La siesta de la razón

La siesta de la razón

[J. E. Díaz]

“Sueña, falla, ríe.” Salmo apócrifo.

La ruta está desolada, nadie se atreve a viajar al norte en época de calor. El flagelo del sol impide el menor signo de vida. Hasta los escorpiones más venenosos migraron a las estepas del sur. Lo único que resiste en aquel desierto son las letras de chapa de una vieja valla publicitaria. “Impresoras 3D, la última revolución”, reza el profético eslogan.

La camioneta roja atraviesa el paisaje con una belleza sublime, propia de las cosas peligrosas. El hombre al volante se llama Adrian, su rostro está seco y ojeroso, parece más viejo de lo que es. La mujer que lo acompaña es su esposa Guillermina. Ella no ha dormido desde que subió al auto, hace ya más de veinte horas.

-       ¿Queres que maneje yo un rato?

-       No mi amor, ya llegamos. ¿No te molesta si te arreglas un poco?

-       ¿Acá dentro?

-       Sabes que nos está esperando.

Indignada, la mujer busca entre las cajas de atrás su bolso de pinturas. El polvo color crema se corre apenas toca la piel transpirada.

-       Subí el aire acondicionado.

-       No puedo subirlo más.

-       Entonces no puedo pintarme, estoy transpirando.

-       No te pintes, pero hace algo con ese pelo.

Guillermina guarda las pinturas y vuelve a mirar por la ventana.

-       Sabes que a mí no me interesa. Pero ella…

-       Sí ya sé, no hace falta.

-       Bueno, pero no quiero que te enojes mi amor.

-       No pidas tanto, bastante que estoy acá.

-       Sí –casi inaudible–, una vez al año.

-       ¿No te parece suficiente? Búscate otra, a ver si te acompañan.

La arena se transforma lentamente en tierra y en el horizonte aparece el relieve del pequeño pueblo. La camioneta se desvía por un camino de la derecha. A lo lejos se ve una antigua casa de madera con techo a dos aguas. Adrian estaciona cerca de un espinillo. Antes de bajar se pone un sombrero y le pide a Guillermina que le tenga paciencia.

-       Vení hijo, no te demores bajando esas cosas, ya mando a Juan.

De inmediato se escucha otro grito.

-       ¡Juan!, deja eso y anda a ayudar a mi hijo. Trae adentro las maletas.

-       Sí señora, ya mismo.

Aferrándose al hombro de su hijo, Angélica saluda a “Guadalupe” y no se demora en burlarse de la habitual sombrilla que Guillermina lleva.

-       Nena, qué exagerada venir con tanto equipo.

-       Sí, usted sabe, mi piel...

-       Sí, sí tenes razón, pobrecita tu cara. Vengan, pasen adentro así no se enferma Guada.

Si uno sintiera el universo de emociones que pasan por la madre al besar y abrazar a Adrian, todo sería perdonado en el acto y la piedad aplacaría peores emociones. Pero como tal cosa resulta imposible en las aritméticas humanas, la reunión es para Guillermina una mierda de principio a fin. Los dardos de la suegra golpean donde otras veces y hasta es posible que en el último año haya descubierto un nuevo flanco donde abrir fuego. Por separado, el atenuante de la paciencia parecía haberse agotado.

Como si estuviera entrenado para atacar, el perro salchicha le saltó encima a Guillermina apenas entró al comedor. Angélica, con tono de indiferencia, le dio una orden al perro. Al tener al animal entre sus manos y a su nuera lejos le explicó a Adrian por qué ladraba.

-       Norber es muy inteligente, tiene un sexto sentido, el pequeñito hace poco advirtió a Juan de un muchachito que quería robar del gallinero. La gente de hoy no es de fiar, es una pena ¿no? Pero no es culpa del pobre Norber – el perro estaba plácidamente acostado sobre las piernas de la anciana.

-       Eso fue hace años mamá.

-       Tenes razón hijito, pero no quita el mérito a Norber.

-       Qué suerte, le ha tomado afecto al animal – El salchicha fue el único regalo que Guillermina le hizo a su suegra, acaso con la esperanza que algo de compañía le mejoraría su humor. Si bien eso jamás ocurrió, todavía le causaba gracia su ingenuidad.

-       Sí nena, cómo no le voy a tener afecto si me lo regaló mi hijo. Es mi única compañía.

-       No es cierto mamá.

-       Sí lo es, pero yo soy feliz así. Vos siempre decís que no pueden venir por el trabajo, y te lo entiendo. Aunque para ser sinceros, tampoco vivo en el fin del mundo. ¿Vos todavía no conseguiste trabajo?

-       Cuido a los niños Angélica.

-       Bueno, si eso es trabajar, ahora entiendo.

-       Mamá, por favor.

-       Sí, corazón de alcaparra, ¿qué pasa?

-       Basta, por favor.

-       Solo hablábamos, hace tanto que no nos vemos.

El comedor quedó en silencio, el perro la miraba a Guillermina con desconfianza como el cómplice de Angélica. Adrian buscaba conectar un ventilador. Afuera se escuchaba el último esfuerzo de Juan con las valijas.

-       Y si, ya lo decía tu padre.

-       ¿Qué cosa mamá?

-       Eso, ya lo saben, mejor sola que mal acompañada.

-       Mejor me voy a hacer una llamada Adrian.

-       Bueno nena, suerte con eso, no te olvides tu equipo.

En la galería Juan fumaba un cigarrillo negro. Como si fuera dueño de una verdad absoluta y valiosa, Juan le advirtió a Guillermina que solo había señal en el pueblo. Ella no le dio más importancia al celular y le pidió un cigarrillo. Después de toser un par de veces, le confesó que no habituaba a fumar, que en realidad Angélica la ponía nerviosa, y con algo de humor agregó que ni se imaginaba ser él un día entero. Juan se rió y se mostró contento de tener una compinche.

-       No creas que hago mucho, la mayor parte del tiempo sólo la escucho, aunque a veces eso es peor que bajar todas esas valijas – señalando con el cigarrillo hacia la galería obstruida.

-       Sí, me lo imagino.

-       Por cierto, ¿qué trajeron tan pesado?

-       Viejas cosas de mi marido, sobre todo libros – mintió ella.

La curiosidad de Juan no cruzaba el límite de las cosas prácticas e inmediatas, por lo que un libro no le evocaba el más mínimo interés de seguir indagando. Por otro lado, Guillermina tenía pocas intenciones, pero muy claras. Le pidió que por favor le trajera al perro. Juan no estaba convencido de obedecer sus órdenes, pero tampoco las iba a discutir, menos si simulaban ser inofensivas. Aparte la señora Angélica permanecía hipnotizada con la presencia de Adrian y Juan tomaba eso como unas pequeñas vacaciones.

Juan dejó el perro en el piso y sacó otro cigarrillo para fumar mientras veía la escena. El llamado de Guillermina, acaso demasiado pausado, no funcionaba. Dividía el instinto del perro en dos, quedarse o huir, el interés de sufrir el calor era nulo y recibir caricias del enemigo podía ser duramente castigado por la dueña. La danza duró unos minutos hasta que el sutil retroceso del perro activó la mano izquierda de Guillermina, que se metió en el bolsillo más pequeño y sacó una caja de caramelos. Juan expulsó el humo del cigarrillo negando con la cabeza, como si el animal no fuera digno de la amabilidad. El caramelo rebotó en el piso. El perro lo miro con altura, respetando su orgullo y sin intención de mostrar hambre frente al enemigo. Pero al caer un segundo caramelo al borde de sus pezuñas el animal cedió y se entregó a las manos que daban los dulces. Guillermina le pidió a Juan si podía llevar las valijas al cuarto de arriba después de terminar su cigarrillo, que ella se encargaba del perro.

De vuelta adentro, Angélica había preparado una merienda. Por supuesto que Guillermina no estaba contada en la mesa.

-       ¿Pudiste hablar? – le preguntó Adrian mientras comía.

-       No, no hay señal.

-       Vení a comer algo y después volvemos a probar.

-       No, me estoy durmiendo.

-       Se te nota cansada, anda no hay problema, te hice la cama esta mañana –con una sonrisa auténtica que pocas veces se veía, terminó la frase–. Que duermas bien.

Guillermina dejó el comedor y se dirigió a la habitación de invitados en el segundo piso. Esa era la pieza exclusiva que Angélica había destinado para las novias de su hijo. En los rincones de las paredes se leían firmas llenas de insultos hacia el ángel de la casa, algunas databan de la adolescencia. Por ejemplo, una firma de Guadalupe, la novia menos odiada y con la que Angélica fingía confundir a Guillermina, pedía con mucho esmero a Dios que la vieja no despertara al día siguiente.

Esa noche el cuarto hirvió por encima de los cuarenta grados. Las paredes de madera crujían como si gritaran ayuda. Adrian subió alrededor de las nueve para comprobar si Guillermina dormía. Ella, consciente del plan, simuló un sueño profundo hasta que se fue. Entonces empezó a desempacar sus valijas y a ubicar con meticuloso cuidado las piezas de la impresora. Luego remplazó los cartuchos de material sólido por los de células madres. A eso de las tres de la mañana se secó la frente de sudor y contempló extasiada la máquina lista para funcionar. Con la firme convicción de un estratega bajó al comedor, rodeó con cuidado el sofá donde dormía Juan y entró al subterráneo.

Mientras bajaba los escalones llenaba sus pulmones de una helada desconfianza. Cerró la puerta del cuarto donde dormía Adrian y se dirigió a la habitación del fondo del pasillo. Se frenó antes de cruzar la puerta, estaba nerviosa, sabía que su mejor defensa era no ser crédula, conocía que Angélica tomaba pastillas para dormir pero pensaba en los designios del azar y los infortunios personales que suelen alterar las rutinas. Asomó un ojo para comprobar que estuviera durmiendo y con suma cautela ingresó al cuarto. Conforme a lo planeado el perro estaba sedado en la alfombra. Cerró la puerta detrás de ella y se acercó a la orilla de la cama. La contempló durmiendo un instante, casi desnuda, con la boca abierta, los ojos vencidos, el escaso pelo alborotado, y la piel dañada por los años y el sol. Para no tentarse de tenerle piedad como en otras ocasiones, Guillermina cerró los ojos e imaginó una voz que la sostenía en su decisión, le decía que era lo mejor para todos, que no se frenara. Pasado ese punto ya no había lugar en su imaginación para otras variaciones, de tal manera que el final se precipitó sobre ella. A continuación sus manos se movieron por sí mismas, sin necesitar de una orden, como dotadas de una inconsciencia propia. La almohada fue empuñada como un arma, la escena duró unos segundos, hasta que la anciana ya no se movió más. Una lágrima de angustia ocupó la mejilla izquierda, la mano, otra vez astuta, la limpió sin dejar rastros.

La madrugada ya estaba cerca y aún faltaba imprimir la nueva suegra. El rediseño incluía gratis, aparte de la actualización ética y moral, la incorporación de la quintaesencia de la modernidad, sin la cual se tilda a las personas de erratas, inútiles o locos. La suegra reimpresa sería flexible: “flexibilidad asegurada” decía la garantía. Y siempre, hizo especial énfasis en este punto la vendedora, manteniendo la perfecta ilusión de un aspecto físico deteriorado. Cuando el proceso de impresión iba por el siete por ciento, Guillermina no pudo más del cansancio y se durmió sobre la mesa donde estaban desplegados los manuales de uso.

Hacía el alba soñó que penetraba en la cocina de la casa y preparaba la cena con ayuda de la nueva Angélica. Era un encanto, no solo le permitía hablar y ser escuchada en sus opiniones sino que le aplaudía virtudes que solo ella veía. También callaba con hipocresía para no revelar alguna mentira evidente. Se reían juntas y hablaban de Adrian sin ningún tipo de ceremonia especial. Fue durante la sobremesa que la flexibilidad de la nueva suegra partió de espanto a Guillermina. Bruscamente la conversación se volvió una pesadilla, ¿acaso existía algo peor que la suegra se mudara con ella y Adrian? Antes la habían atado sus costumbres, su enojo con la ciudad, el cariño a la casa. Pero la suegra actualizada revelaba un profundo amor por la vida citadina y las evidentes comodidades del aire acondicionado. En este punto, para suerte de Guillermina, el sueño se quebró.

Despegó su cabeza de la mesa donde se había dormido. Unas pesadas gotas de sudor le corrían por el rostro hasta empapar la remera a la altura del cuello. Estaba fatigada y preocupada, pero sin certeza de los motivos. Las vagas imágenes del sueño se deshilachaban y perdían forma con cada intento de sujetarlas. No tardó en sentirse aliviada por el olvido y pertenecer otra vez a la realidad donde su único anhelo era ver terminada su creación. Vio con estupor la pantalla de la impresora, donde un pequeño aviso aparecía y desaparecía de forma intermitente. No podía ser algo bueno. La máquina avisaba que los cartuchos estaban vacios y que el proceso se había frenado al cuarenta por ciento. Guillermina se lanzó a revolver las cajas en busca de un repuesto. Pero su labor no tuvo ningún resultado. Su último impulso fue deslizar la tapa de la impresora y comprobar que el feto no tenía vida. Su impotencia se lanzó toda junta en un grito que reventó las telarañas del laberinto. Una última imagen se le cruzó antes de que el velo de la consciencia se levantara. La culpa era del terrible calor, había aniquilado las células madres.

Despertó en la camioneta mareada y con náuseas. Adrian le decía que estaban a unos pocos kilómetros de llegar. Ella escuchaba, no estaba segura que fuera una buena noticia. Pensó en lo extraña que sonaba la voz de su esposo, este la miraba con expectativas y le pedía algo. Sin entender porqué, Guillermina voltio a ver las cajas golpeadas por el sol. Sin asombro, ya que no podía recordar que había soñado dentro de un sueño, sintió una súbita gratitud.

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