El Último Día de tu Vida

El Último Día de tu Vida

[Ana María Cuesta Orozco]

Hecho, ya he terminado la enésima prueba de esta interminable jornada de trabajo y procedo a archivarla. Aprovecho para estirarme y apartar por un momento la vista del ordenador, ya quemada después de 12 horas prácticamente ininterrumpidas de diseño, a ver si me recupero un poco antes de ponerme con la última que me falta para acabar. Dirijo mis ojos hacia la amplia cristalera y observo el estallido de las gotas que la golpean reflejadas gracias a la espectacular iluminación del gran estudio. Los grandes socios no escatiman en gastos en lo referente a aumentar el atractivo su espléndida oficina, aunque por desgracia no aplican los mismos criterios a la hora de pagar a sus empleados. A lo lejos, se observa el coletazo de un relámpago que atraviesa la densa noche cerrada, sin luna ni estrellas. El cielo tan cubierto augura pocos cambios en cuanto a la situación atmosférica. Eso me consuela, ya que puestos a perder un viernes más, prefiero que al menos sea un día frío, gris e intrascendente, con pocas emociones en cuanto a la vida nocturna de la ciudad. Por fin llega el sonido del trueno, lo que hace que me reincorpore frente al ordenador.

En otras circunstancias, todavía habría otros siervos como yo al pie del cañón, no en vano la empresa tiene el férreo compromiso de terminar todos los encargos que reciba y, cuantos más lleguen, mejor, al fin y al cabo las grandes estrellas del aclamado elenco de arquitectos siempre cuentan con personal más que suficiente sobre el que delegar el trabajo. Lo más curioso es que gracias a la crisis, y contra de todo pronóstico, han conseguido mejorar su facturación debido a que no les ha costado ningún trabajo reclutar a los mejores profesionales del sector por cuatro duros. Aquí estoy yo, sin ir más lejos, primero de mi promoción y ganador de dos concursos. Que no os extrañe, hoy en día cualquiera estaría dispuesto a trabajar para el estudio más prestigioso de España con vistas a progresar en el futuro y bajo cualquier condición. A fin de cuentas, allí afuera, lejos del edificio más emblemático de la metrópoli, sólo queda paro y desolación. Por desgracia para mí, mi caso es el peor de la plantilla de subempleados, debido a que estoy bajo las órdenes del otrora gran Humberto Fernández.

Hay que reconocer que el viejo buitre aún tiene algún que otro destello de genialidad, que me transmite a través de breves comunicados cuando está en uno de sus escasos momentos de sobriedad y sociabilidad. Lo más triste es que ni siquiera se aprecian visos de mejora para su problema, no hay más que ver sus ojos, que ya brillan desde primeras horas de la mañana, o como se encierra en su despacho y evade a sus compañeros, probablemente para no ser descubierto en estado de embriaguez. Por otra parte, y aunque es muy extraño, Humberto pasa largas horas en la oficina, a veces cuando todos se han marchado, pero me resulta imposible deducir la naturaleza de sus actividades, porque la mayor parte de la faena recae sobre mí, y eso que no es poca, el borracho todavía conserva la buena reputación de sus años de gloria. De todos modos, tras la marcha de su mujer tampoco se cree que haya nadie esperándole en casa.

Hoy concretamente, no es uno de esos días, ya que mi amado líder y mentor se ha marchado, quizás debido a que se le haya agotado la bebida. Es posible que incluso vuelva más tarde, como nunca me dice nada, no se pueden descartar posibilidades. En cualquier caso, siendo como uno de los socios principales de la empresa, puede hacer lo que le plazca en su reino.

De pronto, un súbito acontecimiento hace que mire horrorizado a la pantalla, el ordenador se ha bloqueado. Me echo las manos a la cabeza, siendo como es lo peor que me podía suceder a estas horas, y me empiezo a temer que hoy tampoco voy a poder descansar nada. Presiono la tecla escape, golpeo la torre con desesperación, muevo el ratón, nada, se ha quedado congelado, sólo me queda esperar.

Me levanto del asiento recalentado y estiro las piernas en la sala, resoplo e intento relajarme. Maldigo mi suerte y me acerco al despacho del viejo alcoholizado, al que le dedico un par de maldiciones aprovechando la libertad de la soledad. Después, le propino un golpe a su puerta. Es curioso, pero no me ha parecido notar demasiada resistencia, ni tampoco el sonido del clic metálico del seguro de la cerradura, lo cual es muy extraño porque Humberto siempre mantiene la guarida de sus secretos cerrada a cal y canto, como si se le fuese la vida en ello.

Me decido a hacer la prueba y pongo mi mano sobre el pomo, y ejecuto un tímido movimiento. Mis sospechas se confirman, el despacho no está cerrado con llave, por lo que se presenta ante mí una oportunidad histórica de conocer lo que oculta. Me echo para atrás, esto tiene que tener consecuencias, hay que pensárselo, pero la curiosidad me excita, en definitiva, qué es lo peor que me pueda pasar, ¿qué me echen?, ¿sería tan grave?, ¿acaso no es este empleo un infierno?

Entro, ya está hecho, que pase lo que tenga que pasar. Intento vislumbrar algo pero sin luz se me hace ardua la tarea. Pienso en el alumbrado principal pero deduzco que esto no sería una buena idea, su resplandor es demasiado potente como el de la sala, quizás alguien me podría ver desde fuera. Es mejor que me dirija a la mesa donde tiene una pequeña lamparilla, así que la enciendo y, para mi sorpresa, me doy cuenta de que el ordenador está en ejecución. Una fuerte emoción me asalta de repente, pues tengo sensación de que Humberto va a volver de un momento a otro, o de lo contrario hubiera tomado más medidas de seguridad, pero, por otra parte, tengo la verdad ante mí, quizás revelaciones que podría utilizar en mi beneficio. Decido seguir adelante un poco más.

De pronto, elevo mi vista sobre la mesa y aprecio algo que por su extrañeza, me llama la atención, se trata de un pálido reflejo luminoso que sobresale tras una de las puertas del armario, que está ligeramente entreabierta. Es algo del todo ilógico, así que no puedo evitar ir a echarle un vistazo. Me aproximo con cautela pero con determinación hasta que llego a la puerta desde atrás y la sujeto, tomo el picaporte con suavidad y lo abro. Me quedo estupefacto ante el espectáculo que se despliega ante mis ojos. Oculta tras el armario se encuentra una habitación secreta no muy grande, pero sí lo suficientemente espaciosa como para albergar un objeto impresionante, que resulta ser la impresora 3D de mayores dimensiones que jamás haya visto.

Ya a primera vista, noto que es peculiar, por lo que me acerco a comprobar de qué se trata. En principio, la mera existencia de esta segunda máquina es inexplicable de por sí debido a que la oficina ya cuenta con una impresora de este tipo y de la más alta calidad conocida hasta el momento, de hecho las maquetas que elaboramos han sido siempre objeto de una gran admiración. Además, es bastante más voluminosa y, teniendo en cuenta que un aparato de este tipo tiene un elevadísimo coste, no comprendo en qué manera podría beneficiar a Humberto esta inversión. Por otra parte, las características de este dispositivo son diferentes, está estructurada de otra forma y no se aprecian los cartuchos habituales. Me acerco para revisarlos y compruebo que, efectivamente, no está el plástico ABS, ni el nailon, la madera, el cemento, la arenisca y los demás. En su lugar, sin embargo, hay otros elementos que no logro identificar, como Hydrogel, plasma y otros nombres codificados que ofrecen pocas pistas, como A3DN-22.

Me retiro del aparato abrumado entre la sorpresa y las dudas, ¿qué clase de objetos serían los que pretende Humberto desarrollar con esta impresora? De pronto caigo en la cuenta de que el ordenador sigue encendido, con lo que ya sé de qué manera puedo averiguar la clave. Una vez más me acuerdo de que el borracho puede aparecer en cualquier momento y sé que aún estoy a  tiempo de retirarme, pero a estas alturas la intriga me supera, lo que he descubierto es demasiado inquietante.

Con un clic aclaro el monitor y procedo a inspeccionar los elementos que tengo ante mí. En principio sé que tengo que localizar los archivos adecuados para la impresora, así que me voy directamente a por los STL. En ese instante empiezan a desfilar los modelos desarrollados por la empresa, como la casa de acero y cristal de Sevilla, el nuevo edificio del banco CCVE, etc. Más adelante, entre ellos, aparecen una serie de nombres extraños, como AG-7522 y otros códigos difíciles de interpretar, por lo que pienso que se trata de sus proyectos particulares. Abro el primero y descubro asombrado que se trata de la figura de una persona, y muy conocida por cierto, pues se trata de Mateo Ibáñez, otro de los socios fundadores de la empresa. Amplío la imagen, compruebo los detalles, es perfecto, parejo en todos los sentidos, como si hubieran introducido a este hombre en el escáner 3D. Continuo revelando uno a uno el contenido de estos archivos y no dejan de aparecer ante mí figuras de personas, es todo tan extraño, ¿por qué se escanean? ¿Cuál es el objetivo de este trabajo?, hasta que, de pronto, me topo con la mayor de las sorpresas, ¡mi propia imagen está entre los prototipos!

 Me revuelvo agitado, lo vuelvo a comprobar, analizo la figura, no cabe la menor duda, a mí también me han escaneado, pero ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué? En este momento, mi indignación sobrepasa al asombro. Creo que ya sé cuando pudieron hacerlo, recuerdo una noche que, agotado de tanto trabajo, me quedé dormido sobre la mesa. A la mañana siguiente tenía bastante confusión mental, algo que achacaba al cansancio y a lo incómodo de la posición, pero, ahora que lo pienso, no sería descartable que me hubieran drogado. Sí, debió haber sido entonces, ahora sabemos el cuándo, pero, ¿y el por qué? A estas alturas ya no hay quién me pare y me es indiferente que aparezca el borracho o no, a ese señor le voy a arreglar las cuentas. Exploro las carpetas del ordenador de arriba abajo, busco documentos, visitas web, emails, cualquier cosa, nada, y, para hacer más confusa la situación, ni siquiera encuentro temas personales, como si Humberto fuera un robot que sólo utilizara su equipo para trabajar.

Mi enfado no disminuye ni un ápice y no estoy dispuesto a abandonar la investigación pase lo que pase. Pienso rápido, se me ocurre algo, no, es demasiado, pero… creo que voy a hacerlo, ya está, he puesto en marcha la impresora.

Luces, ruido y acción anuncian que el artilugio ya está en marcha, corro a presenciar el espectáculo y disfruto de la explosión de colores, calor y materiales que se entremezclan en una incomprensible pero perfecta armonía, su ejecución es tan exacta que en tan sólo unos minutos la base de la obra ya está colocada. Uno a uno se activan los diferentes cartuchos y proceden a distribuir sus fluidos sobre la primera capa, primero uno, luego otro, para después cruzarse creando una materia menos uniforme que la masa con la que desarrollamos nuestros edificios. Me acerco para contemplar el conglomerado, que es tan diferente, único y elástico que los ladrillos parecen vivos, como células de una textura totalmente real, el resultado es sensacional. Me aparto para tomar posiciones mientras se genera la obra, sabiendo que el desarrollo va a tardar, pues si bien esta impresora es más rápida y sofisticada que la general, la figura va a ser más grande y compleja que las otras.

Pasa una hora, otra y las siguientes, pero estoy tan emocionado que la espera no me agota, la visión de la asombrosa figura, tan increíblemente realista, me fascina hasta los límites de lo inimaginable. Extrañamente parece ser que Humberto ya no va a volver, ¿cómo habrá dejado todo esto al descubierto? Habrá bebido demasiado, quién lo sabe.

Son las 7:30 de la mañana del sábado, el temporal ha amainado y el sol llena de claridad el despacho gracias a la enorme vidriera que lo enmarca. Sin embargo, hasta la habitación oculta solo trasciende algún que otro rayo. Todavía sigo aguardando, pero la figura está muy avanzada, tanto que ya no me cabe ni la menor duda de que se trata de mi persona, con sus manchas, pecas, arrugas y lunares, el escáner es tan extremadamente preciso que es capaz de llegar hasta el último recoveco. Prosigo con la guardia, afortunadamente es fin de semana y las visitas no son de prever, aunque nunca se sabe.

Llegan las 12:45 del mediodía y estoy sentado contra la pared, a estas horas ya exhausto, agotado y con las manos sujetándome la cabeza, cuando de pronto un súbito chasquido de metal me devuelve al estado de máxima alerta, me levanto de golpe y veo que la impresora ha terminado su trabajo. Alzo la mirada y me encuentro ante mí, lleno de admiración y deslumbramiento, con mi réplica perfecta, mi clon idéntico sin ningún error, excepto porque se trata de un ser inanimado. El color, la trama, los acabados son humanos al cien por cien a la vista, luego me acerco a tocarlo y compruebo que hasta el tacto es exacto y noto con enorme sorpresa que… ¡está caliente! ¡Tiene temperatura corporal! Pero… ¿qué es lo que siento? ¿Movimiento? ¡No es posible! ¡Pero sí! ¡Lo veo! Algo late bajo la piel, primero levemente, después con un poco más de fuerza, pero sí, se escucha algo, está claro, ¡está respirando!, ¡vive! No puedo ni moverme del asombro. Súbitamente el sonido de un estertor rompe con la quietud de la figura, ¡son los pulmones que están luchando por abrirse a la vida!

Me aparto entre asustado, maravillado y estupefacto al mismo tiempo, y sin terminar de creerme lo que estoy viendo. De repente mi copia exacta abre los ojos y eleva tímidamente la mirada, bizqueando, hasta que consigue situarse, después me encuentra y se enfoca hacia mi persona. Distingo algo diferente en su mirar y es un brillo extraño, vidrioso, como el que transmiten los ojos de Humberto.

- Hola.

- ¡No es posible! ¡No puedes estar vivo! – El neonato sonríe.

- Por supuesto que estoy vivo, ¿no lo estás viendo? Por cierto, sé quién eres, me presento, soy tu futuro.

- ¡Esto tiene que ser una broma! ¡Un experimento! ¡Quién hay ahí!

-No te esfuerces más, ésta es la realidad. Mi nombre es JH2-33 y soy un agente de la empresa Monsatán-DNA, la corporación más importante del mundo en cuanto a investigación biotecnológica.

- ¡No es posible crear vida con una impresora!

- ¿Y qué es lo que acabas de ver? Claro que es posible, de hecho mi empresa lleva reproduciendo seres humanos idénticos desde hace mucho tiempo y, por otra parte, los estudios finales sobre el ADN y células madre ya estaban acabados hace muchos años, otra cosa es lo que os cuentan a vosotros. La tecnología de las impresoras 3D ha avanzado tanto que permite realizar un ensamblaje perfecto de las células. Al fin y al cabo, ¿no está hecho todo en el universo en base a los mismos elementos?

- ¿Y por qué no se sabe nada de esto?

- Porque la información es demasiado importante, es mejor utilizarla para nuestros planes. El objetivo es el siguiente, seleccionar a las personas más cualificadas, crear clones idénticos excepto por ciertas modificaciones que atañen a algunas áreas del cerebro, como las relativas a la conducta y la voluntad, y utilizarlas para que pasen a formar parte de las filas de nuestro ejército. Poco a poco nos habremos expandido tanto que nos será fácil dominar el mundo y tenerlo todo controlado.

A pesar de lo absolutamente increíble de la situación, sea como fuere, entiendo que esta criatura que he creado sólo puede causar daño, por lo que sé que debo destruirla. Me echo para atrás rápidamente y recorro con la vista todo el despacho en busca de una solución, un arma, una salida o lo que sea. Me giró en dirección a la puerta cuando, repentinamente, me encuentro frente a frente con Humberto, que bloquea la salida. Se aproxima hacia a mí.

- ¡Humberto! ¡Qué es esto!

- Creo que ya te lo han explicado muy bien. - Sigue acercándose hasta que, cuando llega a mi lado, me atrapa. Intento zafarme hacia detrás, pero entonces me doy de bruces con el clon que se abalanza hacia mí y también me sujeta. – Eres un joven brillante, González, vas a ser un miembro excelente para nuestra organización. Por culpa de tu curiosidad, hemos tenido que adelantar mucho el plan, pero antes o después esto tenía que pasar, ya estaba decidido.

- ¡Por favor dejadme marchar! ¡No se lo diré a nadie!

- Por supuesto que no se lo vas a decir a nadie González, a estas alturas creo que ya es necesario que te diga que… hoy es el último día de tu vida.

- FIN -

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