Marionetas A Su Merced

Marionetas A Su Merced

[Lucía Espejo Tello]

Estoy harta ya. Nos toma por idiotas. ¿Quién se cree que es? Me repugna, me asquea, no lo aguanto, es insoportable.

–¡Apagar televisión! –Digo aún cabreada mientras el monitor me obedece y la pantalla se queda como la habitación en la que me encuentro: negra y oscura.

Tengo todas las luces apagadas y las persianas bajadas. Tumbada en mi rojo sofá de terciopelo me echo la manta que antes cubría solamente mis pies. Mi mente da vueltas mientras miro fijamente al techo.

Se suponía que el mundo tenía que avanzar, pero no encuentro mejoría alguna. Tampoco es que sepa cómo eran las cosas antes. Esta maldita dictadura nos ha restringido el acceso a gran parte del pasado. Pero no creo que la humanidad haya vivido siempre de esta forma. La verdad, siempre me he preguntado cuanto tiempo llevamos así. Recuerdo que cuando era pequeña y le preguntaba a mis padres me miraban sonrientes y acariciaban mi cabeza para acabar diciéndome: Demasiado tiempo hace ya para recordar, Elo.

–Calefacción 3 grados más. –Pido y el salón empieza a calentarse algo más. Creo que es el día más frío del año.

Nuevamente me mantengo absorta en mis pensamientos. Dicen los libros ilegales de historia que antes el hombre dominaba las máquinas, pero ahora son ellas las que nos dominan. Parece ser que antes las personas hacían gran parte de las cosas de forma manual, como cocinar o limpiar. Leí que se ayudaban de medios tecnológicos, pero que en comparación a nuestra época su uso era mínimo.

Un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Me asusta la idea que en una redada descubran los libros ilegales que guardo. Sé que debería quemarlos, pero algún día quiero mostrarles los libros a mis descendientes, cuando el mundo se revele contra ese ser hipócrita y sin escrúpulos que gobierna el mundo. El Gobernador Terrenal: Luis Felipe de los Montes. Y encima es de España. Las redadas las hacen sin previo aviso. Cualquier día en cualquier momento y a cualquier hora, pueden llegar a tu casa y ponerla patas arriba. ¿Y qué pasa si te opones? Pues se lo llevan todo por delante, te matan, te raptan, te encarcelan, te violan, o te drogan y a saber que te hacen mientras. Pero bueno, si no te opones también te lo pueden hacer. ¡Hijos de puta! Eso es lo que son… Supongo que es por eso por lo que todos hemos decidido “olvidar” desde cuando ocurre todo esto.

El timbre me desvela de mis pensamientos. Me levanto del sofá tapada con la manta y camino hacia la entrada.

–Muestra quien llama –digo mirando al terminal que se encuentra al lado de la puerta. Observo a un joven encapuchado con una chaqueta negra. Sonríe ante la cámara. Su rostro es inconfundible. –Abrir puerta principal –comunico al terminal quien obedece rápidamente.

–Hola Carlos, pasa–digo apresuradamente. –¿Te ha visto alguien?

–Nadie –responde nervioso. –Si me pillan será mi fin Elo. El toque de queda fue hace más de una hora…

–Lo sé. ¿Me has traído lo que te pedí? –le miro sonriente.

–No, si te parece me salto el toque de queda para venir a saludarte solamente... –dice con sarcasmo y ambos reímos. Le doy un fuerte abrazo. –Aunque sabes que esto no es gratis –se descuelga la mochila que lleva en la espalda y la suelta en el suelo.

–No se me olvida, no te preocupes. Mañana tendrás sin falta eso –sonrió y cojo la vieja mochila con mi mano izquierda. –¿Lo has visto? –pregunto con interés pero él niega con la cabeza.

–No, Elo. No es algo de mi interés. Demasiado hice con conseguirlo como para leerlo y meterme en problemas. No es que la historia de la humanidad me dé igual, es que me importa más el presente y mi futuro. Y sobre todo el de mi familia –dice cabizbajo mirando el suelo de madera, aunque estoy segura que su mente está a años luz. Su hermana está enferma y no hay medicamento alguno que la cure, no con este gobierno. Está trabajando junto con otro hombre en la cura, pero apenas tienen presupuesto ya que investigan de forma ilegal. Yo le pago con objetos de valor por los libros, y él vende esos objetos para financiar la investigación.

–Algún día todo cambiará, te lo prometo –digo intentando convencerme a mí misma de que mis palabras son ciertas.

–Ojalá tengas razón. Bueno Eloísa, debo irme. Mañana nos vemos para el pago –me da un fuerte abrazo y siento su tristeza. No queremos admitirlo, pero si las cosas siguen igual su hermana no se salvará.

Carlos se va y yo regreso con los pies a rastras cubiertos por mis zapatillas granates de estar por casa y sin haberme quitado aún mi manta de cuadros rojos y negros. En mi mano llevo con desgana la vieja mochila de Carlos. Antes de entrar al salón me miro al espejo.

–Elo, que pinta de demacrada tienes… –Digo mirando mi pelo castaño alborotado el cual no peiné en todo el día. –Luces del pasillo apagar. Luz tenue del salón encender –las luces me obedecen.

Me siento en el sofá enrollada en la manta manta. Abro la mochila y esparzo todo por la mesita de madera que tengo frente al sofá. De allí salen libros y documentos antiguos. No hay mucho, los libros son de pocas hojas y algunas arrancadas, y los documentos son hojas sueltas.

Empiezo a hojear. Algunas cosas ya las sabía. El surgimiento de las impresoras 3D, el boom que tuvieron, todo eso ya lo había leído en otros libros ilegales. Aunque me sigue costando entender que la gente viviera sin estás máquinas, cuando actualmente te encarcelan si no tienes una. Se podría decir que es como tener un documento de identidad, hay que tenerlo sí o sí. Pero bueno, supongo que eran felices así. Lo que me interesa es saber cuando pasaron de ser algo imprescindible a locura para muchos. Cuando se cruzaron los límites de la ética. Siempre escuché rumores, y estoy segura que no lo son.

Tras lo que me parecen horas leyendo, por fin finalizo. Mis ojos están bañados en lágrimas. Es demasiada información para asimilar.

–Luces del salón, ¡ya! –grito entre sollozos. Me quito la manta y empiezo a dar vueltas por el salón.

Los rumores eran ciertos. Nuestro querido gobierno llegó a crear humanos a raíz de las impresoras en 3D. Una barbaridad, una locura. ¡Algo anti ético y anti moral! ¿Por qué? Y lo peor de todo es que falta demasiada información. Quiero saber más, esto es una locura. Vuelvo a mirar la mochila de Carlos y veo que había dejado dentro un papel.

–Esto es como en las películas, ahora encuentro el papel importante en la mochila –digo con sarcasmo. –Eso o cualquier tontería sobre la historia de las impresoras 3D.

Saco el papel y le echo un vistazo. Imposible. No puede ser verdad. Alguien le tomó el pelo a Carlos y le dio una información falsa. Tiene que ser eso. Alguien sabe que estoy investigando este asunto y quiere volverme loca.

Tiro el papel al suelo enormemente cabreada.

–¿Qué coño es esto? –grito sollozando mirando al techo. –¿Qué mierda es esta? ¡No tiene ni puta gracia!

Y como si un demonio me hubiese poseído empiezo a tirar al suelo todo lo que veo a mí alrededor. Desde libros, a lámparas de pie, pasando por jarrones y otros  adornos decorativos. Cuando no sé que más tirar, soy yo la que se echa de rodillas en el suelo chillando y gritando mientras observo allí mismo el papel que había leído. Miro con odio un símbolo reflejado en ese papel y todo lo que dice. ¡No puede ser verdad! Es un símbolo que tiene todo aquel que haya sido creado por una impresora 3D. ¡No puede ser verdad!

–Es… es mi tatuaje, joder –sollozo. –Yo…yo me lo hice… ¿cuán…cuándo? –No puedo recordar cuándo. Ese ángel azul que tengo en el hombro, me lo hice hace años, ¿o no? Mi ángel sonriente… Es idéntico al del documento. Y con las mismas letras: ATD.

Mi cabeza da vueltas y no sé qué hacer, qué pensar, nada. Es una trampa, lo sé. Me acerco a un estante de madera y lo abro. Saco un vaso de cristal, ron y me hecho dos cubitos de la cubitera. Lleno el vaso de ron y me vuelvo a sentar en el suelo haciendo caso omiso a mi casa inteligente que me pregunta si deseo cerrar el armario. Miro el vaso repleto de alcohol con sus dos enormes cubitos flotando y miro la botella. Doy un trago directamente de la botella.

No recuerdo cuanto tiempo ha pasado, cuando me doy cuenta llevo la botella a medias. Escucho trastear en la puerta. ¡Mierda! Una estúpida redada ahora… Me van a matar. Aunque, ¿si no soy real que me hacen? Vuelvo al mueble bar y abro con llave un cajón. Saco un arma en el preciso instante que irrumpen en el salón. Enfundo mi arma dispuesta a luchar contra aquellos que han venido a importunar. Rápidamente me doy la vuelta y quedo atónita ante la presencia que hay frente a mí.

–¿Usted? –digo temblando con el arma aún apuntando a esa persona. Miro a mí alrededor y no hay nadie más. –Es imposible… ¿Qué hace usted aquí, en mi casa?

–Cálmate Eloísa, baja el arma, por favor.

–¿Acaso me espía? ¿Espía a sus creaciones? –mis lágrimas resbalan por mis mejillas al mismo tiempo que el odio se apodera de mí. Ya no me tiembla el pulso y apunto firmemente al hombre que tengo en frente de mí. –¿Qué me ha hecho? ¿Cuántos hay más como yo?

El hombre se muestra pasivo, mientras mira con atención a su alrededor. A pesar de su atractivo físico, de sus oscuros ojos intimidadores, su cabello negro y esas gafas de sol ahora puestas encima de su cabeza. A pesar de su look arrebatador, sus vaqueros ajustados y la camisa blanca con los tres primeros botones desabrochados que muestra su torso desnudo y escultural gracias a sus miles de horas en el gimnasio. A pesar de sus treinta y pocos años, o de parecer salido de un libro de tan perfecto que parece a simple vista… A pesar de todo eso, es el ser más horrible que hay en el planeta. Todo lo que toca se lo lleva por delante, ¡todo! Por su culpa el mundo es lo que ahora es. Y pensar que íbamos al colegio juntos y llegamos a ser íntimos amigos. Y pensar que mi primer beso fue con él.

–Malnacido… –grito sin fuerzas. –Seré yo quien acabe contigo¸ ¿sabes? Y nada ni nadie me lo va impedir. Pero antes dime toda la verdad –señalo con mi mano derecha los papeles esparcidos por el salón, sin dejar de apuntar con la otra hacia su cabeza.

Sigue sin inmutarse y me mira con media sonrisa.

–Bonita casa, Elo. Aunque no estaría mal que contratases a alguien para que limpie –mira la pistola fijamente. –Por favor, baja ese arma. No vengo a hacerte daño y tú deberías de saberlo. Cálmate y hablamos.

–¿Hablar? ¿Tú y yo? ¡Nunca!

–Tú misma has dicho antes que íbamos a hablar, estoy confuso.

–¿Confuso tú? ¡Creas un imperio de gente a raíz impresoras 3D, matas a cientos de miles de personas, al resto las sometes a tu voluntad. Prohíbes todo. Tomas el poder de la Tierra porque te da la gana, ¿y dices que estás confuso? No, Luis Felipe, no.

–Las cosas no son lo que parecen Elo… Escúchame. Tú eres real, es algo de lo que no debes dudar.

–¿Y entonces por qué tengo la marca de las personas 3D? –digo mostrándole mi nuca. –Porqué tú me creaste.

–Llevas ese tatuaje desde los quince años. Te estás contradiciendo y me estás confundiendo… –me mira extrañado.

–Deja de decir eso como si fueras un disco rayado. – Aún sin dejar de apuntarle con la pistola, cojo con la otra mano el vaso que hay en el suelo y lo tiro con fuerza. Recojo un trozo de cristal. –Ahora no me vas a tomar por loca. ¿O también me creaste con sangre? –digo apretando con fuerza el trozo de cristal en mi mano. Duele, para haber sido creada me hicieron muy bien. Veo que un hilo de sangre sale de mi mano. Demasiado bien.

Me mira fijamente y no dice ni hace nada. Bajo un poco la guardia y dejo de apuntarle con la pistola. La suelto en la mesita.

–Al menos explícame cómo es posible que sangre –inquiero. Cierra los ojos por un instante y los abre lentamente.

–Eloísa… –susurra suavemente. Sonríe con dulzura. –Eloísa, mi amada Eloísa, debemos marchar el carruaje nos aguarda fuera. –Mira con sorpresa el salón y toca su espalda. –¡Mi espada! ¿Dónde está mi espada? ¿Quién destrozó tu humilde morada?

Vuelvo a coger la pistola, más asustada que nunca  le vuelvo a apuntar. Ni si quiera hago caso ya al hilo de sangre que cae de mi mano derecha. Este hombre está loco.

–¿Qué artefacto es ese amada Eloísa? Estoy confuso…–vuelve a cerrar sus ojos y tras unas décimas de segundo los vuelve a abrir. Me sonríe.

–El concierto empieza en menos de media hora. Todos están expectantes por verte mi amor. –Mira asustado la pistola. –¿Qué haces con esa pistola, cariño? Estoy confuso…

–¡Estás loco! Eres un esquizofrénico de esos…–digo asustada. –Con tanto daño que has hecho, normal que estés así…

Una alarma empieza a sonar y emitir una luz roja. El terminal del salón hace un comunicado: Emergencia 307, emergencia 307.

Yo soy la que está confundida, no entiendo nada. De pronto entra Carlos por la puerta junto al hombre con el que trabaja para la cura de su hermana. Ambos entran con mascarillas y enfundados en trajes protectores.

–¿Qué está pasando Carlos? –digo mientras observo como el otro hombre se acerca inmovilizando a Luis Felipe simplemente tocándole la nuca. No tiene sentido, tantos años de corrupción para que un hombre protegido le toque la cabeza. Un hombre que me es muy familiar.

Carlos me acaricia la frente mientras me acompaña al sofá, donde me tumba. Abre un maletín que lleva consigo y saca una jeringuilla.

–¿Trabajas para el gobierno, verdad? –pregunto atando cabos. –Lo haces por tu hermana…

–Algo así–sonríe mientras moja un algodón el alcohol. –Lo hago por mi hermana, igual que mi padre–señala al otro hombre. –Ella es lo más importante que hay en nuestra vida, y tiene una enfermedad incurable. –Me da un beso en la frente. –Está aislada del mundo exterior, cualquier contacto puede provocar su muerte. Así que mi padre y yo decidimos crearle…–niega con la cabeza y me da un beso en la frente. –No. Papá y yo decidimos crearte tu propio mundo, por así decirlo. Gracias a las nuevas tecnologías y a las ventajas de las impresoras 3D, creamos a las afueras del pueblo una burbuja para ti, donde pudieras vivir lo más parecido a una vida, o mejor dicho a varias.

–Esto es producto del alcohol, ¿verdad? –digo negándome a lo que mi supuesto hermano me esta contando. –O del gobierno.

–No. Cuando tenías quince años te detectaron el ATD, una enfermedad incurable y que nadie más tiene. El nombre se lo pusiste tú, y decidiste hacerte el tatuaje. Cuando papá decidió que lo mejor era quedarte aislada en una casa de las afueras, al principio aceptaste, y durante cinco años te la pasabas escribiendo libros, soñando con vivir mil aventuras. Pero te sentías sola, sin nadie… Así que hablamos contigo y decidimos recrear esas historias para ti.

Miro atónita a Carlos escuchando el sinsentido que me está contando.

–Eso es mentira… ¿Te han lavado el cerebro? Si eso fuera así, esa supuesta casa por muy burbuja que fuese, podría contaminarme o que se yo, ¿no?

-No –responde el hombre que dice ser mi padre. –Descubrí un material que no te afectaba e imprimí aquella casa. Mientras investigábamos la cura, se nos ocurrió recrear las historias que habías escrito. Te pareció buena idea y aceptaste encantada. Todos los escenarios fueron construidos e imprimidos tal cual los describías. Nunca hubo problema, hasta el día de hoy. –Suspira. –Mi Eloísa.

–Si no podéis tener contacto conmigo, ¿por qué Carlos ha estado conmigo? Porque esta misma noche…

–Sí, forma parte de la investigación, he conseguido que tengas contacto familiar 20 minutos al año, distribuidos en varias veces. Por eso decidiste introducir en esta “novela” a tu hermano. Para probar los avances de la cura.

–¿Y por qué ahora no recuerdo nada de todo eso que me cuentas, papá? –no sé porqué le acabo de llamar así a ese señor si no lo conozco. ¿O sí?

–Mientras vives tus historias, en tu cuerpo se encuentra un medicamento que te ayuda a sobrevivir. Es una alternativa a la cura. Sin embargo durante ese periodo de tiempo no recuerdas otros aspectos de tu vida, salvo los recreados. No sé si ha sido una reacción adversa, o tu mente luchando lo que ha provocado este lío. Se suponía que después de venir a casa Luis Felipe el amor que había entre vuestros personajes resurgiría, y huiríais juntos. Sin embargo, al alterar la historia, Luis Felipe no ha podido reaccionar y ha mezclado algunas de las historias que habéis vivido.

–Entonces… ¿soy real? –miro mientras las lágrimas nublan mi vista.

–Por su puesto hija mía. Aunque la ciencia del siglo XXII haga maravillas, una impresora en 3D no da conciencia.

Noto un pinchazo en el brazo derecho, todo se nubla…

Alguien llama a la puerta de la cabaña. Tras un año de soledad voy a volver a vivir una nueva aventura…

–Soy Eloísa Ramírez, vengo por la entrevista de trabajo –digo extendiendo una mano al hombre que ocupa la mesa enfrente de mí. Sus oscuros ojos me cautivan.

–Por favor siéntese señorita. Mi nombre es Luis Felipe de los Montes, dueño de ATD, la mejor empresa de cosméticos del siglo.

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