Las versiones de mi padre

Las versiones de mi padre

[Gustavo Carrión Aguana]

Sentado frente al escritorio de su estudio, miraba fijamente una de las paredes, llena de sus logros académicos y profesionales, títulos, diplomados, reconocimientos; podría considerarse como la pared del éxito. Al bajar un poco la mirada y centrarla sobre el escritorio se podían observar algunos retratos familiares, entre ellos destacaban dos en particular, uno de su boda hace unos quince años y el de la fotografía del cumpleaños 10 de su hijo, había sido hace apenas unos tres meses. Cualquiera podría decir que lo tenía todo, trabajo estable, una familia y el cariño de la misma; la vida perfecta que cualquiera pudiera desear.

Niño, adolescente, joven, adulto. ¿Realmente las etapas de la vida importan? Eso era lo que Antonio se preguntaba a sus 42 años de edad; no era cualquier pregunta, él conocía la respuesta, esa pregunta rozaba los límites entre el sarcasmo y la ironía, además de estar impregnada por pesimismo y resignación. ¿A qué se debía todo esto?

Sus pensamientos se vieron interrumpidos al escuchar el sonido de la puerta, era su hijo Adrian con sus característicos tres golpes rápidos en la madera.

—¡Papá, papá! —gritó el pequeño y entró rápidamente al estudio con una sonrisa de oreja a oreja—. Mira mi dibujo ¡Mira, mira!

—¿Qué has dibujado hoy? —preguntó mientras tomaba la hoja de papel—. Hmm, pues no está nada mal.

—¿Nada mal? ¡Pero si está perfecto! —la emoción se desbordaba por los ojos del pequeño mientras daba pequeños saltos—. Es lo mejor que he hecho hasta el momento.

—A ver, cuéntame de qué se trata —colocó el dibujo sobre el escritorio y cargó al niño en sus piernas para que este le explicara qué había dibujado—.

Adrian era uno de esos niños que son muy activos y siempre se encuentran haciendo algo, en este caso al pequeño le encantaba dibujar, había heredado ese toque de su padre, quien era diseñador gráfico y pasaba horas en su estudio, trabajando.

—Te explico papá, se trata de una máquina que puede imprimir cosas, muchas cosas    —la voz de asombro y misterio con la que relataba y explicaba su dibujo eran propias de su madre; una escritora consagrada que siempre atendía a su pequeño y le contaba historias antes de dormir—.

—Oh, qué increíble hijo. Te felicito —acarició la cabeza del niño y luego lo bajó de sus piernas—. Creo que por aquí tengo algo para ti—. Abrió uno de los cajones del escritorio y sacó un block de dibujo.

—¿Es para mí? ¡Gracias papá! ¡Gracias! —El pequeño se abalanzó sobre su padre y le dio un fuerte abrazo—. Te quiero, papá.

Aquel “te quiero” retumbó en la cabeza de Antonio y sin poderlo evitar, una lágrima brotó de sus ojos y recorrió su mejilla. Se limpió rápidamente con una de sus manos, no quería que su hijo lo viera así; desde siempre se había preocupado por mantener una apariencia firme y tenaz, buscando ser un buen ejemplo para el niño.

—Ve con tu madre, muéstrale el dibujo así como me lo has mostrado a mí —dijo reponiendo su voz, tratando de que no sonara entrecortada por el nudo que aún permanecía en su garganta.

            El pequeño Adrian le sonrió de nuevo a su padre y salió del lugar dando pequeños saltos de alegría; en su mano izquierda llevaba el dibujo y en la derecha el block de dibujo que recién le habían regalado. Para tener apenas diez años mostraba un gran talento en el dibujo, lo más probable es que siguiera el ejemplo de su padre y estudiara alguna carrera relacionada con el arte.

            Al cerrarse la puerta se levantó de la silla y comenzó a caminar dentro de la habitación, movió algunas cosas y mientras cambiaba cosas de lugar, se encontró con una caja que estaba un poco empolvada, la tomó y la colocó sobre el escritorio. Tomó un paño y quitó el polvo y el sucio de la superficie, al parecer esa caja tenía mucho tiempo sin abrirse. Antonio no recordaba qué hacía esa caja allí y tampoco tenía idea alguna sobre lo que pudiera contener dentro. La curiosidad pudo con él y se dispuso a abrirla.

—Vaya, vaya, pero qué tenemos aquí… —murmuró para él mismo al darse cuenta que dentro de la caja se encontraban algunas pertenencias suyas de cuando era más joven.

            Sacó alguna de las cosas, entre ellas un viejo guante de beisbol; era de cuando tenía 14 años y practicaba en el equipo del colegio. Varios recuerdos se vinieron a su mente, alegrías, tristezas, pero sobretodo: nostalgia.

            Nuevamente fue interrumpido, pero esta vez por la voz de su esposa que lo llamaba para comer. Dejó la caja abierta sobre el escritorio y salió de la habitación rumbo a la mesa; al llegar vio al pequeño Adrian sentado, sin haber tocado la comida, lo estaba esperando para comer todos juntos, en familia.

            La cena transcurrió en silencio y muchas miradas se intercambiaban entre Antonio y Mercedes, su esposa. Ambos trataban de mantener un ambiente ameno para su hijo, para que pudiera crecer sin que nada le faltara. Nunca habían pasado por alguna crisis en su matrimonio, todo había transcurrido de maravilla, hasta hace unas semanas cuando Antonio recibió los resultados de unos exámenes médicos que se realizó.

            Al terminar de cenar se levantó, se acercó al pequeño y depositó un beso en su frente.

—Buenas noches, Adrian. Te quiero —le dijo antes de ponerse en marcha nuevamente hacia la habitación que usaba como estudio y oficina. Una vez allí se acercó al escritorio y miró la caja con sus viejas pertenencias. Al lado se encontraba un sobre; el sobre que contenía sus exámenes médicos. Lo abrió y sacó la hoja con el resultado, ya había repetido el procedimiento todas las noches desde hacía una semana, quizás con la esperanza de que cambiaran mágicamente y que no fuese real que padecía una enfermedad terminal.

            El doctor le indicó que con el tratamiento su vida podría alargarse unos 5 o 6 años más y de no someterse a ninguno, la enfermedad lo consumiría en seis meses. Antonio siempre fue reticente con los médicos y las medicinas, nunca le gustó realizarse chequeos ni revisiones. En cambio ahora deseaba tener una máquina del tiempo para regresar al momento adecuado y diagnosticarse a tiempo. Si bien no le temía a la muerte ni a lo que viniera después, le aterraba la idea de que su hijo creciera sin un padre.

            Las semanas fueron transcurriendo, ya no realizaba trabajos, solo se encerraba en el estudio por horas y horas. Una mañana mientras estaba sentado y viendo el reloj, percatándose de que el tiempo poco a poco se le iba, se le ocurrió una idea: dejar un legado para Adrian. Pensó que si no estaría físicamente en su vida, al menos quería estar presente con algo que le fuese dejando enseñanzas y consejos, algo que lo hiciera pensar que nunca se fue. Mientras tanto había decidido tomar el tratamiento médico respectivo para mantenerse sano durante su nuevo proyecto.

            Su idea era dejar uno o más block de dibujo repletos de anécdotas de su vida plasmadas en el papel, con ayuda de fotografías y aquella vieja caja de pertenencias fue realizando dibujos día tras día, alguno le tomo más tiempo que otros; no siempre es fácil plasmar una idea y transmitirla tal como se desea. La verdad, no le importaba el tiempo que tardara, quería hacerlo lo mejor posible. Al cabo de dos años ya tenía un block completado y la mitad de otro.

            El tratamiento cada vez se hacía más fuerte y de momentos pensaba en dejarlo, pero luego veía la sonrisa de su hijo al llegar de la escuela y era capaz de darle las fuerzas suficientes para sobreponerse a cualquier cosa.

            Nuevas ideas llegaron a su mente y comenzó a realizar retratos, retratos suyos de cuando era más joven hasta llegar a como era justo ahora; decidió llamar ese trabajo como “Versiones”. Inclusive llegó a incluir retratos familiares e incursionó un poco en el mundo del dibujo en 3D, definitivamente ese sería el trabajo más importante de su vida.

            Tres años más tarde ya había terminado varios block, en los cuales incluía momentos memorables como la primera graduación de Adrian, los cumpleaños, navidades y fiestas importantes, todo estaba trabajado allí con un realismo increíble, de hecho, si se observaban de lejos parecían fotografías tomadas por alguna cámara profesional.

            Tal como su doctor lo había pronosticado, Antonio murió a los 47 años de edad, unos meses después de haber concluido su último dibujo; su boda con Mercedes. Adrian ya había cumplido 15 años en ese entonces, la muerte de su padre le afectó mucho, tanto así que no volvió a dibujar. No podía tomar un lápiz y realizar más de tres trazos porque rompía en llanto. Su único consuelo era revisar todas las noches aquellos block que su padre había elaborado para él.

            Un año más tarde, en su cumpleaños número 16, su madre le entregó una carta, una carta que había escrito Antonio y le pidió que la guardara hasta el cumpleaños de Adrian. El joven asombrado se dirigió al estudio de su padre y comenzó a leer la carta; en ella su padre se disculpaba por no haberle contado nunca de la enfermedad, hasta que fue demasiado tarde y le explicaba sus motivos. Mientras leía comenzó a llorar y las lágrimas comenzaban a caer sobre el papel, pero de un momento a otro, una sonrisa se dibujó sobre su rostro al leer el último fragmento de la carta:

“Rompiendo cada ventana, abriendo paso a las corrientes de aire para que todo fluya, así comienza este viaje, así comienza esta travesía. Un destino incierto, pero cientos de caminos por tomar. ¿Cuál de todos elegir? Todo está en mi mente, todo está en mí. Si quiero puedo volar, si quiero puedo nadar, todo lo que quiero, lo puedo.

Cierro los ojos y puedo ver, cierro mis ojos y puedo crear. Algunos dicen que es un gran río, otros dicen que son nubes, pero para mí es mucho más que eso; puedo pescar ideas y hacerlas volar sobre las nubes, puedo crear universos en cada lugar que yo decida, puedo ser parte de cada uno de ellos. Cierro mis ojos y puedo ser un artista, cierro mis ojos y puedo ser un explorador, pero mejor aún, cierro mis ojos y puedo ser el viento, los mares, las aves, cierro mis ojos y puedo ser todo aquello que siempre quise ser. Sin mirar atrás, sin detenerme a pensar si puedo fallar, pues solo debo imaginar y así todo lo que quiero puedo lograr”.

Aquel extracto era su legado y lo que se convertiría en la fuente de inspiración para Adrian. Si bien es cierto, nunca volvió a dibujar, pero se había fijado una meta clara y estaba dispuesta a conseguirla.

Al entrar en la universidad eligió la carrera de ingeniería, pasaron largos años en los que su padre siempre estuvo presente a través de sus dibujos, los cuales Adrian había decidido enmarcar y pegarlos en su habitación para verlos cada noche antes de dormir y cada mañana al despertar. Pero uno en específico le acompañaba a todas partes, se trataba de aquella impresora que había dibujado cuando tenía diez años, aquella impresora que podía imprimir cualquier cosa.

Se graduó con honores y su proyecto final fue aceptado por una gran empresa, pionera en desarrollo tecnológico, aquel proyecto fue el que tuvo en mente desde el día que leyó la carta de su padre: convertir aquellos dibujos en realidad.

De allí surgió la primera impresora en 3D, la impresora que ideó cuando era niño, la impresora que parecía una locura y algo imposible de lograr pero la impresora que surgió gracias a estas palabras: sin detenerme a pensar si puedo fallar, pues solo debo imaginar y así todo lo que quiero puedo lograr. Adrian se encargó de convertir aquellos dibujos de su padre en impresiones a distintas escalas y de esa forma su padre lo acompañó por el resto de su vida.

Desde ese momento se dice que cuando el arte se unió con la tecnología, las creaciones más hermosas salieron a la luz y todo fue gracias a una idea, a un sueño; pues los sueños son el origen de todas las cosas fantásticas que hoy en día conocemos.

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