Adara de Samotracia

Adara de Samotracia

[Laura Mayo]

Buenos Aires, 2013.

Entró a la oficina.

Lo esperaba el Dr. Lucien Lambert. Alto, sonriente, mucho mayor de lo que esperaba.

- Sólo quiero conversar con usted, soy su último entrevistador.

Después del escalofrío, Franco decidió que tenía que apostar a todo o nada:

- ¿No bastaron siete entrevistas para demostrar mi determinación?

- La determinación a veces procede de la arrogancia. No siempre es una virtud. Quiero que me cuente por qué quiere ganar esta beca... ¿No le pareció importante mencionar que cursó estudios artísticos para ingresar al museo más grande del mundo?

- Bueno…, – dudó Franco - buscan un ingeniero, no un artista o un restaurador… Y yo soy ingeniero. No soy artista, por eso dejé esos estudios…

- ¿Y qué espera aportar al Proyecto?

- Si me permiten usar los escáneres y las impresoras 3D…

- Sí, le dejaremos usar nuestros juguetes… - le interrumpió Lambert - Pero ¿por qué quiere hacer una tarea que podría hacer cualquier estudiante de primer año?

Franco se sintió al descubierto: cualquier mocoso podía usar un escáner y lograr una impresión buena. Se sonrojó.

- Calma, muchacho. Sólo quiero saber qué está persiguiendo…

Franco dudó. La imagen de Adara se le cruzaba a cada momento. ¿Había pasado años sufriendo por ella? Se sinceró:

- Estoy persiguiendo dos cosas. Un estudiante de primer año puede hacer un catálogo 3D, pero no puede perfeccionar la captura y tampoco puede desarrollar una impresión 3D que no sea una burla para cualquier artista…Yo sí puedo mejorar las técnicas…

- ¿Y la otra? – le interrumpió el viejo.

- Una mujer… - respondió Franco, desinflándose.

- ¡Bienvenido al Programa de Catálogo Digital del Museo del Louvre! – El viejo sonrió, le tendió la mano y agregó: – No hay motor más potente que el amor para el descubrimiento.

Khíos, 193 (adC).

Milos soñó con Adara.

La vio subir al Callio, anclado en el puerto. Tenía una paloma entre sus manos, blancas como el bloque de mármol sobre el que Milos dormía. Se trepó a la proa y elevó sus brazos, liberándola.

El viento levantó su túnica y los pliegues se convirtieron en alas. Giró el rostro hacia Milos. Le dedicó una sonrisa dulce y una mirada triste. Su cuerpo transfigurado aleteó en la noche. El Callio respondió a su impulso, se deshizo de sus amarras, alejándose de la dársena.

En unos instantes sólo quedaba del navío una estela de espuma diluyéndose en el agua negra. Adara se había ido para siempre.

Milos despertó sobresaltado.

La noche se había ido y el bloque de mármol yacía bajo su cuerpo.

El armador le había encargado una figura para colocar en la proa. El Callio partiría hacia Taso en cuanto estuviera terminada. Sólo requería una imagen sencilla, que no exigiera más que ese bloque de mármol.

En su mente el bloque se elevaba, quedaba suspendido en el aire, ofrecía su cara más ancha hacia la luz.

Tomó unos carbones y trazó unos bosquejos.

Llamó a los aprendices y les indicó armar las poleas para ponerlo de pie.

Alcander, su ayudante, murmuró a su oído:

- Maestro…, la base pequeña no soportará…

- Entonces quedará colgado hasta que lo resolvamos – respondió Milos.

Había conocido a Adara en Samotracia. La veía allí, atrapada en la roca tendida en el suelo. Podía acariciar su delicado mentón. Su muslo podía adivinarse bajo el pliegue de la túnica. Los dedos de sus pies atrapaban el equilibrio de su cadera.

Sus ojos de agua le suplicaban que la liberara.

- Empezaremos desde abajo –explicó Milos. – Así podremos garantizar el apoyo…

- Tendremos que ser muy cuidadosos para lograr el equilibrio – completó Alcander.

- Eso no me preocupa… - confesó Milos en un susurro – Lo más difícil va a ser captar el gesto… - y se alejó.

- Está loco – masculló Eudor, el aprendiz más joven – el bloque se hará trizas…

La frase sobresaltó a Alcander. Sólo había visto unos bosquejos. Ninguna mujer había posado en ese taller ni había visto el modelo de barro.

Al final del día la base estuvo terminada. El bloque se apoyó delicadamente. Quedó algo inclinado, por lo que no removieron las ligaduras.

Eso parecía no importarle a Milos.

Ordenó que quitaran inmediatamente las escallas que cayeran.

Alcander descubrió que los aprendices robaban algunas. Pensó que era un gesto de admiración hacia el Maestro, pero cuando él mismo tomó una, sintió que estaba llevándose a la mujer.

Trepado al andamio, Milos cavó a cincel y trépano la curva del cuello, los hombros y el nacimiento de cada ala. Trazó cada rizo del cabello y cada detalle de las alas. No necesitó analizar plumas. Sólo cerraba los ojos y veía la dinámica.

Indicó a Eudor empezar el pulimento. Le pidió amor y respeto: era una diosa.

Cada noche verificaba que las cuerdas estuvieran bien colocadas. Acercaba su manta y dormía a los pies de su amante hasta que sus asistentes lo despertaban.

Vio a Alcander dando a la rodilla derecha, al descubierto de la túnica, la forma exacta que él le había indicado. Cuando alabó su tarea, Alcander pidió más instrucciones.

- Aquí abajo, quiero que talles…

- Sí, Maestro, – interrumpió - como si la protegiera y la adorara, allí tallo al perro.

Milos jamás había hablado del perro. No estaba seguro de incluirlo, pero le palmeó el hombro y volvió al andamio.

Para el último pulimento sólo Alcander lo asistió.

Retiraron las sogas con la suavidad de quien desviste a una virgen.

Si no mantenía el equilibrio, todo esfuerzo habría sido en vano.

Pero si se sostenía, Niké, la más hermosa imagen de la diosa de la victoria, recorrería los mares admirada por el mundo.

Cuando cayó el último lazo, Adara se tambaleó. La luz cambió y la estatua brilló.

Milos la vio inspirar y estirar las alas. Prefirió convencerse de que estaba recordando su sueño. Pero Alcander vio cómo el perro movía la punta de la cola y se acomodaba un poco más arriba de la pierna y no como él lo había tallado. Buscó en su bolsillo la escalla de mármol y estaba tibia como recién arrancada del manto.

Milos sintió que desfallecía. Ordenó cubrirla y retirarse a todos.

Dio a Alcander las instrucciones para emplazar la estatua en la nave y también lo despidió.

Tendió su manta a los pies de la estatua y su mente volvió a Samotracia. Mientras su boca recordaba la boca de Adara, se quedó dormido.

En su sueño la estatua cobraba vida sólo porque él la tomaba en sus brazos.

Lo rodeaba con sus alas inmensas y cubría sus ojos con besos.

Pero Adara no era más que líneas y trazos, rutas de cincel y buril. Su piel aparecía al acariciarla. Cuando sus manos dejaban de recorrerla, se transformaba en la sustancia inmaterial de sus dibujos.

Los aprendices lo encontraron afiebrado y lo llevaron a su cuarto.

Desde la ventana la vio partir.

Esa noche arrastró sus pies hasta la dársena. En el agua negra vio una estela de espuma.

Nunca se supo qué fue de él. Días después llegaron noticias: el Callio había naufragado y el mar había devuelto a la costa los restos de un perro muerto.

Buenos Aires, 2010.

Franco veía cómo sus compañeros se aburrían en la conferencia de los especialistas del Museo del Louvre acerca de técnicas de preservación.

Ellos serían profesores de arte en escuelas secundarias. Frustrados, en diez o quince años estarían culpando a sus padres en el diván del psicoanalista.

Pero a él la conferencia le parecía interesante.

Para ellos, bohemios y afiebrados, él era un extraterrestre, que una vez quiso ser escultor... Después de unas intervenciones en clase, lo miraban con desprecio:

- Vos vas a ser crítico. Sos incapaz de crear algo, pero podés encontrar el detalle que lo arruina todo. - le había dicho la rubia que se sentaba atrás.

Esa tarde se convenció de cambiar de carrera.

El taller de conservación de esculturas estaba a cargo de un profesor de la Facultad y una tal Adara Basinas, una argentina que trabajaba en París. Cuando el profesor la presentó, Franco se alegró: era una muchacha preciosa. Su cabello enrulado y oscuro resaltaba el color agua de sus ojos.

Aunque ella explicaba las técnicas con precisión, Franco se distrajo estudiando la curva del mentón, el arco del cuello, la forma del busto, el muslo bajo la pollera clara.

Adara cruzó con él una mirada. La había hecho sentir incómoda. Cuando se acercó a su mesa, la miró de frente y le dijo:

- Perdón, es un defecto profesional…

- Pero yo no estoy posando – le respondió Adara con voz áspera.

Franco aceptó su rechazo y a partir de allí atendió las indicaciones. Produjo unos buenos resultados que alegraron a los docentes: uno de los estudiantes había tenido éxito.

Se acercó a despedirse de su profesor y vio que Adara acomodaba las muestras.

Franco no pudo dejar de mirar sus manos. Tenía dedos largos, cubiertos por una piel clarísima que debía tener el tacto de la seda.

El profesor se excusó y salió corriendo. Franco sospechó que lo había dejado solo para que entablara conversación, pero la que habló fue Adara:

- Veo que los defectos profesionales son difíciles de superar – le dijo con una sonrisa.

- Cuando la imagen que uno tiene delante es casi perfecta…

- ¿Casi?

- Bueno, no he visto todo…

Adara soltó una carcajada y siguió acomodando la caja.

- ¡Me olvidé que estaba en Argentina! ¡Ni los franceses son tan caraduras!

- No, a los franceses los dejarás sin palabras.

- Ufa, vamos, te invito un café…

- No, en Argentina el café lo invito yo – y levantó la caja para ayudarla.

La charla se extendió durante los dos meses que Adara estuvo en Buenos Aires.

Pasaron de la pintura a la química, de la escultura a la física, de los estudios a los proyectos.

Adara era brillante. Franco descubrió que no le interesaban tanto sus pómulos como su mirada. La atracción era poderosa, el romance un trasfondo.

Pasaba el tiempo y Franco veía el final. El dolor se aferraba a su estómago. La perdería para siempre.

Una noche caminó hasta el departamento. Adara abrió la puerta.

- ¿Qué hacés acá?... ¿Querés un café?

- Vine a verte porque pasó algo… y sí, quiero café.

Adara sirvió dos tazas.

- Estás loco, amigo… ¿Qué pasó?

- Me di cuenta de que te vas en dos semanas.

- Sí, eso ya lo sabíamos…

- Es que sos mi mejor amiga, la única que me entiende…

Adara giró su rostro divino y lo miró con sus ojos de agua. Rodeó su cuello con sus brazos de cálido mármol y lo besó en los labios, con una boca blanda e intensa. Franco sintió que lo rodeaba con sus alas.

- Podemos aprovechar los días que nos quedan – susurró Adara.

Cuando se despertó tenía miedo de encontrar un hueco a su lado. Pero Adara estaba allí. Las sábanas tapaban apenas su espalda y una rodilla perfecta asomaba entre los pliegues. Los rizos oscuros descansaban sobre la almohada y su rostro estaba expuesto a la penumbra.

Adara volvió a París. Por correo electrónico, Franco le contó sobre su nueva carrera y Adara de su traslado a la sede de Lens.

La comunicación se fue espaciando en el tiempo, hasta que sólo fueron algunas fotos.

Franco seguía soñando con Adara. Cuando leyó el anuncio de la beca, se inscribió.

París, 2014.

Franco se instaló en la pensión y salió a la calle.

Llegó al Louvre y se presentó en la Administración. Con su tarjeta de identificación empezó a recorrer el museo. Llegó hasta la escalera Daru. La Victoria alada de Samotracia parecía a punto de levantar vuelo.

Se distrajo hacia un detalle de la túnica, que dejaba entrever la rodilla. Su vista recorrió el muslo, la cintura y el pecho adelantado hacia el mar.

En su mente, la mujer estiró sus alas para contener el viento, mientras sus brazos se extendían, ofreciéndole sus largos dedos. Un rostro dulce lo miraba con ojos de agua.

- Adara… - suspiró Franco. Se quedó con los ojos cerrados, esperando el abrazo, sólo un instante.

Pasó días estudiando el transporte de la estatua y la instalación de los equipos. Hizo bosquejos. Estudió los volúmenes, el peso, el equilibrio.

Terminaba su jornada sentándose cerca de la estatua. Cada día elegía un plano distinto. Se maravillaba con la elección de la pose y los detalles de la túnica. Encontraba indicios en la textura.

Semanas después, trazaba líneas en la pantalla. Quería minimizar aberraciones.

Los sensores captaban información y los equipos de decodificación trazaban las fajas que generaban la imagen de la estatua. El resultado no era lo que esperaba.

Encontró que en la integración de se ejecutaba una simplificación que aceleraba el proceso, pero adulteraba la sensación visual.

Tenía que modificar el programa para que mejorara la reproducción de la consistencia y la textura. Si no lo hacía, la obra parecería hueca.

En realidad lo sería cuando se imprimiera en 3D, pero Franco no podía permitir que se perdiera la majestuosidad del mármol. Antes que la mano pudiera rozar la pieza, aunque fuera sólo plástico fundido, el ojo debía provocar la pregunta: “¿Cómo pudo un ser humano hacer esto?”

Revisó por enésima vez los GK-maps. Algo estaba mal, pero no lograba encontrarlo. Se sentía frustrado. Cuando miró el reloj se dio cuenta de que la noche se había ido sin avisar.

Se tendió en la cama, arropándose con una manta. La bruma del sueño llegó enseguida.

Su cerebro reproducía las secuencias y revisaba los equipos.

La figura aparecía en el master. Exportaba los datos a la cámara holográfica y se generaba el modelo completo.

Adara estaba allí, con su rostro perfecto, sus brazos extendidos y las alas desplegadas. Un perro fiel se enredaba en su pantorrilla derecha. La cadera tenía la cadencia del paso y oponía resistencia al viento. La túnica, cada pluma y cada rizo flameaban en las ráfagas. Los ojos de agua de Adara miraban al horizonte.

Cuando quiso tocarla, la imagen se descompuso en miles de pixeles que caían como los cristales rotos de las ventanas del tiempo, golpeadas por el olvido.

Cuando despertó, el sueño abrió paso al descubrimiento. Ya sabía qué había que corregir. Llamó al Dr. Lucien Lambert.

Al día siguiente, Lambert estaba relajado y feliz de verlo. Le sirvió un café caliente y lo invitó a sentarse.

Franco tenía urgencia por mostrarle los papeles con sus notas, pero con el café lo convenció. Le habló de secuencias, técnicas y materiales.

Lambert siguió su razonamiento sin necesidad de ver los cálculos. Era un matemático brillante. Cuando terminaron el café, le dio unas órdenes a su secretaria. Después llamó al teléfono del Director para comentarle los descubrimientos de Franco.

- Ahora, mi amigo, ¿cómo le está yendo con la mujer que buscaba?…- le preguntó recostándose de nuevo en el sillón.

Franco recordó su primer encuentro. Lambert insistió:

- Ya no podemos hacer otra cosa esperar que consigan el dinero, así que vamos a revisar su segundo objetivo...

- No pude encontrarla – dijo Franco.

Lambert masculló algún insulto en francés y luego le dijo:

- Usted está a punto de revolucionar una técnica que tiene derivaciones infinitas. Pronto va a ser una celebridad. ¡Es un maldito genio que acaba de salir de la botella! ¡No se dé por vencido!

París, 2015.

La restauración de la Victoria de Samotracia estaba terminada.

Su imagen se formaba cada vez más fiel y los primeros intentos de impresión fueron exitosos. Sólo faltaba su reposición en la escalera Daru, donde quedaría expuesta nuevamente al mundo.

Luego de la ceremonia, Lambert dio una pequeña conferencia de prensa. Expuso el objetivo del Programa de Catálogo: El Museo buscaba compartir sus obras de manera gratuita y universal, a través de su replicación.

Presentó a Franco a los periodistas como el genio que había logrado que las estatuas reconstituidas por medio de los nuevos procedimientos 3D lucieran idénticas al original.

A continuación, Franco explicó en términos sencillos que se había creado un nuevo material en el Laboratorio del Museo, basado en polvo de mármol y poliestireno de alto impacto, aditivado con resinas y éster de poliglicol, para lograr un efecto más realista en las texturas y pigmentos.

Las reproducciones se harían con equipos de gran porte, similares a los aplicados en la construcción de viviendas. Se emplearía una técnica mixta, combinando aparatos de estereolitografía con nanobots, para dirigir la aplicación del láser ultravioleta. Eso mejoraría la solidificación y su acabado final, en un solo paso.

La noticia provocó un revuelo excepcional.

Al día siguiente habló con la oficina de Lens. Tomó el tren y llegó en dos horas. El jefe de la sección lo recibió y le contó la historia.

- Adara partió hacia el Museo de la Acrópolis para la restauración de una estatua, el año pasado. Desgraciadamente, su barco naufragó cerca de la isla de Samos. Las autoridades griegas confirmaron la muerte de los tripulantes y pasajeros…

El hombre siguió hablando, pero Franco ya no escuchaba. Antes de salir le preguntó:

- ¿Qué pieza fue a restaurar?

- “Niké atándose la sandalia”.

Franco volvió a París.

Se tendió en la cama envuelto en su manta. Mientras su boca recordaba la boca de Adara, se quedó dormido.

En su sueño, Adara lo rodeaba con sus alas inmensas y cubría sus ojos con besos. Pero no era más que rutas en un sistema de coordenadas esféricas. Su piel aparecía al acariciarla. A medida que sus manos dejaban de recorrerla, se transformaba en la sustancia inmaterial de sus mapas K-V.

Se despertó sobresaltado. Por la ventana pudo ver una embarcación en el Sena que dejaba detrás una estela de espuma diluyéndose en el agua negra. Adara se había ido para siempre.

Nunca se supo qué fue de Franco, pero pocos días después, el río devolvió a la orilla los restos de un perro muerto.

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