Apsara

Apsara

[Juan Carlos Santillán Villalobos]

1

India. Noroeste del vasto y exótico subcontinente. Un paraje desértico, castigado por el sol inclemente. Un grupo bastante variopinto, compuesto por arqueólogos, arquitectos, técnicos informáticos y guías experimentados, realiza un levantamiento detallado de las ruinas de una imponente estructura arquitectónica hasta hace poco desconocida. Se trata de un templo subterráneo excavado en la roca, que estuvo sepultado bajo la arena del desierto durante siglos. El objetivo es conseguir un modelo en tres dimensiones del edificio, mediante escáneres láser que registran casi cada milímetro de cada una de sus superficies. Un trabajo minucioso y un tanto arriesgado, que preservará la información en el caso de que el original se perdiera. Una posibilidad no muy remota, considerando el riesgo real que corre el edificio de que esto ocurra, tras el fuerte terremoto que azotó Nepal y el norte de la India hace sólo unos días, y que estuvo a punto de poner en riesgo a la expedición, a causa del temor a los subsecuentes deslizamientos y las inminentes réplicas. Pero decidieron seguir.

   El jefe de la expedición es un escocés pelirrojo, de cejas pobladas y espesa barba entrecana. Lleva siempre guayabera blanca y lentes de montura gruesa caídos hasta la mitad de la nariz, de manera que habla mirando sobre ellos. Es muy alto, corpulento, y posee una voz estentórea, evidentemente habituada a mandar. Entre sus subordinados, se halla un muchacho indio, el único integrante local de la expedición, estudiante de posgrado, de baja estatura, contextura magra, piel aceitunada y cabello muy lacio cayéndole sobre los ojos almendrados de mirada brillante. Al doctor Bruce McDormand, o “Big Mac" —así lo llaman todos— le cae muy bien ese chico. Es reservado, de pocas palabras, pero muy inteligente. Le augura un gran futuro profesional.

   Geoffrey Tagore, o “Little Curry" —así llaman al muchacho—, es la mano derecha de McDormand. Juntos hacen un contraste bastante cómico al verlos caminando entre los restos arqueológicos, seguidos por el desnutrido perro vagabundo que siempre los acompaña—el doctor a grandes zancadas, el muchacho dando graciosos saltitos, intentando mantener el paso, el can moviendo alegremente la cola—, pero resulta evidente que se entienden a la perfección.

2

   Hoy el equipo ha hallado una nueva entrada al templo. Considerando los indicios hallados, se puede asumir que brinda acceso a una cámara más profusamente ornamentada que las anteriormente descubiertas. Es todo un acontecimiento, el equipo entero bulle de excitación. McDormand y Tagore son, como cabía esperar, los orgullosos descubridores y los primeros en ingresar, alumbrándose con la débil luz que emite la lámpara en potencia baja, sobrecogidos de emoción, como dos niños. Sólo al llegar a la amplia cámara, el doctor pone el aparato en su máxima potencia. El espectáculo que estalla ante sus ojos los deja estupefactos.

—¡Mira, Geoffrey, mira esos relieves!

—¡Impresionantes, doctor, fantásticos!

—¡Fantásticos, sí, me has quitado las palabras de la boca! ¡Parecen salidos de una fantasía!

   Las paredes de la cámara muestran relieves dedicados a las diversas encarnaciones de Visnú, la deidad hindú, representadas en hornacinas ricamente trabajadas. Entre éstas, como ocurre entre los paños de la Capilla Sixtina que muestran pasajes bíblicos enmarcados entre columnas con efigies de sibilas, se aprecian acá unas bellas mujeres en actitudes muy sensuales. Son las ninfas del hinduismo: las apsaras.

   Estas voluptuosas mujeres, ataviadas apenas con diminutos taparrabos y largos collares de varias vueltas, muestran anatomías perfectas, piernas torneadas, amplias y acogedoras caderas, estrechas cinturas y turgentes pechos generosos, casi esféricos en su exuberancia.

—¡Eh, Geoffrey!

El escocés ve al muchacho paralizado ante uno de los relieves, perfectamente quieto, con los brazos caídos, mirando absorto hacia el frente. Lo único que no hace pensar en él como una estatua es ese sudor perlado brillando suspendido en el hirsuto bozo que sombrea su labio superior. El doctor sigue la mirada de su asistente. Sonríe. La apsara.

   Es la más bella de todas. Su rostro es más delicado, su cuerpo es más armonioso, sus formas mejor torneadas. Su postura es también la más llamativa: tiene la pierna izquierda levantada, ligeramente flexionada, con la mirada fija en algún punto más allá de su pie descalzo. Parece además, despojarse de un brazalete y ofrecérselo con coquetería a algún afortunado mortal.

—¿Te has enamorado de una apsara, Geoffrey?

—Ya ha ocurrido, doctor, y no terminó mal, creo.

—Urvashí. Eso es mitología, muchacho, aquí estamos para hacer historia. Sigamos adelante, ya están aquí los escáneres.

—Sí, doctor, lo sigo.

Antes de que el muchacho dé el primer paso, ya la ráfaga del escáner láser ha sido disparada. La imagen de Tagore ha sido registrada para la posteridad como un fiel adorador postrado a los pies de la ninfa.

3

Los técnicos informáticos, tras levantar la información de campo, la procesan en las computadoras instaladas en una de las cámaras del propio edificio, donde reciben la asesoría de los profesionales especializados, arqueólogos y arquitectos. Junto con McDormand, Tagore deberá dar el visto bueno a la maqueta virtual resultante. Trabaja estrechamente con uno de los técnicos, que le describe las enormes posibilidades que permitiría el proyecto.

—Si quisiéramos, podríamos construir un modelo a escala del conjunto, y sería absolutamente fidedigno. Lo haríamos con una impresora 3d como la que está ahí.

—¿Podrían construirlo en escala real?

—¿Y para qué querrían algo tan grande?

—Por razones museográficas, obviamente. O si ocurriese la terrible eventualidad de que el original se perdiera, como estuvo a punto de ocurrir.

—Claro. Pues eso ya sería muy complicado. No tenemos los dispositivos apropiados para un trabajo de tal envergadura. Se podrían construir, claro, pero no sé si resultaría rentable.

—Una parte sí podrían construirla.

—Sí, claro, una no muy grande, y elaborada con piezas que posteriormente se ensamblarían.

—Una estatua, por ejemplo.

—Por ejemplo. ¿Quieres ver una muestra?

—Por supuesto, sería muy interesante.

—¿Qué te gustaría que modeláramos?

El muchacho observa en la pantalla la imagen de la apsara. Fija su atención en sus bellas manos, sensuales y delicadas, que ofrecen obsequiosamente la joya. No duda en su elección.

—Ese brazalete.

La copia resulta ser verdaderamente fidedigna. La impresora 3d ha recreado a la perfección la joya, aunque en una versión monocroma, que le recuerda vagamente la cerámica en frío. El original es de color arcilla, claro. La sostiene entre sus manos, embelesado. El técnico sonríe.

—Te lo puedes quedar, si lo deseas.

—Te lo agradezco mucho.

Sólo lleva puestos el brazalete y un bóxer cuando decide volver durante la noche, mientras todos duermen. Hace un calor infernal. Busca el archivo que le interesa y lo abre. Selecciona la sección específica. La ve en tres dimensiones, con la textura de la arcilla obtenida de las fotografías aplicada a su superficie. Se ve casi real. Cuando se acerca, se encuentra con que su propia imagen ha sido perfectamente borrada. Eso ya se lo esperaba, claro, no pretendía que lo incluyesen en el modelo virtual, a los pies de la apsara. Lo que no esperaba era que la imagen de la propia apsara también hubiese desaparecido. En su lugar sólo está la hornacina vacía. Su estupor es indescriptible. Pero aumenta aun más cuando aparta la vista de la pantalla.

Y ve a la apsara de pie frente a él.

4

   Tagore camina lentamente. En medio de la oscuridad casi absoluta, se guía por los brillos dorados que se bambolean voluptuosamente delante de él a cada paso de la apsara. Se detienen a los pies de la hornacina vacía.

—¿Cómo... Cómo es que saliste de ahí?

La apsara no contesta. En realidad, no ha dicho nada en todo el camino.

—¿Te atrapó el escáner, fue eso, pudo ocurrir eso? ¿Cómo te materializaste después, entonces, alguien te ayudó? ¿Cómo es que no eres monócroma? ¿Por qué saliste de ahí?

En ese punto, la apsara voltea, dando un grácil giro sobre las puntas de sus pies, y mira fijamente al muchacho a los ojos.

—¿Yo? ¿Yo tengo algo que ver? A mí me capturó el escáner también, pero me borraron luego. A mí no tuvieron que modelarme, yo siempre he existido. Yo... Yo soy real.

La apsara extiende hacia él sus manos. Una de sus muñecas lleva puesto un hermoso brazalete; la otra va desnuda. El muchacho ve el brazalete en la suya.

   Se despoja de él y lo ofrece a la apsara. Ella lo ve y corresponde quitándose todas sus demás joyas, hasta quedar cubierta únicamente por el diminuto taparrabos. Sus pechos son bellísimos.

   Tagore no lo piensa dos veces antes de despojarse del bóxer. La apsara, como él esperaba, corresponde despojándose del taparrabos, de manera que ambos quedan completamente desnudos en medio de la oscuridad.

Ella coge su mano y lo conduce a la hornacina vacía. Él se deja llevar.

5

   Cuando el doctor McDormand llega al pie de la hornacina, ve a Tagore.

   Han estado buscándolo toda la mañana, desde que alguien dijo haberlo visto pasada la medianoche caminando como sonámbulo hacia la cámara donde se encuentra el equipo técnico. Asumieron que estaría trabajando, pero al amanecer no lo encontraron ahí. Pensaron que habría salido del edificio. Ésa era una posibilidad arriesgada: un muchacho solo, a pie, caminando por el desierto bajo el sol ardiente, en ropa interior. Pero no la descartaron. Organizados por los guías, recorrieron los alrededores en varios grupos, buscándolo durante horas, hasta que el calor del mediodía se hizo insoportable y tuvieron que regresar, rendidos. Los pocos que habían quedado en el interior del edificio lo habían buscado sin éxito también. Tagore había desaparecido, nadie tenía la más mínima idea de dónde podía hallarse.

   Entonces al doctor se le ocurrió esa posibilidad extraña.

   Y ahí está. Al pie de la apsara. El doctor está parado donde unos días atrás estuvo parado Tagore la primera vez que entraron, con los brazos colgando a los lados, como estuvo él, contemplando estupefacto la imagen.

—¡Geoffrey! —susurra apenas.

   Geoffrey Tagore está postrado una vez más a los pies de la apsara, cogiendo el pie que ella tiene levantado, besándoselo con adoración. La apsara tiene la misma expresión de coquetería en su rostro, mientras parece colocarse en la muñeca el brazalete perdido. Tagore luce extasiado, aunque no se ve brillo en sus ojos. Parece arrobado, pero es difícil saberlo, tampoco se ve color en sus mejillas.

   Ahora es monócromo.

   A lo lejos se escucha aullar al perro. El doctor esboza una sonrisa cuando la tierra empieza a temblar y las primeras rocas caen, obstruyendo la salida.

   Formará parte de la historia, después de todo.

Comparte con tus amigosTweet about this on TwitterShare on Facebook