Versión Mejorada

Versión Mejorada

[Lucía Espejo Tello]

Atrévete a soñar, sueña. Atrévete a vivir, vive. La primera opción es la que todo el mundo desea, sin dificultades ni temores, un mundo de ensueño a nuestra medida, cuyo único límite es nuestra propia imaginación. Sin embargo, la segunda es la más temida por la humanidad, la que te hace temblar y dudar, la que te echa para atrás sin cumplir tus sueños más anhelados. Estoy más que segura que la mayor parte del planeta lo ha abandonado sin poderse haber atrevido a cumplir sus mayores anhelos. ¿Cuántas miles de personas se arrepintieron a lo largo de su vida de no haber confesado sus amores más secretos y profundos por miedo a ser rechazadas? ¿Cuántas no estudiaron aquello que más deseaban sólo por el miedo de que sus carreras tuvieran pocas salidas? ¿Cuántas dejaron sus sueños por cumplir, cuántas? Un día te despertarás, mirarás a tu alrededor y verás que ya no hay marcha atrás, que tu tiempo se agota, y tus sueños se desvanecen, porque solo sueños son. Si quieres soñar despierto, sueña, pero no te servirá de nada si no luchas por ello.

–…chez, señorita Sánchez –unos oscuros ojos me observan tras unas enormes gafas. Me sobresalto. Tengo su cara a pocos centímetros de mí y su aliento me estremece. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo, desde la punta de los dedos de mis pies, hasta mi última neurona–. Veo que no sabe la respuesta a mi pregunta, jovencita.

Echo un rápido vistazo con el rabillo del ojo a la pizarra para ponerme al día de lo que está hablando. No me es muy difícil pillar el hilo de la clase.

–Fue Luigi Montellini, a finales del año 2055, quien lo corroboró gracias al modelo 01100001, el primer prototipo que se creó–. El profesor hace un seco gesto de afirmación y continúa dando su aburrida clase.

Somos agua y somos tierra. Somos sentimientos y emociones. Somos conciencia, somos humanos. Somos seres, somos vida. Vida, somos vida hasta que nos la arrebatan, y para algunos demasiado pronto. No sabemos cuándo va a llegar nuestro final, y sin embargo dejamos pasar el tiempo, hasta que este nos alcanza y entonces miramos atrás y nos damos cuenta de todo lo que no hemos y queríamos hacer. Tantos sueños anhelados escondidos en el baúl de nuestra memoria, tantos sueños por cumplir. Me pregunto si realmente el profesor Alberto soñaba con darnos historia o aspiraba a algo más en su vida. Sus monótonas y aburridas clases, su poca apatía y su desgana… Debería coger un día y dejar esto atrás y hacer aquello que le guste porque, ¿quién sabe? Mañana podría ser demasiado tarde ya.

La alarma suena y Alberto da por finalizada su clase. Mónica se acerca a mí y dice algo sobre una fiesta. Es verdad, la fiesta de la cerveza gratis. Sonrío como si me interesase lo que me está contando, como si aquello fuese importante para mí. Pero no quiero mostrar otra actitud, hoy no, generaría sospechas. Sin que se dé cuenta meto un micro terminal en su bolso, que se activará esta noche a las doce, y me disculpo excusándome un momento para ir a mi habitación antes de que sea la próxima clase, la cual vuelve a dar Alberto para recuperar la hora del lunes que no vino, pero yo no pienso ir, tengo mejores cosas que hacer. De todas formas nadie notará mi ausencia, o eso espero si todo sale como he planeado.

Avanzo entre los estudiantes y me dirijo hacia las habitaciones, pero no entro en la estancia, me dirijo a la puerta que hay en frente, la que conduce a los proyectos de las diferentes facultades que convergen en mi comunidad universitaria. Abro la puerta y me dirijo hacia la de mi carrera, Cuántica Avanzada, que abro también y busco la que indica mi nombre: Mireia Sánchez Aguayo. Introduzco mi código de seguridad y miro fijamente al terminal que tengo al lado que me hace un escaneo de ojo. Se abre la puerta metálica que me conduce al interior de una pequeña y acogedora sala. Cierro tras de mí y me dirijo a la cápsula acristalada que hay al fondo la cual abro nuevamente con otra llave. La miro fijamente y una sonrisa tonta se me dibuja en el rostro. Mi obra maestra. Siento como si enfrente tuviese un espejo, o una fotografía en 3D. Hasta la más minúscula imperfección de mi rostro se ve reflejada en ella. Observo cómo su cabello castaño ondeado cae sobre sus hombros en una imperfecta melena idéntica a la mía. Toco el cabello y un escalofrío recorre todo mi ser, parece tan real… Contemplo su rostro. A pesar de que tiene los ojos cerrados sé que tienen un color castaño inconfundible. Toco sus suaves mejillas con mi mano izquierda, mientras la derecha roza las mías, y por un instante siento como si sólo tocase mi rostro. Mi misma mediana estatura, mi mismo tono claro de piel… Tras un rato mirándola y analizar nuevamente la situación la activo con mi voz.

–Activar prototipo 11110001 –abre suavemente los ojos y me mira–. Hola, hoy es el día –informo y me mira fijamente.

–Hola Mireia Sánchez. Desempeñaré mi trabajo con gran eficacia. ¿Empiezo ya?

–Sí, la segunda hora de Alberto comenzará en cinco minutos –me quito la mochila y se la coloco. Le atuso un poco su pelo castaño y le entrego las llaves–. Me quedaré aquí hasta que calcule que no haya nadie por los pasillos. Te he dejado en mi terminal portátil lo que les tienes que entregar cuando me vaya, ¿vale? Tienes un documento explicándotelo todo con detalle y a quién va dirigida cada carta. Sus nombres los tienes procesados ya.

–Sí, Mireia. Los nombres los tengo todos procesados –señala su cabeza–. Te vas, que tengas buen viaje.

–No es por ser egocéntrica, ¡pero me encantas! He hecho un buen trabajo contigo, tu capacidad de almacenamiento es alucinante, analizas sistemáticamente y procesas todo tan rápidamente sabiendo lo que es más adecuado decir en cada momento. ¡Es alucinante! –exclamo con euforia.

–¡Gracias! –exclama tras procesar la señal de que ha recibido un elogio.

Se marcha y me quedo sentada en mi sillón azul marino giratorio, dando vueltas mientras espero impaciente para salir de allí, aún me queda trabajo por hacer.

Llego a mi habitación y comienzo con mi plan deseando que no se estropee por ningún motivo. Lleno la bañera de agua caliente y empiezo a esparcir los tres tarros de mascarilla de arcilla que tengo preparados. Introduzco medio vaso de sal yodada mezclada con una pizca de limón y nuez molida. Cuando compruebo que todo está bien mezclado introduzco un pie para comprobar la temperatura del agua. Perfecta. Aunque se ve un poco asqueroso, me sumerjo en su interior, de pies a cabeza. De vez en cuando saco mi cabeza al exterior para respirar aire puro y vuelvo a introducirme. Tras 20 minutos quito el tapón y aquella agua embarrada empieza a consumirse por el desagüe. Espero 20 minutos y me doy una leve y rápida ducha de agua fría. Seco mi piel con una toalla y la envuelvo con un fino vestido azul celeste. Abro un armarito de donde saco un botiquín y cojo y bote pequeño.

–Allá voy…–digo mirándome en el espejo puede que por última vez. Lo abro y con una jeringuilla introduzco su líquido interno en mi cara. Su efecto empezará en breve. Guardo todo y salgo de allí rápidamente.

Los pasillos están vacíos, pero sé que no por mucho tiempo. No me detengo para mirar por última vez aquellos amplios pasillos de grandes techos y escalinatas de caracol. Todo el edificio parece una mezcla de arte histórico, donde lo antiguo y lo moderno se unen para recibir a las facultades que convergen en la Comunidad Universitaria.

6 Facultades, 25 carreras, una Comunidad. Ese era el eslogan que aparecía en el terminal cuando me llegó el certificado de admisión. La Comunidad Universitaria Española, perteneciente al 25P, una de las 25 mejores universidades del mundo me había admitido. Recuerdo con añoranza aquel día, mi sueño se iba a hacer por fin realidad. Estar aquí es uno de los mayores sueños de muchos estudiantes, un sueño que por desgracia no para todos puede convertirse en realidad. Pocos tienen el privilegio de entrar, y yo fui una de ellas. Parece que fuera ayer, y ya han pasado cuatro años de eso. Salgo al exterior y contemplo rápidamente cómo los estudiantes de diversas facultades van de un lugar hacia otro. Algunos entran al edificio del que yo he salido, donde se encuentran las clases de las distintas facultades, con sus respectivos lugares de acceso a los proyectos de prácticas y las habitaciones. Otros salen a respirar el aire, a echar un rato de charla con sus amigos o simplemente a despejarse. Los hay quienes se adentran en otras estancias, como la biblioteca, el gimnasio o la cafetería. Pero yo no voy a ninguno de esos sitios, mi destino es otro. Mientras camino miro fijamente el edificio al que me dirijo, el que le da prestigio a la Comunidad, sin el cual no hubiésemos entrado hace cuatro años a formar parte del Plan 25, sin el cual seríamos una comunidad universitaria más. Es el Centro de Investigación de Física y Tecnológica. Un edificio azul grisáceo de veinte plantas donde la física y la tecnología dan cabida todos los días a múltiples experimentos de diversa índole, y donde también ambas se fusionan para dar pie a un sinfín de nuevos experimentos e investigaciones.

Llego por fin al centro de investigación de la comunidad universitaria. Mucha gente me ha visto ya, pero como aquí unos y otros vamos con prisas nadie se ha percatado en nada extraño en mí. Me encuentro en el vestíbulo principal, y antes de sumergirme en mi plan, tomo el ascensor más cercano. El pequeño cubículo redondo acristalado, donde pueden caber un máximo de 6 personas, me transporta al piso segundo cuando se lo comunico al terminal del ascensor. Salgo y me dirijo hacia mi izquierda hasta la puerta número 15. Me apoyo contra la pared y escucho las máquinas. Suspiro. Quizá hoy las escuche por última vez. Aún recuerdo cuando de pequeña me gustaba jugar con la vieja impresora 3D de papá. Era bastante rudimentaria para la época en la que estábamos, pero él no quería separarse de ella. Decía que la magia que contenía no se encontraba en las de nueva generación. Me gustaba ayudarle a crear cosas, pequeños artefactos, y soñaba que algún día haría algo grande. Por eso me metí en el bachiller de ingeniería básica e informática avanzada.

Un hombre sale de la habitación con una caja transparente cerrada y rápidamente me escondo tras un muro blanco para que no me vea. No hace faltar ver la caja para saber qué lleva ahí: ratas 3D para uso experimental. Gracias a los avances tecnológicos, hace cuatro décadas ya que no se utilizan seres vivos en el uso experimental. Estoy segura que las lleva a la facultad de investigación de medicina. Suspiro aliviada de que no me haya visto, no solo porque no tengo pase para estar por aquí, sino porque el paralizante que me inyecté hace un rato avanza rápidamente, apenas podría ni hablar ya. Sin embargo aún queda hasta que llegue a mis piernas.

Sin más miramientos me dirijo nuevamente al ascensor para alcanzar mi destino antes de que sea demasiado tarde. Le indico al terminal que deseo ir al piso veinte. Cuando llego camino por el pasillo derecho hasta una puerta al fondo, donde se encuentra el almacén. Abro con mis llaves y me dirijo a la cápsula acristalada donde se encuentra mi prototipo que hice en la carrera, el segundo en mi vida. La miro y compruebo que todos los detalles están controlados. Me ha costado mucho esfuerzo en parecerme a ella, y eso que solo han pasado tres años desde que la creé, sin embargo he mejorado mucho en mis creaciones. Si fuera “Ñ” la que estuviese aquí, no tendría que haberme hecho nada, es la creación más vívida que existe. Nadie ha creado una “Ñ” aún. El prototipo que tengo frente a mí es un 01101010, a quien identifico como “J”. Parece una tontería pero es más fácil nombrarlos por las letras del abecedario que por sus correspondientes binarios. La miro unos instantes y la enciendo con el botón que tiene en la nuca.

–Hola “J”. Tienes que ir a la habitación secreta. Te he instalado el mapa en un chip, no tendrá pérdida. Con esta llave podrás abrir la habitación secreta –le entrego una llave.

–Gracias –dice marchándose. Cuando ya se ha ido me meto en la cápsula y cierro desde dentro. Ahora solo queda esperar.

La habitación secreta a la que he dirigido a “J” es el cuarto de la limpieza de esta planta. Es una máquina que obedece las órdenes implantadas, no comprende, ni siente ni padece. Y aún así preferí introducirle que iba a una habitación secreta y no a un simple cuarto de limpieza.

Me meto dentro de su cápsula. Cierro los ojos suavemente y empiezo a recordar. Lo primero que se me viene a la mente es el momento en el que decidí que quería ser física. Tenía siete años y papá cambiaba de canal hasta que decidió poner Canal 23. Yo miraba atentamente, porque era la primera televisión en 3D que teníamos y me encantaba jugar a pasar mi mano delante de aquellas personas que en realidad no se encontraban en mi salón. Aquel día, mientras comíamos, un señor explicaba en una entrevista que por fin todas las teorías y especulaciones que durante décadas trataban de descubrir el verdadero mecanismo de los deja vú, dejando atrás las falsas teorías de la mente, había podido corroborarlas. Cuando una persona tiene un deja vú es porque justo en ese momento, un yo tuyo paralelo, está haciendo lo mismo. Yo me quedé simplemente con que se había comprobado científicamente que existían otros mundos paralelos, lo otro lo comprendí conforme fui creciendo y me fui interesando más por la física. Es por eso que decidí estudiar cuántica, para que al acabar pudiese especializarme en física. No realicé el bachiller de física porque simplemente aún no existe, aunque quieren implantarlo dentro de dos años. Sin embargo, la informática y la ingeniería son para mí como una especie de afición. En el proyecto de fin de curso, hice mi primer prototipo, un 00110110, al que yo llamé “F”. Era bastante rudimentario y el material obsoleto, además de haber empleado la antigua impresora de papá. Sus movimientos eran dificultosos y solo decía 250 palabras, sin embargo para tener aún 17 años fue un gran reto. Fui la única en clase que hizo un prototipo. La mayoría optó por algún objeto complejo, exceptuando a Dani, el chico que creó una tortuga de plástico que imitaba en parte a las tortugas marinas. Para ser sincera “F” realmente hablaba 500 palabras, pero el día anterior de exponer los proyectos, decidí acortárselas. Me entusiasmaba la idea de ser la mejor, además de impresionar a Dani, pero creí que de esa forma no se sentiría en ridículo ante mí, y eso que su proyecto era de los mejores. Sin embargo, a pesar de todo, nunca fui capaz de confesarle mis sentimientos, y desde ese día nunca lo he vuelto a ver más.

Ya no siento mi cuerpo, todo está paralizado, en pocas horas empezaré a recuperar mi movilidad lentamente, en pocas horas mi sueño más anhelado se hará realidad.

La vida pasa más deprisa de lo que podemos imaginar, y para algunos acaba antes de tiempo. Macabro destino con injusto final, ¿por qué yo? Hace una semana fui a una revisión médica y me diagnosticaron RTCS, una enfermedad poco común, que sólo tiene cura si se diagnostica a tiempo. Si me la hubieran diagnosticado hace un mes ahora estaría curada. Sin embargo me quedan dos semanas de vida. Maldita injusticia.

Dentro de dos años, podría haber explorado un mundo paralelo yo misma, soy una de los pocos que pueden. Ahora mismo son nuestros prototipos los que son teletransportados allí, todavía corremos el peligro de morir en el intento, hay que esperar dos años, pero para mí será demasiado tarde, así que… ¿qué más da intentar tu sueño ahora si dentro de dos semanas voy a morir igualmente? Y eso me dispongo a hacer, sustituir a “J” en su expedición. Si paso el umbral sin morir habré conseguido mi objetivo, y podré buscar a mi “yo” de allí y pedirle ayuda. Ella estudia medicina, y al igual que yo aquí, su nivel intelectual supera a la media. Además allí los avances médicos están muy por encima de lo que aquí están. Sin embargo sus estudios físicos están a años luz de los nuestros, no saben de nuestra existencia. He recabado toda la información obtenida de “J”. Cada prototipo de los 6 que son teletransportados va a un mundo paralelo distinto, ya que por cada persona hay diversos mundos. Por cada decisión que tomamos se crea uno nuevo, y así siempre, hasta un número infinito. Eligen los más acordes al que vivimos.

La medicina la elegí como segunda opción si no me daban plaza en cuántica, pero no era lo que más me gustaba. Sin embargo, se ve que a mi otro yo sí, era su prioridad. ¿Le gustará la física?

No sé el tiempo que ha pasado, parece que ya es la hora. El tiempo vuela. Alguien abre la cápsula y roza mi nuca. Abro lentamente los ojos. Mi movilidad es similar a la de “J” gracias al paralizante. Tras una serie de pruebas, me introducen en una cápsula en forma de huevo. Me coloco en forma de feto.

Tengo una hipótesis que nunca podré corroborar si no sobrevivo: si el mundo es infinito, ¿el fin del mundo es su comienzo?

Al cabo de un rato, comienza la cuenta atrás: 3, 2, 1…

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