo de la puerta algún vestigio de las intenciones de su rorro, a quien tan sólo vio cuando este asomaba a recoger la charola con el desayuno, las onces, la merienda, el almuerzo, el lonche, el imbiss y a cuanta exquisitez llegó a recurrir la anciana.

La mañana en que la primavera asomaba timidez, los recuerdos, fantasmas, duendes, espectros y demonios de la casa debieron contener el aliento para no desplomarse ante una variopinta pareja de tórtolos que emergió de la habitación y circunvoló entre iridiscentes meloserias, pechiches, sobadas y besuqueos cada rincón del caserón, dotándolo de una renovada alegría que rayaba con el empalago, pero que para La Vieja Ana fue motivo de preocupación. De un momento a otro el benjamín de mamá emergía del encierro con una reluciente compañera, y si se cumplía su mayor temor: pronto habría de perderse en el encaprichamiento del amor relegándola a un lado, como lo había hecho Eusebio padre. La depresión terminó por envejecerla tanto que sus diminutos ojos fueron absorbidos por resecas arrugas que descamaban al pestañear.

Lo que ninguno llegó a captar fue que la bella doncella de piel pétalo y mirada tigresa no era más que una amalgama de papel kraft, papel sulfito, papel sulfurizado, papel afiligranado, papel carbón, papel térmico y papel de tela, que impresos en 3D, organizados estructuralmente y engomados con cautela, había logrado engañarlos y hacerlos creer aquel idilio novelesco.

Fue así como a Eusebio Bacanal no se le vio más por los oscuros habitáculos, ni en su descomunal camastro como había subsistido desde que su madre olfateó el perfume de la soledad por allá en los ochenta. En cambio, iba y venía acompañado siempre por su princesa sobre un celaje achocolatado que provocaba la envidia de casi todo el que los veía, mientras que La Vieja Ana percibía la pudrición apoderarse de sus coyunturas y había perdido el hábito de trabajar. Nunca más vendió tintos ni se vistió de vedette en el tugurio a las afueras de la ciudad, se descompuso tan rápido que cuando Hidalgo Samper, preso de un mortal aburrimiento decidió visitarla, regresó espantado a su cuarto de herramientas oxidadas con la promesa de nunca atreverse a abandonar el limbo de su eternidad. No obstante, se vieron las caras durante la electrocución de Eusebio Bacanal.

―Vieja Ana, toca que se ponga algo presentable que hoy tenemos visita ―le dijo un día Eusebio Bacanal a su esperpento de madre. Ella no le reconoció la primera vez y tuvo que hacer a un lado los pliegues de piel que le impedían ver con claridad. Lo notó macilento, y como si le hubiesen inyectado una nueva dosis de vida se puso en pie, sacudió el polvo de su vestido, se despegó el moho axilar con vinagre y preparó toda una orgía gastronómica que atiborró el comedor pero que Eusebio enfrentó con valentía. La Viaja Ana había vuelto a ser ella.

Efectivamente, a eso de las cuatro de la tarde una parranda de oficiales impecables saludó a la puerta. Los efectivos, con extrema desatención comieron de las sobras de Eusebio Bacanal, bebieron el tinto que manifestaron extrañar en las gélidas madrugadas bajo el semáforo, y una vez ahítos prosiguieron con la diligencia.

―Eusebio Bacanal, se le arresta por la desaparición y muerte de Eva Papiro, su compañera sentimental. ¿Quiere venir por la fuerza o a lo bien? Que sea a lo bien, mira que ayer lavamos los uniformes.

Ni La Vieja Ana ni Eusebio Bacanal chistaron a la orden de los gendarmes. Se dieron un afectivo abrazo como nunca lo habían hecho. Ella saboreó la habitual holgazanería de su hijo y él su infatigable chochez.

―El día que vaya a verme morir, entre primero a mi cuarto ―susurró previo a ser arrastrado cortésmente―. No antes ni después. Si hace lo que le digo tendrá al hijo que se merece.

Eusebio Bacanal fue juzgado con la severidad del peor terrorista sobre la faz de la tierra, con jueces comprados, falsos testigos y pruebas infundadas. Pero lo que despertó odio y repudio en el jurado fue una fotografía de la víctima, a quien el mismo perpetrador había registrado como Eva Papiro, partida en dos como un pedazo de papel.

El condenado, que ahora usaba un uniforme a rayas elaborado exclusivamente para su talla por tres costureras que fallecieron ante la inmisericorde labor, veía complacido cómo su intrincada estratagema seguía el cauce acordado.

Durante meses, en los más exclusivos círculos sociales se debatió acerca del castigo que debía merecer una calaña de tal envergadura: se habló de la horca, el ahogamiento, la cámara de gas, la crucifixión, la decapitación, el desmembramiento, el envenenamiento, las cosquillas, las películas de crepúsculo y por decisión unánime se decidió por la silla eléctrica, ya que un reconocido filántropo manifestó la idea de que la grasa ante la electricidad provoca agonía lenta y dolorosa.

Al momento de su muerte caminó al cadalso anhelando el momento final de su travesía. Gozó ante la parafernalia de un acto en el que se consideraba ganador, y sin embargo aceptó que extrañaría la imprimidora 3D, el epítome de su obra mayor, la pieza clave en aquel entresijo. La noche anterior satisfecho a más no poder, había comido tanto que el ayuntamiento debió declararse en banca rota y nunca jamás volvió a ejecutarse a alguien.

Durante la ejecución, una vez sintió el gélido casco sobre su alopécica mollera y aceptó la fatalidad de su destino, por primera vez amó a su madre. Estaba allí, desconsolada y con la curvatura de su espalda asomándose para chismosear. Tras ella Hidalgo Samper saludaba con las manos engrasadas y un alicate, mientras que mucho más atrás sus hermanos y todos aquellos recuerdos que se resistían a aceptar su designio se preparaban para recibirlo y decían haber acomodado un pequeño cuartito para que residiera con ellos para siempre en la casona.

Ese día, y sólo ese día, La Vieja Ana había tenido el valor de entrar al desordenado cuarto. Para su sorpresa se encontró con tres copias tamaño natural de su angelito esperándola junto a la imprimidora 3D. El primer Eusebio, rosado de pies a cabeza y elaborado en papel Kraft, le besó con un cariño tan inmenso que La Vieja Ana creyó morir. El segundo Eusebio, gris e impreso en papel Piedra, cubrió con gruesos brazos el cuerpecito de la anciana en un abrazo duro y firme que le hizo traquetear. El tercer Eusebio, blanco y de papel adhesivo, se pegó para siempre a su costado como abeja en miel. Ahora, en vez de uno, tres tripudos y llamativos Bacanales le acompañaban en el ajusticiamiento del único que había logrado desgarrar su perineo.

Eusebio Bacanal, con sendos lagrimones petrolíferos, lo rememoró todo y murió con la dicha de haberle dado el hijo que ella merecía: por primera vez La Vieja Ana tendría amor, protección y compañía. No tuvo miedo de morir ya que al fin y al cabo, tarde que temprano todos nos volvemos un recuerdo, una evocación empolvada en los rincones de una casona llamada memoria.

Comparte con tus amigosTweet about this on TwitterShare on Facebook